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Categoría: Reciente

En el filo final

De pie, con la cabeza y el cuello erguidos, los brazos a ambos lados del cuerpo, las manos inclinadas hacia delante y dos cuchillos embutidos bajo cada pulgar, Francesc Fon repitió la pregunta: Que si me parezco a alguien. Beltrán Bable no movió ni un músculo. Un buen subinspector de policía es capaz de corregir una mala conducta mientras que un mal subinspector tiende a confundir inoperancia con dilación. Hombre, sugirió con voz muy fina, si estira usted las piernas y las separa un poco, con los pies y los tobillos igual de estirados, en principio, posición anatómica sí que tiene.

Sobre anatomía y posición Betran Bable tendría probablemente algo más que decir. Cada una de las distintas partes del cuerpo del maleante revelaba provechosa información, pero su posición, y más allá de su posición la forma violenta de lograrla, empujaban con premura hacia el arresto preventivo. Sin embargo, debía ser prudente. Francesc Fon carecía de ficha policial. Y además era socio de honor del FC Barcelona. En un mundo ordenado por gedeus, udicos, udefs, saferos y repeinados, todos jefes, jefecillos, trepas y pelotas, el talante ético es la primera opción a considerar.

Francesc Fon, ajeno al dilema, se quedó pensando. La alegría está en la lucha, en el esfuerzo, en el sufrimiento que supone la lucha y no en la victoria misma. Ya, soltó de pronto, que baje Mahatma y se lo diga con toda su cara a los Soler Mestre Segura. O a Robert Fernández, si lo encuentra, por un casual. El Barça, mi Barça, necesita una sacudida, un cambio radical en la planificación deportiva. Y sin dejar de hablar alzó los cuchillos de la mano izquierda, formando una especie de círculo imaginario con los de la mano derecha, primero bajando y luego curvando los dedos de esta, su estampa la viva estampa del superhombre catalán, el que transmuta todos los valores y parte el mundo en dos. Casi sin respiración, concluyó con un aviso: Repeluzno a sus doce, inspector. Justo de frente.

Beltran Bable esbozó una sonrisa. Algo así, en el Tercio Gran Capitán de la Legión, tendría un pase. Retar con armas blancas y mofarse del código militar: palmadita en la espalda y al pelotón de castigo. De eso se sale. De una hostia bien dada ya no estaba tan seguro. Señor Fon, un sentimiento es un arma mística, explicó, no existe pero sí existe. En este sentido, la realidad es indisoluble. Como Joan Laporta. ¿Se acuerda de Joan Laporta? Solía comerse a la gente. ¿No lo tendrá usted ahí dentro?

Joan Laporta murió para el deporte en 2010 después de no pocos sinsabores, respondió Francesc Fon. Para entonces, era ya un alma en pena, un presidente devastado y víctima de la desesperación. Hay quien quiso reanimarlo, apelando al sentir colectivo de una afición rendida a las excelencias del bon president, pero fracasó. Y en medio de esa tesitura, aburrido y asqueado, a Joan Laporta lo rematé yo. ¿Me escucha, inspector? Ni Gastó, ni March Torné, ni García Cisneros, aquello de 2006 fue una pesca de bajura, fui yo, en 2010, con una llave indolora, para noquearlo y hacerle sentir luego algo mareado. ¿Por qué cree usted que al final no se presentó? Lo dejé sin aire. Le agarré del cuello y lo estrangulé. Alguien debía hacerlo. Mejor yo.

La confesión de un delito debe realizarse ante autoridades competentes y ha de ser veraz y ajustada a la realidad, lo que no sucede cuando se ocultan elementos relevantes o se añaden falsamente otros diferentes. Beltrán Bable, en este caso, lo tenía muy claro. El mundo no puede dejarse en manos de abogados penalistas, un buen policía debe acotar la insana labor del guionista asociado. Escúcheme bien, señor Fon, dijo, Joan Laporta no cesó a consecuencia de una asfixia mecánica en su modalidad de estrangulamiento. Tampoco presentó nunca lesiones, ni en cráneo, ni en nariz, ni siquiera en cuello, mecánica de cese que, es de mencionar, no corresponde al modo de operar de los equipos deportivos, y de la cual, vale decir, no se tiene registro documental en el departamento científico de la Policía. Yo por si las moscas no estaría tan tranquilo. Joan Laporta tuvo una muerte temprana, efectivamente. Pero, ¿qué me dice del cadáver? Porque yo sigo viendo un cuerpo con el nombre de Joan Laporta paseándose por ahí.

