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Categoría: Francesc Fon

En el filo final

De pie, con la cabeza y el cuello erguidos, los brazos a ambos lados del cuerpo, las manos inclinadas hacia delante y dos cuchillos embutidos bajo cada pulgar, Francesc Fon repitió la pregunta: Que si me parezco a alguien. Beltrán Bable no movió ni un músculo. Un buen subinspector de policía es capaz de corregir una mala conducta mientras que un mal subinspector tiende a confundir inoperancia con dilación. Hombre, sugirió con voz muy fina, si estira usted las piernas y las separa un poco, con los pies y los tobillos igual de estirados, en principio, posición anatómica sí que tiene.

Sobre anatomía y posición Betran Bable tendría probablemente algo más que decir. Cada una de las distintas partes del cuerpo del maleante revelaba provechosa información, pero su posición, y más allá de su posición la forma violenta de lograrla, empujaban con premura hacia el arresto preventivo. Sin embargo, debía ser prudente. Francesc Fon carecía de ficha policial. Y además era socio de honor del FC Barcelona. En un mundo ordenado por gedeus, udicos, udefs, saferos y repeinados, todos jefes, jefecillos, trepas y pelotas, el talante ético es la primera opción a considerar.

Francesc Fon, ajeno al dilema, se quedó pensando. La alegría está en la lucha, en el esfuerzo, en el sufrimiento que supone la lucha y no en la victoria misma. Ya, soltó de pronto, que baje Mahatma y se lo diga con toda su cara a los Soler Mestre Segura. O a Robert Fernández, si lo encuentra, por un casual. El Barça, mi Barça, necesita una sacudida, un cambio radical en la planificación deportiva. Y sin dejar de hablar alzó los cuchillos de la mano izquierda, formando una especie de círculo imaginario con los de la mano derecha, primero bajando y luego curvando los dedos de esta, su estampa la viva estampa del superhombre catalán, el que transmuta todos los valores y parte el mundo en dos. Casi sin respiración, concluyó con un aviso: Repeluzno a sus doce, inspector. Justo de frente.

Beltran Bable esbozó una sonrisa. Algo así, en el Tercio Gran Capitán de la Legión, tendría un pase. Retar con armas blancas y mofarse del código militar: palmadita en la espalda y al pelotón de castigo. De eso se sale. De una hostia bien dada ya no estaba tan seguro. Señor Fon, un sentimiento es un arma mística, explicó, no existe pero sí existe. En este sentido, la realidad es indisoluble. Como Joan Laporta. ¿Se acuerda de Joan Laporta? Solía comerse a la gente. ¿No lo tendrá usted ahí dentro?

Joan Laporta murió para el deporte en 2010 después de no pocos sinsabores, respondió Francesc Fon. Para entonces, era ya un alma en pena, un presidente devastado y víctima de la desesperación. Hay quien quiso reanimarlo, apelando al sentir colectivo de una afición rendida a las excelencias del buen presidente, ese presidente en quien se reconocen buena parte de los valores que más unen al deporte, pero fracasó. Y en medio de esa tesitura, aburrido y asqueado, a Joan Laporta lo rematé yo. ¿Me escucha, inspector? Ni Gastó, ni March Torné, ni García Cisneros, aquello de 2006 fue una pesca de bajura, fui yo, en 2010, con una llave indolora, para noquearlo y hacerle sentir luego algo mareado. ¿Por qué cree usted que al final no se presentó? Lo dejé sin aire. Le agarré del cuello y lo estrangulé. Alguien debía hacerlo. Mejor yo.

La confesión de un delito debe realizarse ante autoridades competentes y ha de ser veraz y ajustada a la realidad, lo que no sucede cuando se ocultan elementos relevantes o se añaden falsamente otros diferentes. Beltrán Bable, en este caso, lo tenía muy claro. El mundo no puede dejarse en manos de abogados penalistas, un buen policía debe acotar la insana labor del guionista asociado. Escúcheme bien, señor Fon, dijo, Joan Laporta no cesó a consecuencia de una asfixia mecánica en su modalidad de estrangulamiento. Tampoco presentó nunca lesiones, ni en cráneo, ni en nariz, ni siquiera en cuello, mecánica de cese que, es de mencionar, no corresponde al modo de operar de los equipos deportivos, y de la cual, vale decir, no se tiene registro documental en el departamento científico de la Policía. Yo por si las moscas no estaría tan tranquilo. Joan Laporta tuvo una muerte temprana, efectivamente. Pero, ¿qué me dice del cadáver? Porque yo sigo viendo un cuerpo con el nombre de Joan Laporta paseándose por ahí.

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Dislocación

Francesc Fon se ha dislocado un hombro; sentado en el sofá, siente dolor; la marea le sube desde los dedos de los pies (cuña, escafoides, astrágalo, tibia, peroné), se entretiene gustosa en ambas rodillas y luego salta desde el costado izquierdo (fémur, pubis, vertebras, costillas, esternón, omóplato) hasta flambear el hombro derecho. No entiende nada, uno no se disloca el hombro sentado en un sofá, pero quiere llegar a la raíz del asunto, se resiste a abandonar su precaria posición de calma. Solo rememora.

