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Categoría: Sociedad (página 1 de 2)

Bajezas

—Afiliado Rojales, parece usted nervioso. Deje de cantar el himno que tumbado no se aprecia. Y vigile.

—Al otro lado de este lado hay un señor, señor.

—¿Un señor?

—Un señor barra señora, señor, está muy oscuro.

—¡Maldición! Un militante barra militanta de los que piensan lo contrario…

—Le huelen las hechuras ideológicas a millares de distancias…

—No se me despiste, Rojales. Lo contrario termina en un argumento tan finito que apenas se ve. Levántese y pegue unos tiros.

—Pero al otro lado puede haber una señora, señor.

—Precisamente. Igualemos las diferencias de la igualdad diferenciando entre diferentes e iguales.

—Uf, igual resulta un argumento muy apretado.

—¡Nosotros y nosotras no argumentamos más que bajezas, Rojales!

—¡Pues entonces yo lo que veo es un muerto útil, señor!

—¿Un muerto?

—¡Un muerto barra muerta, señor!

Foto Le Temps du loup / Wolfzeit (2003)

Gravedad informativa

Según se nos dice, Twitter es un sistema gratuito de microblogging con funcionalidades de red social: sus herramientas están a nuestra disposición para que las utilicemos con cabeza. Ya. Por eso yo, cesante en el empeño de intentar comprender y a pesar de mis progresos increíbles, cada vez que entro al pajarito los rubores me suben al rostro. Por eso a mí, que domino el tuit, la etiqueta y el erreté, que dispongo del suficiente valor para seguir el rastro de los hilos y las conversaciones, que me siento suficientemente preparado para cualquier tipo de burla electrónica, al final, siempre me alcanza alguna frase seria. Un «me duelen los ovarios», por ejemplo. La máxima mínima, la mínima parte y la parte alienante convertidas en un triste mojón. Y que viva la realidad aumentada.

En Twitter, la continua gravedad informativa no puede entenderse como un efecto geométrico de la funcionalidad sobre el arnés del microblogging. Más bien se parece al adanismo, la senectud y la comunicación a base de frases breves y contundentes. Cabe preguntarse: ¿Tal gravedad es el resultado de los cambios físicos y neurológicos que producen las redes sociales con el rápido devenir del tiempo? Ni idea. Yo mismo soy dos personas distintas, una la de los últimos cuarenta años y otra la que busca en el presente la comprensión de mi mujer. Cabe preguntarse: ¿Sirven para algo las redes sociales? No lo sé. Para unos su funcionalidad se resume en escupir muy alto y para otros en resolver sus gravísimos problemas con las marcas, en plan consumidor digital y supereficiente. Cabe preguntarse: ¿Cuándo fue la última vez que alguien pisó suelo no electrónico? A saber. Hace unos años me vi forzado a acudir a una oficina presencial para resolver una gestión en persona y no me hizo ninguna gracia. Acostumbrado a Internet y a su aguda inmediatez, desplazarme físicamente en un mundo en el que no sobra el tiempo también me parece un auténtico atraso.

¿Entonces?

Entonces me sorprende que lo más representativo de la vida moderna no sea su virulencia ni su vacilante seguridad, sino sencillamente su vaciedad, su absoluta falta de contenido. Que ni siquiera pueda definirla con una frase original y tenga que recurrir a la indagación de los clásicos. George Orwell fue soldado del POUM en la Guerra Civil española y vino a matar fascistas porque alguien debía hacerlo. A Henry Miller aquello le pareció una idiotez, tanto en el sentido de la obligación de matar a otras personas como en el de salvar al género humano de muertes peores y más injustas. Si ya estaban así entonces, qué más te puedo decir, la energía y el entusiasmo fueron vencidos por el desánimo que inevitablemente nos aplastó. Ahora tenemos otras cosas de las que preocuparnos, amigo. Por ejemplo: esta mujer que se refleja con peligrosa cercanía en los brillos de tu cristal. Pelo negro, cejas negras, expresión de hastío y conmiseración… Da miedo darse la vuelta. Yo voy a cerrar los ojos y esperar a que dispare algo. Yo voy a subir los hombros, hundir la cabeza y esperar. No sé tú.