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Bajezas

—Afiliado Rojales, parece usted nervioso. Deje de cantar el himno que tumbado no se aprecia. Y vigile.

—Al otro lado de este lado hay un señor, señor.

—¿Un señor?

—Un señor barra señora, señor, está muy oscuro.

—¡Maldición! Un militante barra militanta de los que piensan lo contrario…

—Le huelen las hechuras ideológicas a millares de distancias…

—No se me despiste, Rojales. Lo contrario termina en un argumento tan finito que apenas se ve. Levántese y pegue unos tiros.

—Pero al otro lado puede haber una señora, señor.

—Precisamente. Igualemos las diferencias de la igualdad diferenciando entre diferentes e iguales.

—Uf, igual resulta un argumento muy apretado.

—¡Nosotros y nosotras no argumentamos más que bajezas, Rojales!

—¡Pues entonces yo lo que veo es un muerto útil, señor!

—¿Un muerto?

—¡Un muerto barra muerta, señor!

Foto Le Temps du loup / Wolfzeit (2003)

La novela luminosa

Sin apenas esfuerzo (ávidos lectores), en la literatura uruguaya podemos encontrar una estirpe de autores que la crítica define, si no como admirables, al menos sí como raros. La típica broma sobre literatura latinoamericana que explica los aportes más significativos de algunas naciones lo deja bien claro: Chile ha parido poetas; Argentina, cuentistas; México, novelistas, y Uruguay, raros. Ercole Lissardi lo argumenta así: La razón por la que hay escritores raros en Uruguay es que la cultura uruguaya es profundamente chata. Que quiere decir: los verdaderos escritores, ante la ausencia de cualquier tipo de discurso o de mirada, se encuevan y se alimentan de su propia locura. En Uruguay hasta que no estás muerto, no estás vivo. Esta sensación de extrañeza se apoya, inevitablemente, en la obra de escritores como Lautréamont, Felisberto Hernández, Herrera y Reissig, Armonía Somers, Juan Carlos Onetti, Delmira Agustini o el propio Mario Levrero.

Levrero manejó su obra como el dueño de un colmado, colonial o ultramarino que ensaya con viejecitas y transeúntes, pero cuyo alto conocimiento de los vaivenes del mercado le permite minimizar errores y dar con resultados provechosos, puede que no esperados, pero siempre bienvenidos. Es el caso del libro que nos ocupa, La novela luminosa, donde el escritor uruguayo ansía recuperar un proyecto fracasado veinte años antes y solicita una beca a la John Simon Guggenheim Foundation. Cuando se la otorgan, libre de estrecheces económicas, escribe el «Diario de la beca» (el prólogo de 450 páginas de La novela luminosa), en el que cuenta cómo es que se gasta el dinero sin escribir ni una línea. Enganchado al recurso, Levrero lleva a cabo la imposibilidad novelada de la novela, un poco como en El libro vacío de Josefina Vicens, una novela sobre la inviabilidad de escribir, pero también sobre el impedimento para dejar de hacerlo. Nos encontramos ante el relato de lo inasible y del día a día de la no escritura. La crónica milimétrica del tiempo diluyéndose entre rutinas de Visual Basic hasta alcanzar por fin un final y descubrir la profunda raíz de la nada.

No voy a extenderme más, como en La novela luminosa, esta reseña tiene algo de prólogo. Este autor menor escribe sobre el libro del autor mayor con el fin de especular sobre su contenido. Cabe preguntarse, no obstante, si la novela de Mario Levrero merece una opinión destellante por parte del autor menor. Aclaremos que sí. Yo, como Patricio Pron, necesito tener siempre a la vista La novela luminosa. Con frecuencia la abro al azar, releo un párrafo o dos y vuelvo a cerrarla. Huyo de la angustia difusa que precede a la posibilidad del ocio. Imagino que puedo refugiarme en La novela luminosa, abrazar su promesa de contarlo todo. Porque Levrero vive todavía allí, supongo, y su sonrisa brilla muy seriamente sobre el papel ahuesado de color amarillento. Nadie ofrece tanto como el que no cumple.