Domingo, no tiene agenda, su mujer y sus hijos no tienen agenda, lleva tres horas sentado sin hacer nada. Pensando. Uh. A primera vista, no hay motivo del que sospechar. La luxación o lujación de la articulación acromioclavicular es una lesión traumática en la que hay daño en los medios de unión-cápsula de la articulación y en los ligamentos coracoclaviculares. Descartado, sabe algo de unión, pero no tiene ni idea de cápsula ni de ligamento. Tampoco importa, tiene más pistas. La separación del hombro no es lo mismo que la dislocación del hombro, que implica desplazamiento de la articulación glenohumeral. Una separación del hombro suele ocurrir en personas que participan en deportes como fútbol, baloncesto, hockey, ciclismo, remo, rugby o esquí. El mecanismo más frecuente de lesión es una caída en la punta del hombro, o también una caída sobre una mano extendida.

Entendido: acepta fútbol. Mejor empezar por ahí. Todo cuanto sabe con mayor certeza sobre la moral y las obligaciones de las personas, se lo debe al fútbol. No es el primero que lo piensa, ojo, por de pronto Albert Camus pensó algo parecido alguna vez, pero es un buen principio. Recuerda que esta mañana, leyendo el periódico, sintió que se le empezaban a dormir los pies, pero no le dio importancia. Al borde de la página tres, la dirección del Fútbol Club Barcelona aceptaba pagar una multa de 5,5 millones de euros por fraude fiscal en el fichaje de un jugador. Resulta que era mejor aceptar este pacto que seguir con la incertidumbre que arrastran Josep Maria Bartomeu y Sandro Rosell desde principios de la Edad Media por el caso Neymar. Al final todo era un error de planificación fiscal en el fichaje del jugador. A cambio, tanto presidente como predecesor, que estaban acusados y se enfrentaban a penas de prisión, serían absueltos. También se archivaría el presunto delito fiscal del club en el ejercicio 2014: acabáramos, cuando hay un matiz positivo, por pequeño que sea, informas al final. Y si acaso te ríes.

No hay duda, lo que sufre es una infección de noticias frescas, ahora lo entiende todo, a él lo que le duele es el corazón, y después las tragaderas, pero ambos a través del hombro. Su hombro necesita una explicación. Quiere que Bartomeu y Rosell expliquen su secreto. Y luego que expliquen cómo coño el fichaje de un jugador, cuya negociación dura unos meses, parece que dura dieciséis siglos. Eso es lo que quiere. Y luego que expliquen también de una vez por todas el sentido del tiempo. Y luego cómo se puede desdoblar el tiempo. Y luego cómo pueden utilizarlo a su voluntad. Eso es lo que quiere que expliquen. Y luego quiere que haya hombros que se ahorquen allí mismo, en directo, de puto aburrimiento. Y luego que haya aficionados que se corten las venas con un cúter mientras contemplan el espectáculo, que a lo mejor se abre un vórtice y presidente y predecesor desaparecen de la mano y no vuelven más.

Claro que tampoco se olvida de Joan Laporta y de su afición a comerse a la gente, pero eso ya, si la salud se lo permite al hombro, por favor, otro día, en medio de otra dislocación, corazón y tragaderas en sufrida armonía.

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Aneu a pastar fang

Francesc Fon es, sobre todo, Francesc Fon. Luego, por las mañanas, Francesc Fon es también Josep Maria Bartomeu, presidente del Fútbol Club Barcelona, y por las tardes, siguiendo el Principio de la sincronicidad, otra vez Francesc, pero Perearnau, subdirector del Mundo Deportivo. Estamos ante una coincidencia temporal. Dos o más sucesos relacionados entre sí y cuyo contenido es igual o similar.

Josep Maria Bartomeu (Francesc Fon, en realidad) se ha levantado muy pronto esta mañana. Debe preparar su primera rueda de prensa como presidente pero no tiene a mano o en mente ningún argumento. Encerrado en el salón, fabrica bombas de humo. «En Madrid hay un fiscal que no es unos de los nuestros», por ejemplo. O: «Irina, di visca el Barça». Diminuto, microscópico ante la gravedad de los hechos, sospecha que la única forma de mantenerse es salir y no salir de casa.

Francesc Perearnau no ha tenido una buena mañana. Arrastrado por la corriente continua hasta el sofá de su despacho, calcula posibilidades. Ahora, además de publicar bombas de humo, debe poner a todo el mundo a pensar, ¡a pensar! La imagen le produce convulsiones y escalofríos: periodistas escrupulosos con las bombas que se dan media vuelta y se ponen a pensar… «Aneu a pastar fang», en su redacción solo se pican teletipos y se hacen preguntas chorras. Punto.

Por la noche, Francesc Fon hace recuento de sí mismo. Está cansado y falto de sueño, para empezar. Luego, no comprende por qué es imposible tener una mañana normal, una tarde normal y una noche normal, ya ni los domingos, esta gente acaba con todo. «Polit polit es va perdre, barrip-barrap es va salvar», utilizan el plan B como plan A, y aunque sonríen, no son argentinos. Nunca lo fueron. No dominan el plan B ni conocen el día de la verdad, son solo estampas, cromos.

Si la sincronicidad implica relacionar un estado psíquico con uno o varios sucesos externos, y su sentido resulta paralelo a la subjetividad psíquica, o viceversa, en alguna parte de esa geometría emocional que es el Fútbol Club Barcelona debe haber alguien dispuesto a hacer algo. De lo contrario, ya sabremos por qué está gordo Joan Laporta: se come a las personas. Se las come por dentro y no las deja trabajar. Se adueña de sus cuerpos.

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