Cerrar

Categoría: Manuel Mistral (página 1 de 2)

La secuencia lineal comentada

Colaboración

Mal día para empezar una serie de artículos, hoy. La secuencia lineal comentada. La gradación descendente de los autores que saben y no saben escribir, esa especie de muditos en activación física y sensorial que cuentan batallitas. Escritores que tienden a esfumarse entre frases superpuestas y que en medio de la esfumación descubren la parte diletante de la primera parte: el avance hacia atrás, la retirada en círculo, el argumento elíptico.

Hablo, por ejemplo, de José. José es un filólogo especializado en filosofía y estética de la literatura romántica que ha estado siempre vinculado al mundo editorial, como redactor, editor y traductor para distintas editoriales. En 2015 ganó el Premio Nadal con Cabaret Biarritz, una más que correcta novela, pero en la actualidad no tiene noche sin sobresalto y se encuentra inmerso en una especie de subducción literaria. Como ocurre con la tectónica de placas, en la subducción de José intervienen dos fuerzas dispares, una que proviene del empuje de la narrativa histórica y otra que deriva de la promoción de ventas.

Me explico. Verán. Decía José, el 27 de julio: «Que los demás no saben leer es la excusa más vieja, más torpe y más necia de los autores que no saben escribir». Gansadas al margen, pareciera que José ha dejado de tener en cuenta varios factores a la hora de planificar la dinámica de la subducción. Si bien el empuje del planteamiento es afirmativo, sus fuerzas gravitacionales no tienen sentido. El éxito te hace vivir en una burbuja pero el fracaso finalmente te pone en tu sitio. Por lo tanto, a mayor fuerza gravitacional menor será la flotabilidad. O, lo que es lo mismo, si estableces unas premisas ridículamente altas y resultan un fracaso, vas a fracasar por encima del éxito de todos los demás.

Medio arrepentido, el 28 de julio José descubre el avance hacia atrás y sufre su primer arrepentimiento de frase. Entre líneas lo deja entrever. Escribe: «Y decía Quintiliano que lo inesperado era un gran deleite, pero que se habían sobrepasado todos los límites y se había agotado el encanto». Muerto el encanto se acabó la gracia metaliteraria, pero esto es algo que pienso yo, José no es consciente del todo. A los hechos me remito. Como si tuviera dos bocas, una sobre otra, el 29 de julio José amanece sin jugo en el suelo y emprende una peculiar retirada en círculo. Se pregunta:  «¿Qué sería de nosotros, pobres ignorantes, si no contáramos con el auxilio divino de los articulistas de opinión? Gracias, oh».

Los tontos más peligrosos son aquellos que, cuando no tienen nada que decir, inventan un motivo. Decía Rochefoucauld que la simplicidad afectada es una impostura refinada. Yo creo que José no es tonto, ni resulta peligroso. En el fondo sabe que la subducción provoca muchos terremotos y que los terremotos ponen en problemas al lector que te está contratando. Así que esa misma tarde, la del 29, zanja el tema adoptando con premura el argumento elíptico. Se da una lección a sí mismo. Escribe: «Como decía el personaje de M Smith en “Downton Abbey”, hay gente cuya única obsesión es demostrar a los demás su supuesta superioridad moral».

El ángulo de subducción depende mucho de las características de la persona que subduce y genera diferentes reacciones en superficie. El roce producido por el contacto y el movimiento en redes sociales origina una acumulación de energía potencial y elástica que se libera en forma de oscilaciones relativas. Entre bloques separados por un plano lineal, generar reacción en las redes, para producir un reflejo en los medios y así suscitar movimientos de caja, suele ser la estrategia recurrente. Sorprende ver a José amoldado a esa teta.

Claro que también puedo estar equivocado. Ah, no, que el lector nunca se equivoca.

Escrito por Manuel Mistral
Foto: Viviana Zargón

Mejor mejorar

En respuesta (tardía) a Manuel Mistral.

—¿Te lo puedes creer?

Manuel no se lo podía creer. Colgó el teléfono y se quedó pensando. El asunto parecía grave. Su fuente había sido muy clara en la información, la noticia no tenía vuelta de hoja, pero a estas alturas resultaba difícil de asimilar. ¡Azkona en el frenopático! Madre mía. Azkona, su Azkona, el de mejor mejorar, el escritor en minúsculas, el periodista de acción, la cara y el culo de la literatura.