Y, sin embargo.

Y sin embargo tampoco puedo olvidar ni rebatir las palabras de Pablo Ramos: Levrero parece a veces un viejo con pañales llenando de baba a una adolescente drogada o en coma farmacológico. Pero bueno, quién es Pablo Ramos. O, sobre todo, quién soy yo.

Martirimonio (5)

Martirimonio 5: Mediación

—Marciana Maraver, le habla Beltrán Bable, subinspector de Policía. Salga.

—No tengo ninguna intención de abandonar esta santa habitación, señor comisario, y rara vez hay finalidad cuando se hace algo sin intención.

—Le está hablando la autoridad, que salga le digo.

—¡No! Cualquier acto de autoridad de hombre a mujer que no derive de una urgente necesidad ¡es tiránico!

—Marcelino, coño, diga usted algo.

—Yo en estos casos ni mu, mi sargento. Prefiero ir al Derecho a través de la policía. Cuando un hombre del derecho se ubica en el Derecho sin la intervención de la guardia, no duerme tranquilo.

—Joder, Marcelino, una buena conciencia es la mejor de las almohadas… ¿Lo escucha usted también, Marciana?

—¡Cómo! ¿Que mi marido está con usted? ¡No me lo puedo creer! Deténgalo, señor comisario.

—¿Detenerlo? ¿Y a santo de qué?

—Mi marido ya no es mi marido, ¡es un monstruo! Oígame bien: ¡un monstruo! Que la sopa está salada… Y a él solo se le ocurre imponer la perturbación y el sobresalto. Sin una patata cruda y sin un nuevo hervor. Acabáramos.

—Hombre, si en esta negociación hay presente un monstruo, la cosa cambia, Marciana. Salga y acompáñeme a presentar la denuncia.

—¿Denuncia?

—Por supuesto, la libertad es un funcionario ciego, pongámosle gafas.

—Ah, entonces no, a mi marido hoy no se lo llevan de casa. Imposible dejarme sola.

Martirimonio: La serie

Marugán

Manuel Marugán, técnico en inspección de componentes, subido a una silla con estricta actitud juiciosa: los brazos extendidos, las manos en aplicada labor de encaje, mirome de reojo por encima de las gafas y al momento trocome una bombilla. Consumada la reparación y ya en el salto de bajada, previo a la inminente argumentación, deslumbrose a la luz de mi linterna. Roto el equilibro, asumida la caída, confirmada la pérdida, comprole el suelo. Vendido, con una pierna estirada y otra atrapada debajo de la silla rota, quejose.

—¿Tú estás tonto?

Tonto es una palabra muy superficial, pensé. Lo mío era algo más profundo. La ventaja de ser inteligente consiste en que resulta más fácil pasar por tonto, lo contrario es mucho más difícil. A mí lo que me atravesaba era un temblor constante, nada vaciaba la angustia que contenía en el pecho. De mí asomaba la satisfacción que se toma del agravio y su hilo conductor era el extremo de una aguja. Pero mantuve la calma.

—Tranquilo, Marugán, antes de lamentar la compra, recuerda: yo no soy el suelo.

—Qué compra ni compra, joder. Tú eres bobo.

—Uy, entonces alabada sea la práctica. Para un técnico debe ser terrible estar a punto de perder el conocimiento.

Era una broma fácil y dicha sin pensar, pero al final salí con eso. La vida moderna produce más que ceguera, confusión, y una aparente capacidad de atender tanto a los deseos como a las necesidades de las personas. Yo buscaba el desconcierto. Ese que con cierto masoquismo hace que alguien te considere como único responsable de lo acontecido, cuando la realidad señala que siempre hay que compartir la culpa. Así que adopté una posición defensiva frente a su admirable recuperación.

—¿Estás bien?—pregunté.

—¿Estás bien? ¿Estás bien? Estoy entero, que ya es algo. Dios me libre de tu próxima ocurrencia. Porque seguro que algo nuevo se te ocurre, ¿no? Pues eso. ¿Y ahora?