—¿Ya estás hablando solo, Amadeo?

—Hombre, estoy hablando con el móvil. Unos hablan «por», yo hablo «con».

—…

—Qué. No me mires así. Aquí lo que hay, en todo caso, es un problema de preposición.

—Definitivamente tú no estás bien, y el bien debe estar siempre de moda. ¡Levanta!

—Claro, yo no estoy bien. Bonito resumen.

Lee más sobre Amadeo: Golpe de calor
Ilustración: Steve Cutts

Cariños

No sé si te llegará porque soy canija y con poca fuerza, pero te mando un abrazo enorme, Mauricio. Salúdame al staff, a los curritos de la Casa Rosada, a las de los mostradores, a los stewards and stewardesses, a los argentinos y uruguayos sobrevenidos, a los de La Cámpora, al amigo H., a Esteban Bullrich y también a su querida esposa, maravillosa esta última, sobra decir.

Por favor, respeta el biomas de la patria. Recuerda mi política: gobierno, limpieza, inspección, reparación y ensayo de soberanía, célula de soberanía, motor soberano, ventilador (componente o accesorio). Usa sobre el terreno métodos, técnicas y prácticas aceptables para la Dirección General de Sucesos, siempre de acuerdo con los datos técnicos aprobados por la Oficina de Intereses o, en el caso, amoldados para esta.

Aumenta el ánimo de los empleados y las condiciones de los empleadores, canaliza las prospecciones, vende barato y, sobre todo, si ves un chiquito, llora. Que la gente suspire. Nada en el mundo nos gusta menos que un revuelo, pero ciertos actos públicos resultan necesarios. Total, las lágrimas son un líquido producido por el proceso corporal de lagrimación, nos sirven para limpiar y lubricar el ojo e intervienen también en la óptica ocular y en el normal funcionamiento de la visión periférica y de sus estructuras.

Esto último igual no lo entiendes, pero yo te lo explico, Mauricio. Las estructuras periféricas son importantes, pero verlas con visión, aún más. Hagamos juntos un esfuerzo de patriotismo, depongamos resentimientos particulares, dejemos el país como está. Cuando la patria se encuentra en peligro todo está permitido, excepto no defenderla.

Ánimo, para los hombres de coraje se inventaron las gestas.

Cariños, Cristina.

RAE polizei

—Buenas tardes, caballero.
—Buenas tardes, cabo.
—Sargento literario, si no le importa.
—Claro, cabo, lo que diga su sargento.
—Documentación.
—Lo siento, no tengo redes sociales. Sé que siguen ahí, pero no contribuyo. Cuando quiero saber algo de alguien (Francesc Bon, Patricia Millán, Mónica Basterrechea, Santiago Pérez, incluso de Mortuenga), verá usted: yo practico la visita digital.
—No me cuente milongas, caballero, escuche con atención: el permiso de conducción de letras, el permiso de circulación de frases, la tarjeta de características narrativas, el informe favorable de la Inspección literaria…
—¡Ah! Pues menos mal porque no tengo seguro reseñista…
—¿Que usted escribe sin seguro?
—Precisamente es lo que trato de evitar, los seguros, la gente se asegura enseguida, oiga, o peor, previenen las consecuencias desfavorables de un riesgo y luego se quedan pensando.
—Claro, y usted escribe sin pensar
—No, no, mi grandeza también es de pensar. Los días que me viene.