Sentado bajo los tiestos del pasamanos dejó pasar la mañana. Un café, otro café, una copa, Marina tráeme las gafas, el periódico. Después de comer se vistió con el traje a rayas de los domingos y se apuró en salir a la calle y caminar sin rumbo: a corta distancia, a media distancia, a larga distancia. ¿Cuánto hacía que no caminaba? Mucho. Muchísimo. Tanto que, bajo la nueva perspectiva, el mundo parecía cambiado, un lugar absurdo y desolador. Lentamente dejó atrás el Ministerio del Tiento; la Oficina de Intereses; el Servicio de Revelaciones; la Delegación de Parcialidad; el Negociado de Equilibrios; las agencias de Desinformación (la grande, la mediana, la pequeña), dejó atrás el fulgor vespertino de los empleados y las bolsas de plástico con logotipo de supermercado de los liberados sindicales. Y cuando no pudo más, se paró. Tenía que comprobar la noticia con sus propios ojos. Al fin y al cabo, Alejandro Azkona había sido su alumno, un alumno iluminado, pero un alumno.

De visita en el frenopático, seguía cansado. Caminar no era un ejercicio, era una tortura. Mejor no demorar nunca las cosas, mejor viajar de pasajero en un automóvil, como siempre. Y mientras esperaba frente al departamento de formulismos, pensó que la palabra iluminado tampoco era la palabra más adecuada para definir a un alumno, al contrario, Azkona siempre había seguido sus consejos al pie de la letra, de forma tan estricta que, quizás, el error de no advertirle del temblor de los límites fuera solo suyo. Gracián decía que la costumbre disminuye la admiración, y una mediana novedad suele vencer a la mayor eminencia envejecida. Eso, en Azkona, no se cumplió.

Firmó el libro de registro, aceptó las normas burocráticas del centro y una enfermera lo condujo hasta una pequeña habitación de paredes acolchadas y escaso mobiliario (una mesa, una silla, un diván) situado en la parte de atrás de la clínica, junto a los jardines, o junto al jardín, pues la ventana era pequeñita y las rejas apenas dejaban entrever unos árboles, o unos arbustos, y al fondo otro pequeño pabellón, esta vez sin ventanas. Manuel se sentó en la silla con la vista fija en la entrada. Al rato la puerta se abrió y apareció Azkona. Detrás, una enfermera, la misma que le hizo firmar en el registro, que le explicó las condiciones y que lo condujo hasta allí, les dijo buenas tardes, pidió perdón por el retraso y se sentó junto a la puerta con un libro entre las manos, preparada y lista ante cualquier eventualidad.

Manuel fue el primero en hablar, Azkona no tuvo tiempo ni de recostarse en el diván. Preguntó:

—¿Qué haces aquí?

—¿Qué haces aquí?

—Venir a verte, una visita siempre es de agradecer, supongo.

—Venir a verme, una visita siempre es de aborrecer, supongo.

Azkona no controlaba el sentido de la vista. Miraba en todas direcciones menos en una, la de Manuel, que a su vez subía y bajaba la cabeza, como queriendo atrapar un trozo de mirada o un golpe de vista o un mínimo de atención, pero en vano, el alumno de la mente brillante era ahora un cuerpo en trance de inconexión. Manuel insistió:

—Que qué haces aquí, coño.

—El frenopático es un lugar donde vivir. A la gente como tú puede parecerle un lugar difícil, pero para los que venimos de la luna de Valencia es el lugar idóneo donde encontrar la paz de la estratosfera. Mi estratosfera una esfera interior y una esfera de mierda.

—Definitivamente te has vuelto loco. Y no digas que no te avisé.

—Sí que me avisaste. Me avisaste. No escribas infamias, no redactes sucesos, no defiendas lo indefendible, no siembres cadáveres, no mates gallinas.

—Porque siempre lo sospeché. Cuando una persona tiende a operar con una grandiosa conducta, con una actitud pretenciosa, con un apetito insaciable y una tendencia al sadismo literario, solo hay que sumar. Dos y dos son cuatro, Azkona. Tu falta de temor era probablemente tu mayor temor. Resultaba difícil pensar en ti como si fueras un vehículo de alta velocidad con los frenos inmaculados.