¿Y ahora? Durante un buen rato lo estuve considerando. Primero pensé en mi mujer. Ya no se mostraba especialmente atenta. Su rostro expresaba frialdad y por encima de la frialdad asomaba el resarcimiento. La imaginé en este apartamento o en otro apartamento con las ventanas cerradas y las cortinas echadas, tumbada en la cama con las piernas abiertas, comiendo carne a trocitos y bebiendo leche condensada. Luego vi, con los ojos cerrados, como Kolakowski, el filósofo polaco, tenía visiones muy duras sobre el bien el mal mientras se acercaba a Marugán y a mí. El mal es el mal, no está basado en una circunstancia personal, es una fuerza humana completamente independiente. Y supe en ese mismo momento que no era precisamente el bien lo que nos iba a caer a todos encima.

—Ahora una última cosa, Manuel. ¿Ves la toma de corriente? A tu derecha, junto al televisor. Necesito confirmar el cable que llega hasta la terraza e ilumina la bombilla de mi noche exterior.

—¿Tú siempre hablas así? Por eso tu mujer no aguanta más el teatro, ¿no? La bombilla de mi noche exterior… pero ¿te estás escuchando?

Cambiar una bombilla puede parecer una tarea sencilla, y a veces lo es. No obstante, deben tenerse en cuenta algunas medidas de seguridad importantes, ya que a veces toca cambiar bombillas más complicadas. Por ejemplo, la bombilla podría estar en un techo falso o como luz de exterior en un balcón peligroso. Esto es algo que debes tener presente cada vez que manipules algo con cierta altura de miras. Debes garantizar tu seguridad.

—Anda, tráeme otra silla. Y no te acerques a la linterna, ¿me oyes? Lo malo no es vivir en las nubes, lo malo es bajar. Evitemos males mayores.

Marugán, subido de nuevo a una silla, y yo, de pie con las manos en el respaldo, dejamos por un rato de hablar. Nada resulta más convincente que una fuerza determinante sobre un andamiaje frágil. Al menos para una persona práctica que se sustenta sobre conceptos técnicos. No era mi caso, yo soy más de conceptos teóricos. Y si dejaba de sujetar la silla. Y si le daba a Marugán un empujoncito. Y sí, de paso, acababa con el sustento íntimo de mi mujer. ¿Terminaría la escena con una imagen trágica? Tenía que comprobarlo, el mal no es lo que entra en la cabeza de un hombre, sino lo que sale de ella. Así que empujé, y luego pateé la silla, y mientras Marugán caía de nuevo en pérdida lo miré directamente a los ojos, como si pudiera arrojarlo a la calle con la mirada si la gravedad no tuviera solidez suficiente. Antes de perderle de vista, dije:

—Pues eso. Deja de anidar en mi mujer, cabrón.

Segundos después, mientras los huesos de Marugán se separaban de la carne sobre la acera, pensé: pues sí, qué imagen más trágica. Luego salí del balcón, cerré la persiana con lasitud y me acosté un rato. Ningún hombre conoce lo bueno que es hasta que no trata de esforzarse por ser malo. Recostado sobre el sofá, la muerte de Marugán una muerte de liberación, las luces encendidas, los fuegos apagados, quedeme dormido.

Foto: Arturo Rodríguez

Gravedad informativa

Según se nos dice, Twitter es un sistema gratuito de microblogging con funcionalidades de red social: sus herramientas están a nuestra disposición para que las utilicemos con cabeza. Ya. Por eso yo, cesante en el empeño de intentar comprender y a pesar de mis progresos increíbles, cada vez que entro al pajarito los rubores me suben al rostro. Por eso a mí, que domino el tuit, la etiqueta y el erreté, que dispongo del suficiente valor para seguir el rastro de los hilos y las conversaciones, que me siento suficientemente preparado para cualquier tipo de burla electrónica, al final, siempre me alcanza alguna frase seria. Un «me duelen los ovarios», por ejemplo. La máxima mínima, la mínima parte y la parte alienante convertidas en un triste mojón. Y que viva la realidad aumentada.