Carta del lehendakari

Ayer el lehendakari Urkullu me mandó un ertzaina con un sobre blanco de 30 x 39 cm y el membrete de la Lehendakaritza. Antes llamaba por teléfono, pero desde que vivo en Zaragoza nuestra única relación es la oficial. Por eso no he abierto hasta esta mañana. He abierto la puerta, he abrazado con fuerza al ertzaina, él me ha hecho entrega solemne del sobre, yo le he vuelto a abrazar y luego con mucha tristeza y rostro de resignación he vuelto a cerrar. Ser vasco tiene sus normas. Habito más allá del límite exterior y aquí Pipirigaña, la bruja mala y el tío Gurrumino son mis enemigos. Debo estar siempre alerta pero sin que se note. Vivir en plena alarma de normalidad.

Así que ahora, en la soledad de mi hogar exterior, aún con algo de emoción, procedo a abrir el sobre. Hay una carta. Traduzco.

«Lagun agurgarria». Cuando dice amigo se refiere a mí, estimado no sé, pero amigo… de siempre. «Se cumplen cuatro años de ausencias» (madre mía, esta frase en euskera es una preciosidad). «Por encima de las condiciones de vida de las personas, de favorecer su desarrollo humano y de garantizar unos servicios públicos de calidad, mantener el contacto contigo ha sido el amanecer y el anochecer de este Gobierno. Todas las instituciones vascas sin excepción nos hemos comprometido a garantizar unas condiciones de vida esenciales para ti en el exterior. Este compromiso institucional, junto a un entramado social y familiar sólido, con valores, ha sido la clave de bóveda para mantener a la sociedad cohesionada».

«Con todo, el año pasado Euskadi se sumió en la recesión y el Gobierno tuvo que gestionar unas cuentas prorrogadas muy ajustadas. Asumimos el reto, pero ahora disponemos de 600 millones de euros menos que hace dos años. Ante esta difícil situación, ¿qué podíamos hacer? Pues tres cosas: aplicar una gran disciplina en la gestión, garantizar los servicios esenciales y abrir un nuevo futuro económico en nuestra relación contigo. Por eso te escribo. No siempre no hay. Si dices que no tienes, este Gobierno hurga. Y al hurgar, a veces, encuentra pequeñas cosas no declaradas. Un txistu de lujo, un tamboríl a juego, acciones de la Sociedad Bilbaina, acciones del Jolaseta, el libro Winston del tenis, un laburu de plata, una pluma de oro, un kaiku oficial, varias reproducciones numeradas de Oteiza, la primera plancha del Gaur Express (firmada por Carlos Garaikoetxea, ojo) … »

No puedo seguir. Junto a la carta viene otro sobre blanco con el distintivo negro de la Hacienda Foral. Estoy indignado. Mañana mismo me planto en la autopista, eh, pido el ticket, conduzco hasta la Lehendakaritza, entrego el ticket, me lo abonan en efectivo, eh, pregunto por el lehendakari, camino hasta su despacho, entro y le digo en euskera: Basta de muestras de cariño, Iñigo. La Mari, el cuento de la lechera y las cuentas de la vieja forman un binomio (?) que queda muuuuuy mal. Te aviso.

Aneu a pastar fang

Francesc Fon es, sobre todo, Francesc Fon. Luego, por las mañanas, Francesc Fon es también Josep Maria Bartomeu, presidente del Fútbol Club Barcelona, y por las tardes, siguiendo el Principio de la sincronicidad, otra vez Francesc, pero Perearnau, subdirector del Mundo Deportivo. Estamos ante una coincidencia temporal. Dos o más sucesos relacionados entre sí y cuyo contenido es igual o similar.

Josep Maria Bartomeu (Francesc Fon, en realidad) se ha levantado muy pronto esta mañana. Debe preparar su primera rueda de prensa como presidente pero no tiene a mano o en mente ningún argumento. Encerrado en el salón, fabrica bombas de humo. «En Madrid hay un fiscal que no es unos de los nuestros», por ejemplo. O: «Irina, di visca el Barça». Diminuto, microscópico ante la gravedad de los hechos, sospecha que la única forma de mantenerse es salir y no salir de casa.