—Yo no soy ningún demente, Manuel, yo soy el iluminado que va a escribir una novela para estampártela en la cara, una narración en prosa que cuente una grandiosa historia de ficción con un desarrollo inverosímil en cuanto al argumento y los personajes, o no, fíjate, mucho mejor, atento, yo voy a escribir un libro de cuentos, eso es, un libro de cuentos, yo voy a rizar el rizo de los libros de cuentos, con el dedo índice trazaré una graciosa espiral sobre mi coronilla, logrando en el acto un rizo espectacular y con posterioridad un enredo o nudo, que no es más que un libro de cuentos, varias historias de ficción con un reducido número de personajes, unas intrigas poco desarrolladas, unos clímax, unos desenlaces finales, unos comentarios o cosas que se dicen y que no se ajustan a la realidad, algo que se inventa con el propósito de causar admiración o envidia, una puta mierda de las letras, cierto, pero un libro de cuentos, un libro flaco, somero y fácil de arrojar en un cubo lleno.

—Madre mía, estás fatal.

—Yo no estoy fatal, solo soy un redactor absorbido en sí mismo, sin conciencia ni sentimiento alguno hacia los demás y para quien las reglas sociales no tienen ningún significado. No estoy fatal, todo el mundo conoce o está rodeado de personas absurdas sin siquiera saberlo. De ahí que existan los malos y en su defecto los buenos, como tú, o como yo.

—Pues a mí tus palabras me traen a la mente imágenes de individuos sádicamente violentos como Ted Bundy, Charles Manson, Robledo Puch, Albert Fish o la señorita Erzsébet Báthory, obsesionada por la belleza y por mantener la juventud. Creo que los rasgos característicos que te definen están muy claros y que los dementes cubren en realidad un segmento mucho más amplio de personas de lo que la mayoría de nosotros podría llegar a imaginar.

Azkona se quedó callado. Manuel nunca supo si por rabia o por deferencia o simplemente (simplemente) por casualidad. Si alguna vez dejó de ser un maestro estricto, resultaba inútil volver sobre lo que había sido y no era ya.

—Y qué, ¿también vas a escribir aquí?

—Ya te he dicho que sí, voy a rizar el rizo ricísimo.

—Ya. ¿Y seguirás con el blog? Los blogs están muertos, luego no digas que tampoco te avisé.

—Resulta difícil convencer a los charlies de que escribir en un blog es hacer algo, así que miento y digo que estoy todo el tiempo escribiendo una novela, que al menos se parece a algo. Pero a escondidas tú y yo ya sabemos que voy a escribir un puto libro de cuentos, un libro cuentísimo, o no, joder, espera, lo que voy a retomar es el plan principal y volverme a la novela, que la gente rara sea mi gente: Salinger, Gaddis, Pynchon, McCarthy.  Y ver pasar el tiempo, y sumar unos textos de interior, y reinventar los microtextos macro.

—Eso ya lo escribiste, no sé si te habrás dado cuenta…

—¿Insistes en el antefuturo, Mistral? ¿Otra vez?

La situación le resultaba incómoda. Manuel ya había comprobado la noticia con sus propios ojos y tenía suficiente material como para escribir de seguido una crónica periodística. Si tuviera que escribir una crónica periodística, que tampoco era el caso. No lograba acertar con la formulación del problema, y formular correctamente el problema era más importante que llegar a su resolución. Tenía que marcharse, pensar de lejos, meditar bajo los tiestos del pasamanos supondría la suficiente distancia. Se incorporó, movimiento que llamó la atención de la enfermera, y puso cara de despedida: los ojos entrecerrados, los hombros entretallados, las manos en los bolsillos. Pero justo en ese momento, Azkona lo agarró del brazo.

—Por cierto, dime quién te avisó. Alguien se fue de la lengua, joder.

—Nadie

—¿Quién te avisó?

—Nadie

—¿Quién te avisó?

—Nadie.

Manuel tiró con todo el cuerpo y se alejó unos pasos hacía atrás. Cuatro pasos y un bucle nuevo. Mentir no era su cualidad principal.

—¿Quién te avisó?

—Germán.

—¿Germán…?

Germán. Soltó la noticia y al instante notó cómo el arrepentimiento le subía desde los pies y ya le cubría por la cintura. Entonces trató de pensar en Charles Finney. Charles Finney. Charles Finney. Charles Finney. Cuando el arrepentimiento es genuino, la disposición para volver a pecar desaparece. Azkona, por supuesto, seguía en su mundo.

—¿Germán Rodrigo…? Madre mía… Germán. Me olvidé.

—¿Te olvidaste?

—Me olvidé, llevo meses para llamarle, a ver si mañana tampoco, sin falta, la intención es un alimento que está riquísimo, como el jamón.