En Twitter, la continua gravedad informativa no puede entenderse como un efecto geométrico de la funcionalidad sobre el arnés del microblogging. Más bien se parece al adanismo, la senectud y la comunicación a base de frases breves y contundentes. Cabe preguntarse: ¿Tal gravedad es el resultado de los cambios físicos y neurológicos que producen las redes sociales con el rápido devenir del tiempo? Ni idea. Yo mismo soy dos personas distintas, una la de los últimos cuarenta años y otra la que busca en el presente la comprensión de mi mujer. Cabe preguntarse: ¿Sirven para algo las redes sociales? No lo sé. Para unos su funcionalidad se resume en escupir muy alto y para otros en resolver sus gravísimos problemas con las marcas, en plan consumidor digital y supereficiente. Cabe preguntarse: ¿Cuándo fue la última vez que alguien pisó suelo no electrónico? A saber. Hace unos años me vi forzado a acudir a una oficina presencial para resolver una gestión en persona y no me hizo ninguna gracia. Acostumbrado a Internet y a su aguda inmediatez, desplazarme físicamente en un mundo en el que no sobra el tiempo también me parece un auténtico atraso.

¿Entonces?

Entonces me sorprende que lo más representativo de la vida moderna no sea su virulencia ni su vacilante seguridad, sino sencillamente su vaciedad, su absoluta falta de contenido. Que ni siquiera pueda definirla con una frase original y tenga que recurrir a la indagación de los clásicos. George Orwell fue soldado del POUM en la Guerra Civil española y vino a matar fascistas porque alguien debía hacerlo. A Henry Miller aquello le pareció una idiotez, tanto en el sentido de la obligación de matar a otras personas como en el de salvar al género humano de muertes peores y más injustas. Si ya estaban así entonces, qué más te puedo decir, la energía y el entusiasmo fueron vencidos por el desánimo que inevitablemente nos aplastó. Ahora tenemos otras cosas de las que preocuparnos, amigo. Por ejemplo: esta mujer que se refleja con peligrosa cercanía en los brillos de tu cristal. Pelo negro, cejas negras, expresión de hastío y conmiseración… Da miedo darse la vuelta. Yo voy a cerrar los ojos y esperar a que dispare algo. Yo voy a subir los hombros, hundir la cabeza y esperar. No sé tú.

—¿Ya estás hablando solo, Amadeo?

—Hombre, estoy hablando con el móvil. Unos hablan «por», yo hablo «con».

—…

—Qué. No me mires así. Aquí lo que hay, en todo caso, es un problema de preposición.

—Definitivamente tú no estás bien, y el bien debe estar siempre de moda. ¡Levanta!

—Claro, yo no estoy bien. Bonito resumen.

Lee más sobre Amadeo: Golpe de calor
Ilustración: Steve Cutts

Clases

En un caluroso y soleado día del mes de septiembre de 2016, un Zampullín chico de color pardo oscuro, la cara y el cuello castaños, la base del pico una mancha clara, vuela de un lado a otro en una calle del casco antiguo de la ciudad de Zaragoza, entre afiches y ventanas, plantas y arbolillos, subiendo y bajando en pequeños trechos, trazando ángulos romos, unas veces muy alto y con palomas a ambos lados, como en utópica formación, y otras a ras de suelo, oteando el río. Es el más pequeño de la familia de los Somormujos, y, como todos los de su especie, resulta difícil verlo fuera de un medio acuático, en el que se desplaza deslizándose por su superficie como una bola esponjosa de plumas. Vacilante, remonta desde los escollos de un fontanar, desciende luego en vuelo vertical y se detiene en la segunda planta de un bloque de apartamentos, dos pisos por encima de mi ventana. Abajo se abre una puerta y una familia sale a la calle. El padre, un hombre alto y delgado con camiseta Soviet Flag y pantalón de pinzas, lleva una mochila. La madre, con pantalón largo de rayas, chaqueta corta y ajustada y zapatos de cordones, empuja una sillita de bebé con una mano mientras sujeta un muñeco de peluche entre los dedos de la otra. El Zampullín chico y yo nos quedamos mirando.