Francesc Perearnau no ha tenido una buena mañana. Arrastrado por la corriente continua hasta el sofá de su despacho, calcula posibilidades. Ahora, además de publicar bombas de humo, debe poner a todo el mundo a pensar, ¡a pensar! La imagen le produce convulsiones y escalofríos: periodistas escrupulosos con las bombas que se dan media vuelta y se ponen a pensar… «Aneu a pastar fang», en su redacción solo se pican teletipos y se hacen preguntas chorras. Punto.

Por la noche, Francesc Fon hace recuento de sí mismo. Está cansado y falto de sueño, para empezar. Luego, no comprende por qué es imposible tener una mañana normal, una tarde normal y una noche normal, ya ni los domingos, esta gente acaba con todo. «Polit polit es va perdre, barrip-barrap es va salvar», utilizan el plan B como plan A, y aunque sonríen, no son argentinos. Nunca lo fueron. No dominan el plan B ni conocen el día de la verdad, son solo estampas, cromos.

Si la sincronicidad implica relacionar un estado psíquico con uno o varios sucesos externos, y su sentido resulta paralelo a la subjetividad psíquica, o viceversa, en alguna parte de esa geometría emocional que es el Fútbol Club Barcelona debe haber alguien dispuesto a hacer algo. De lo contrario, ya sabremos por qué está gordo Joan Laporta: se come a las personas. Se las come por dentro y no las deja trabajar. Se adueña de sus cuerpos.

Lee más sobre Francesc Fon aquí.

Los argumentos finales

Estoy leyendo mucho la prensa argentina estos días porque Chevron está saliendo en los titulares de todos los diarios. La última vez que salió en primera página y con letra grandota fue cuando el general Enrique Mosconi fundó YPF a principios de siglo XX para frenar el acoso de la California Standard Oil, la antecesora de la actual Chevron Corporation. Después hubo un gran silencio de cien años. Chevron no importó más. Y eso es bueno.

Cuando los americanos del norte salen en los grandes titulares de los diarios argentinos la gente se aglomera, todo está intranquilo. Basta un chiste de Marcelo Tinelli para que flaquee la paciencia. Así que desde hace unos días fantaseo con algo improbable. Me imagino que un día, en pleno centro del parque Centenario, Marcelo Tinelli supera un directo endemoniado y al final, con la audiencia ya en contra, se saca la camisa frente a las cámaras y debajo hay un cartel que dice: «YPF es Argentina». Y que al rato, otra vez en directo, aparece Gille Valdés, se saca la camiseta frente a las cámaras también, y debajo hay un cartel en dos mitades —una en una y la otra en otra— que dice: «YPF es Argentina».

Sería un problemón de enorme a inmenso para los que deciden los grandes titulares de la prensa argentina.

Los diarios argentinos son como los de España, juegan al despiste entre la izquierda y la derecha mientras van dando manija al capital. Así funcionan. Ninguno se atreve a proponer seriamente que alguien intervenga. Si hay que reaccionar se reacciona en Internet, que la gente pueda hacer clic, que no se muera de aburrimiento. Al menos.

Desde hace algunos años los dueños de Argentina son seis o siete familias poderosas. Los políticos y los medios de comunicación son empleados de esta gente adinerada. Todos son chorizos, en el sentido más español de la palabra. Gente abotargada, incapaz de transmitir un mensaje sin chupar un sello. Gente que disfruta con lo que está pasando en América del sur, del mismo modo que aprueba lo que está pasando en Argentina. Piensan que ambas cosas son la misma cosa: una oportuna enfermedad, una infección de capital que impide combatir las necesidades económicas y sociales del país.

Esta semana la prensa argentina le dedicó muchísimas páginas al tema Chevron, pero casi ningún diario explica los argumentos finales. Les da pánico explicar los argumentos finales porque son los mismos argumentos finales que ofreció Juan Domingo Perón cuando suscribió contratos de concesión de pozos a Standard Oil. Y son los mismos argumentos finales que utilizó Carlos Menem, también peronista pero neoliberal, cuando privatizó YPF y la vendió a Repsol. Y son los mismos argumentos finales con los que la peronista Fernández expropió a Repsol en público, para dar manija a Chevron en un despacho.