—Ese leísmo también lo escribiste…

—¿Y? Tú dile que mañana lo llamo, Mistral. Porque aquí te dejan llamar, ¿no? Y tener Internet, y disparar con temas absurdos sobre los blogs, las bitácoras, los weblogs, y pescar en las redes sociales, y subir fotos de desgracias, y alimentar el amarillismo, y hacer el cabra, porque, hacer el cabra, está bien, ¿no? Cabrearse y publicar textos roñosos… está bien, ¿no?

El silencio anunció la retirada de Manuel y amargó su precipitada marcha. Ni siquiera la enfermera, que le seguía por el pasillo a trompicones, se atrevió a decir nada. Azkona, en cambió, sonrió.

—Otro tonto. Ya somos tres.

Ge

Colaboración

«Calimero» Azkona no anda bien, quiero prevenirles. A sus artificios en general le suma ahora un miedo infundado a las correcciones de estilo, trastorno con el que trata de soslayar su falta de experiencia narrativa. Por eso ayer le propuse un nuevo e interesantísimo recurso y en este momento lo tengo sentado de urgencia en el salón, revisando la técnica.

Visto de cerca, los desperfectos son evidentes. Nariz aguileña, ojos vidriosos, garras: su estampa es la mortecina estampa del escritor de reseñas, ni siquiera sonríe, y si sonríe, su sonrisa es el dibujo de una risa ligera, un «ge» sostenido, no en el sentido estricto del error silábico, más bien se trata de una excepción licenciosa. «Ge». Al final de cualquier sentencia o afirmación. «Francesc Bon en su lecho de suerte, ge». «Las digresiones se presentan muy chatas, ge». «El que escribe deprisa viene de otra escala de tiempo, ge».

En el fondo ya no tiene sustancia. Sus frases son articulaciones lingüísticas formando secuencias lingüísticas, pero estas no se pueden descomponer en segmentos menores que presenten también una métrica de significado y una métrica de significante.

Repito: no anda bien. Si me apuran, su situación es gravísima. Las articulaciones lingüísticas son el fundamento que explica por qué una lengua carece de límites explícitos sobre lo que se puede expresar en ella, y aquí este señor periodista «españoparlante», Álex Azkona, sigue en las nubes, oiga, como un alma en pena.

Se lo voy decir, pero no con estas palabras. Frente a los peligros literarios solo existe un buen método: el indirecto. Ahora viene.

—Estás obsoleto, Azkona, te voy a zurrar en el blog.

—En 2055 el «52» de Matisse también se quedará obsoleto. Será «2052», ge.

—Tienes que dar el salto, la gente murmura por ahí. Supongo que ya te habrás dado cuenta…

—Las letras tienen que lucir perfectas, Manuel. Si no lucen perfectas, no merece la pena.

—Por eso lanzo mi suposición, sobre una acción terminada que ya ha tenido lugar o que se producirá más adelante, es la única perfección que conozco, la del tiempo verbal. Si no, que venga aquí un académico de la lengua y me modernice.

—¿Estás hablando del antefuturo, Mistral? Rápido, que venga el señor Villanueva.

—Basta de bromas, Azkona.

—Utilizo la terminología de Bello, seguida en varios países americanos…

—…

—Ge.

Escrito por Manuel Mistral

Molina

Colaboración

Las personas empequeñecen primero con el paso del tiempo y después por cómo les trata la vida. Son hechos relacionados, más no constantes. En general, una constante es un valor de tipo permanente que no puede modificarse, al menos no dentro del contexto o situación para el cual importa. Cuando pienso en ello, me comen los demonios. Por eso en este post no voy a nombrar a Mortuenga. En su lugar, la llamaré Molina.

Molina, qué triste y qué lamentable su lapsus reseñista, pobrecito mi Álex Azkona, él, tan sensible, escondido una semana debajo de la cama, sin protestar, asumiendo la pérdida. Yo en su lugar me revuelvo y digo la verdad: que al deudo molinense el maldito sol se le nubló, o que su alegría completó un ciclo mínimamente brillante, el arresto debe ahondar en la disminución, aminorar en alguien o por sí mismo, pero enseguida.

No, contratemos a Francesc Bon, estibemos y elijamos un unto, que si almibar, que si crema catalana, que si Aguas de Barcelona. Incluyamos también cosas sueltas para que ocupen el mayor espacio posible. Y divaguemos.

Cuando una suplente de Molina queda como el culo, da igual su mente brillante y nuestra excelsa opinión, hay que decirlo.

—Mohína. Mal rayo te parta.