En el alféizar del último piso una paloma asoma el pico, da media vuelta con altivez, muestra la cola elevando sus plumas —remeras primarias, timoneras—, evacúa, y, por un instante, una bola de excremento queda suspendida en el aire, inmóvil, desafiando todas las leyes de la gravitación. Puede ser cosa de la naturaleza, pero cuando se trata de tramas reales también son reales sus consecuencias, la gravedad es una fuerza instantánea que actúa a distancia y a cada empujón le corresponde un tirón. Nunca una mierda, ni siquiera en un efecto óptico de deposición, permanece suspendida en el aire más de un instante. Presurosa, enfrenta siempre una caída libre y vertical con velocidad creciente, al menos hasta que topa con un impedimento u obstáculo. En nuestro caso, la familia que, abajo, comienza a discutir sobre algún tema interior: los sesgos del calor, la dirección pertinente, el reparto equitativo del tiempo… Consumado el desastre y siendo ya víctima de la defecación, el hombre levanta la cabeza con displicencia y repara en mí. Yo compruebo con horror que se trata del vecino progresista del tercero, el peor enemigo de la revolución, el burgués que muchos revolucionarios llevan adentro. Levanto las manos y doy un paso hacia atrás. Algo tengo que decir.

—No vayamos a equivocarnos, vecino. Ya sé que no soy comunista, ni socialista, ni anarquista. No represento a esa «hermosísima» ideología que hace creer que esta infamia de mundo puede cambiar de alguna manera. Aun así le informo de que yo en este asunto no tengo nada que ver. Acabáramos.

—¡Cómo! ¿Que no has sido tú?

—No, tampoco el Zampullín chico del tercero. Mi tercero, no su tercero. Qué maravilla, oiga, tendría que haberlo visto llegar hasta aquí, tan mal volador, entre tanta gente de pie. Es posible volar sin motores, pero no sin conocimiento y habilidad.

El hombre baja la vista. Comenta con su mujer. «Tampoco el Zampullín chico, el del tercero, dice el oligarca».

—Para mí que ha sido la paloma —explico—, está en el alféizar del cuarto, ¿la ve?

La ve. El presente, obviamente, tiene una realidad propia.

—Malditas-palomas-de-los-cojones.

—Hombre, por lo menos hable usted bien, compañero. Ya no digo que trate a la gente con respeto, faltaría, pero a los animales… ¿No eran todos ustedes animalistas? ¿No? Pues trabaje por la defensa de los animales, el medio ambiente y la justicia social.

—A mi no me da lecciones ni mi padre, ¿lo entiendes? El perfecto comunista no debe vacilar ni un instante en emplear para el triunfo de la causa proletaria todos los crímenes que condena la moral capitalista. ¿Lo entiendes ahora?

Lo entiendo, me intenta tocar la moral, y la moral es la ciencia por excelencia, el arte de vivir bien y de ser dichoso, pero si se lo digo así, revienta. Mejor seguir la corriente de enunciados subversivos, encontrar por alguna parte la diversión.

—Oiga, las palomas tienen más necesidad de respeto que de pan.

—No me digas… Bienvenido entonces cualquier juicio inspirado en una base científica. Tú lo que te inventas es un enemigo comunista para aplastarme a mí, que soy el enemigo real.

—Ya. ¿Y vamos a seguir así toda la tarde? Lo digo porque llevamos así toda la vida. ¿Seguimos? ¿No? Claro que no. La plasta de paloma desagua enseguida y la inhalación de la misma en forma de polvo microscópico representa un riesgo a considerar. Fiebre, escalofríos, sudoración, mialgias, vómitos, infecciones agudas. Imposible en tal estado politizar las reuniones de la comunidad de vecinos. Piénselo.

Desde el cuarto piso, la paloma de color Isabela, con reflejos verde violáceos en el cuello y en el pecho, emite ahora un sonido raro, una especie de rumor, mientras espera a que los rayos del sol empiecen a perder fuerza y dar un vuelo muy cortito antes de acostarse, algo así como un vuelo de reconocimiento de los alrededores para cerciorarse de que no hay nuevos peligros a la vista y de que va a dormir tranquila. En la calle, el vecino, mi vecino, murmura frases indescifrables bajo la atenta mirada de su esposa, que primero le ofrece un pañuelo, pero no sirve de nada, y luego una toallita de bebé, pero tampoco sirve de nada, y al final lo devuelve a casa, en medio de una situación muy hermosa de derrota e insatisfacción. El Zampullín chico, en todos los sentidos un pájaro normal y corriente, con su silueta rechoncha, la parte posterior recta y el cuello pequeñito, observa con atención, pues no se encuentra en peligro, pero cualquier alteración de sus hábitats artificiales puede perjudicarlo. Las personas no seremos nunca un buen alimento. Mejor los invertebrados, los caracoles y los peces pequeños. Y completar la dieta con fragmentos de vegetación.