Los chorizos argentinos creen que el enemigo es Argentina. Creen que YPF es patria y que tanta patria les está robando la identidad.                                                  .

 (Texto inspirado en el artículo 'Caretas', de Hernán Casciari.)

Segunda División literaria

futbolok

Conmoción esta mañana por mi ascenso a Segunda División. De repente soy capaz de escribir un texto con destreza. Es posible que hasta con cierto estilo. El ascenso literario llega por derecho impropio, tras un desmarque, y a los pocos minutos aparece un señor de negro en la puerta de mi casa preguntando muy alarmado si sé exactamente dónde me he metido. Sí, respondo. Y añado: Hubo un clic, subí a segunda. Ahora domino los argumentos.

La vida se parece al fútbol, uno entrena a puerta cerrada los controles orientados de su existencia durante semanas, incluso meses, para, llegado el momento, estar preparado. Gambetea con el lenguaje, ensaya las jugadas y estudia el juego del rival. Intenta, en realidad, establecer un incontestable concepto teórico sobre el que desplegar un buen número de variaciones tácticas, y así demostrar que existe un método basado en las convicciones y una estrategia ligada a lo práctico.

Desde el mismo instante en el que asomas la cabeza por el túnel de vestuarios, el objetivo es dominar. Se trata de salir airoso de un reto laboral o de triunfar en una reunión de amigos. Se trata de anticiparse a la encerrona, de evitar la tarascada y salir indemnes del campo de juego. Hay que evitar un exceso de vista, pedir pasos, dejar tu impronta. Hay que formar parte del once de gala y tomar ventaja, ese par de milímetros que marcan la diferencia en los momentos decisivos.

Así que la vida consiste en entrenar, resulta que hay que estar preparado. Porque a uno le agradan los partidos amistosos y le motivan las competiciones eliminatorias, pero, sobre todo, lo que prima es la liga regular, donde un mal día no tiene importancia, pero dos arruinan tu clasificación y te hunden muy al fondo en la tabla.

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Una verdad suplente

Ayer soñé con Paulo Coelho. Fue un sueño espeluznante. Me habló. Dijo: «El gordo ambiciona y el delgado saborea». Y yo pensé: Revela su dicha el flaco mientras intenta tangar al gordo. Luego me desperté. Imposible soñar más con Paulo Coelho. Abrí los ojos y amanecí en lunes, que no es un domingo, precisamente, y durante el día no leí más que memeces y todo el mundo me pareció un memo y me dieron ganas de contar todos los memos que había, pero al atardecer se me pasó y lo de Coelho no. A Coelho siempre lo estoy esperando. Con Coelho el más breve de los pensamientos supone una sombra encendida. Todo cuanto está a mi alcance me impide olvidar.

Así que ahora veo a Coelho por todas partes. Veo montañas de crocanti, limones de naranja y a Paulo Coelho, muy claramente. Ya no soy un receptor pasivo de la información externa que entra en mi cerebro a través de los sentidos. Ahora lo que busco son pautas de forma activa, convierto escenas ambiguas en otras que se amolden a mis expectativas mientras me pierdo todos los detalles inesperados. Se cumple en mí el efecto Baader-Meinhof. Soy el humano completo que tiene manía a Paulo Coelho. Y como tengo manía a Paulo Coelho, me lo encuentro muchas veces en un corto periodo de tiempo.

Por suerte, todo efecto formulado está sujeto a una tasa de crecimiento y decrecimiento, y por lo tanto dosificado por la Función exponencial, que en matemática es una función donde es igual a ex, y donde e es una constante base del logaritmo, digamos que 2,71. Si una de las aplicaciones prácticas de la Función exponencial es el tiempo de duplicación; si sabemos que la antipatía hacia Coelho regurgita en un entorno finito; si su tasa de crecimiento diario es del 2%, muy poco, aunque no necesitamos más; entonces, cada treinta y cinco días la manía se duplica, y con ello, se duplica la necesidad de argumentos y la energía vital que estos requieren. Algo inaguantable.