Escrito por Manuel Mistral

Día del libro

Colaboración

Ayer soñé que Francesc Bon triunfaba en la Feria del Libro con un manual sobre contadores de visitas. Como no conozco a Francesc Bon, llamé inmediatamente a Álex Azkona para transmitirle la noticia, pero no lo encontré. Por eso me he pasado el resto de la noche bajo los tiestos del pasamanos, pensando, y ahora estoy un poco cansado de la vida.

(Una mierda de libro, Álex Azkona, no me imagino el día que alumbre Carlitos Peón. Dicen que el planeta Tierra está lleno de búnkeres, he aquí una razón.)

Escrito por Manuel Mistral

Fantasmas

Colaboración

Un reseñista: un animal salvaje y generalmente tenebroso, una bestia descrita en el Apocalipsis de San Juan, un ser vinculado con el Anticristo o el diablo, una figura que cumpliría con las profecías bíblicas concernientes al antagonista de Cristo.

O igual no tanto, igual a mí lo que me afecta es el descoco de Internet, pero fantasmas sí que son, almas desencarnadas de seres muertos —más raramente aún vivos— que se manifiestan muy animados en los lugares que frecuentaban en vida y que vomitan reseñas con el fin de ensuciar.

Podría dar nombres, yo ahora mismo podría dar todos los nombres, pero no lo voy a hacer, oiga, espabile usted.

Escrito por Manuel Mistral

Casi feliz

Colaboración

Ayer descubrí repentinamente que era casi feliz sin Álex Azkona y al momento traté de calcular cuantos posts me separaban de mi sensación completa de felicidad. Concluí que uno.

Hoy vengo a contarles que a los reseñistas la palabra reseñista les parece en apariencia muy técnica. Tampoco les gusta prescriptor. Francesc Bon, por ejemplo, prefiere crítico. Crítico le resulta perfecta. Define el gusto de despacharse a gusto. Da sentido a leer.

Otro tonto. Ya son dos.

Escrito por Manuel Mistral

Reseñistas

Colaboración

El hombre del saco era reseñista. Pipirigaña, la bruja mala y el tío Gurrumino: reseñistas. Reseñistas los tunos de la tuna. Reseñista Annie Wilkes cuando opinaba de libros. Reseñistas los chicos del maíz. Reseñista el alien del octavo pasajero, fuente inagotable de calamidades humanas y de miserias.

Escrito por Manuel Mistral

Días de vencimiento

Colaboración

Hoy es tercer viernes de mes de fin de trimestre, día de vencimiento de futuros y opciones. Cualquiera que lleve años invirtiendo sabe que el vencimiento será en la zona que más le convenga al «market maker», que es quien controla tanto el precio de venta como el de compra: elegirá la franja con el mayor número de opciones «out of the money», porque así no se liquidan y su valor es cero.

Si partes de esa base de manipulación, ganas dinero con facilidad en los días de vencimiento. Comprendes que los creadores de mercado manipulan el precio al nivel que sea necesario y pasado el vencimiento deshacen posiciones hasta que el valor vuelve a la normalidad.

Hoy es tercer viernes de mes en el Clan de los reseñistas, día de cálculo de pichones y avances hacía atrás. A estas alturas todos sus miembros sufren de síntomas: falta de sueño, exceso de bilis, miradas que matan, caspa. Sus reseñas ya no son reseñas, sino sucesos. No leen libros, los muelen.

Algunos, los más cucos, resisten hasta fin de mes: Carlitos Peón, Miguel Alcázar, Javier Avilés, Vicente Mora, la Patrulla… Van guardando opinión en el buche y luego amablemente les da por regurgitar. Inclinan la cabeza, extienden el cuello y escupen. Se liberan. Comprenden que es posible manipular la crítica viviendo pendientes de un contador de visitas. Y les gusta.

Por eso ya no salgo de casa. Me levanto, me pongo una bata y estudio de cerca a los reseñistas. Vigilo. Siempre hay alguien cambiando de bando y besando en la boca a Carlitos Peón. Los reseñistas han estado dando saltos de alegría con la cabeza llena de humo mentiroso. Pero eso se acabó.

Escrito por Manuel Mistral

 

Hablar mal

Colaboración

Antes tenía un rincón debajo de los tiestos del pasamanos donde recibía visitas: Álex Azkona, Dyango, Albert Boadella… La vida a veces es maravillosa.

Ahora voy a escribir en un blog. No veo el momento de hablar mal de la gente.

Escrito por Manuel Mistral
Página 1 de 212

© 2017

.