La secuencia lineal comentada

Colaboración

Mal día para empezar una serie de artículos, hoy. La secuencia lineal comentada. La gradación descendente de los autores que saben y no saben escribir, esa especie de muditos en activación física y sensorial que cuentan batallitas. Escritores que tienden a esfumarse entre frases superpuestas y que en medio de la esfumación descubren la parte diletante de la primera parte: el avance hacia atrás, la retirada en círculo, el argumento elíptico.

Hablo, por ejemplo, de José. José es un filólogo especializado en filosofía y estética de la literatura romántica que ha estado siempre vinculado al mundo editorial, como redactor, editor y traductor para distintas editoriales. En 2015 ganó el Premio Nadal con Cabaret Biarritz, una más que correcta novela, pero en la actualidad no tiene noche sin sobresalto y se encuentra inmerso en una especie de subducción literaria. Como ocurre con la tectónica de placas, en la subducción de José intervienen dos fuerzas dispares, una que proviene del empuje de la narrativa histórica y otra que deriva de la promoción de ventas.

Me explico. Verán. Decía José, el 27 de julio: «Que los demás no saben leer es la excusa más vieja, más torpe y más necia de los autores que no saben escribir». Gansadas al margen, pareciera que José ha dejado de tener en cuenta varios factores a la hora de planificar la dinámica de la subducción. Si bien el empuje del planteamiento es afirmativo, sus fuerzas gravitacionales no tienen sentido. El éxito te hace vivir en una burbuja pero el fracaso finalmente te pone en tu sitio. Por lo tanto, a mayor fuerza gravitacional menor será la flotabilidad. O, lo que es lo mismo, si estableces unas premisas ridículamente altas y resultan un fracaso, vas a fracasar por encima del éxito de todos los demás.

Medio arrepentido, el 28 de julio José descubre el avance hacia atrás y sufre su primer arrepentimiento de frase. Entre líneas lo deja entrever. Escribe: «Y decía Quintiliano que lo inesperado era un gran deleite, pero que se habían sobrepasado todos los límites y se había agotado el encanto». Muerto el encanto se acabó la gracia metaliteraria, pero esto es algo que pienso yo, José no es consciente del todo. A los hechos me remito. Como si tuviera dos bocas, una sobre otra, el 29 de julio José amanece sin jugo en el suelo y emprende una peculiar retirada en círculo. Se pregunta:  «¿Qué sería de nosotros, pobres ignorantes, si no contáramos con el auxilio divino de los articulistas de opinión? Gracias, oh».

Los tontos más peligrosos son aquellos que, cuando no tienen nada que decir, inventan un motivo. Decía Rochefoucauld que la simplicidad afectada es una impostura refinada. Yo creo que José no es tonto, ni resulta peligroso. En el fondo sabe que la subducción provoca muchos terremotos y que los terremotos ponen en problemas al lector que te está contratando. Así que esa misma tarde, la del 29, zanja el tema adoptando con premura el argumento elíptico. Se da una lección a sí mismo. Escribe: «Como decía el personaje de M Smith en “Downton Abbey”, hay gente cuya única obsesión es demostrar a los demás su supuesta superioridad moral».

El ángulo de subducción depende mucho de las características de la persona que subduce y genera diferentes reacciones en superficie. El roce producido por el contacto y el movimiento en redes sociales origina una acumulación de energía potencial y elástica que se libera en forma de oscilaciones relativas. Entre bloques separados por un plano lineal, generar reacción en las redes, para producir un reflejo en los medios y así suscitar movimientos de caja, suele ser la estrategia recurrente. Sorprende ver a José amoldado a esa teta.

Claro que también puedo estar equivocado. Ah, no, que el lector nunca se equivoca.

Escrito por Manuel Mistral
Foto: Viviana Zargón

© 2017

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