Por eso, sin duda, llegará un día en que diga basta. Se acabó. Fin. A la mierda Paulo Coelho. Porque sufro de manías pero también me afecta la volubilidad. Siempre habrá otra verdad suplente, una nueva línea roja que volver a traspasar.

Crónica del primer texto plano interactivo

arturok

Me preocupa la gente. No todo el mundo, claro, eso implicaría una dispersión de esfuerzos difícil de asumir, lo mío es el desvelo individual continuado: hoy me preocupo de fulano, unas horas, por la mañana, quizá por la tarde también; mañana de mengano, un rato, hasta que se encuentra mejor y sopeso la renuncia, así voy. Rara vez la preocupación dura más de un día. Es una angustia que vive a salto de mata. Aunque en ocasiones mi desasosiego deriva en insomnio, dando rodeos sobre el mismo individuo durante semanas, incluso meses. Me pasa con Arturo, por ejemplo. Anoche no pude dormir y hoy marcho por el mundo siendo un vano fantasma de mí mismo, un espectro con bola, una visión.

Arturo es presidente en Catalonia, bloque C, muy cerca de Sant Fruitós de Bages. Además de Arturo, en Catalonia conviven dieciséis familias, repartidas en cuatro edificios de seis alturas: el bloque 1, el 2, el C y el 4. Cuentan, además, con ninguna piscina, un amplio aparcamiento y nueve mil metros cuadrados de jardines. Todo muy tranquilo, excepto en verano. Los promotores de Catalonia no pensaron en la temporada de baño, está claro, pero sí insistieron mucho en la necesidad de identificar el bloque 3 de una forma diferente y lo registraron como C, y no 3, una idea no correlativa, una falta de costumbres.

Durante años, la comunidad funcionó. Los vecinos de C vivieron su singularidad tomando las decisiones importantes, mientras los vecinos de 1, 2 y 4 asumían un estatus adyacente. Hasta el mes pasado, que todo cambió. Sin avisar, los vecinos de 1, 2 y 4 denunciaron en portería la poca inversión y la desidia vecinal de C, mientras en C culpaban del desastre a la situación económica comarcal y, sobre todo, a la insolidaridad de 1, 2 y 4. Tal fue el desastre que Arturo, como presidente, se vió obligado a intervenir. Dijo: «Señores, la singularidad de C, avalada por su carácter histórico, nos otorga el derecho a decidir».

Y aquí me tienen: preocupado por la C de Catalonia, en Sant Fruitós. Preocupado sobre todo por Arturo, que intervino para hablar, aunque parezca increíble. Desde entonces no duerme. Cada noche, Arturo levita, flota en el mar de los insomnes. Muy en el fondo, a lo que aspira —cuentan— es a reconducir la situación, a que pase el tiempo y vuelvan las lluvias, a encontrar ese momento exacto en el que revertir la singularidad sea cuestión de silencios, no de palabras.

Y si Arturo no duerme, ya me ven, yo soy un vano fantasma de mí mismo, un espectro con bola, la viva imagen de la tumba fría. Pueden tocarme y comprobarlo, si les place. Trato de escribir hasta quedarme dormido, pero escribiendo sólo consigo estar más despierto, en una espiral de creatividad que me obliga a inventarlo todo, a crear aquello que nunca se contó en un nuevo soporte que jamás se vio.

Esta es la Crónica del primer texto plano interactivo. Una crónica que nace de la angustia, de la preocupación, de la necesidad de contar una cosa e inventar el soporte exacto que muestre los mensajes entre líneas. Porque quizá haya alguien, en algún lugar, que comprenda. Que diga: «Oiga, pero es que esto no es exactamente un texto plano».

Y, al final, funcione la interactividad.

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