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Categoría: Teorias (página 1 de 3)

Golpe de calor

No entiendo la muerte natural. Entiendo que uno se muere siempre de algo. Supongo que es más bien una descripción legal, una etiqueta, un hashtag. Escribes: #muertenatural, y te has muerto de viejo. Los humanos somos tan variados en nuestras apreciaciones que se ve que tenemos que poner etiquetas a todo para entendernos. Existe una concepción popular de lo que es la buena muerte y la mala muerte. La buena muerte sería la muerte sin dolor, la que se conoce vulgarmente por muerte natural, el acabose. La mala muerte implica morir sufriendo, pero no tiene una etiqueta general, malas muertes hay mil. Al final (al final), la muerte es un castigo para algunos, para otros un regalo, y para muchos un favor. No sé quién lo dijo, pero me parece un pensamiento muy acertado.

Morirse de algo debe ser como salir a la calle en verano, cosa que me cuesta cada día un sofoco, pero con la firme esperanza de caer rendido en una tumba fría y morar bien adentro para siempre. Por eso no me imagino vivo una temporada más de días sin sombra, todas estas tardes de sucio calor llenas de flores blancas y flores amarillas y flores rosas, yo, que enseguida me caliento y no soporto las malditas flores, venero inagotable de gusarapos de exterior y alimañas voladoras. Con las altas temperaturas y la época estival mejor marcharse invariablemente, cerrar la cuenta del bien material y fundirse en negro, que la mala muerte me lleve, oiga usted, pero con un refresco y algo de comer, si puede ser.

Anoche soñé con un muerto. Parece que el inconsciente se resiste a interpretar la realidad de cualquier manera y yo seguía sudando. Soñaba con la diáspora vacacional, que permanecía bien fresquita en sus casas, y en dejar mi cuerpo expuesto al acelerador constante de la interacción gravitacional, justo en lo alto de un promontorio, bien lejos de las odiosas flores. Pensaba también en la Ley de la probabilidad: morirse allí resultaría igual al número de formas en que un evento fatal pudiera ocurrir, dividido por el número total de posibles eventos. Qué cosas. Y entonces apareció, Mariano Medina, los sueños resultan impredecibles, el primer hombre del tiempo de la historia de la televisión y, sin duda alguna, el más popular, El Rey, a través del más allá de los sueños, como si desde 1994 hasta hoy aún le quedaran cosas por decir y a mí me reservara lo obvio. Dijo: Quien no se entrega no es consciente de su falta de previsión. Y luego: En julio y en agosto hará un sol de justicia, pero por San Ambrosio, amigo mío, hará un calor de espanto.

No, dije yo. ¡No!, grité yo. Y ahí me desperté. Y, muy a mi pesar, aquí estoy ahora, sentado en la cama, sudando. Al parecer todo el discurso precedente no es un discurso sino una rara reflexión, un bisbiseo entre dientes. No tengo idea del tiempo que llevo con esta rara reflexión pero sí de que mi mujer, al otro lado de la cama, me observa largamente. Es curioso que aún mantenga la calma, con este calor. Saco fuerzas de flaqueza y la miro a los ojos. Está claro que algo me va a decir. Voy buscando una respuesta.

—Tú no estás bien, Amadeo.

—Claro, yo no estoy bien, qué fácil.

Lee más sobre Amadeo: Gravedad informativa

Mejor mejorar

En respuesta (tardía) a Manuel Mistral.

—¿Te lo puedes creer?

Manuel no se lo podía creer. Colgó el teléfono y se quedó pensando. El asunto parecía grave. Su fuente había sido muy clara en la información, la noticia no tenía vuelta de hoja, pero a estas alturas resultaba difícil de asimilar. ¡Azkona en el frenopático! Madre mía. Azkona, su Azkona, el de mejor mejorar, el escritor en minúsculas, el periodista de acción, la cara y el culo de la literatura.

Sentado bajo los tiestos del pasamanos dejó pasar la mañana. Un café, otro café, una copa, Marina tráeme las gafas, el periódico. Después de comer se vistió con el traje a rayas de los domingos y se apuró en salir a la calle y caminar sin rumbo: a corta distancia, a media distancia, a larga distancia. ¿Cuánto hacía que no caminaba? Mucho. Muchísimo. Tanto que, bajo la nueva perspectiva, el mundo parecía cambiado, un lugar absurdo y desolador. Lentamente dejó atrás el Ministerio del Tiento; la Oficina de Intereses; el Servicio de Revelaciones; la Delegación de Parcialidad; el Negociado de Equilibrios; las agencias de Desinformación (la grande, la mediana, la pequeña), dejó atrás el fulgor vespertino de los empleados y las bolsas de plástico con logotipo de supermercado de los liberados sindicales. Y cuando no pudo más, se paró. Tenía que comprobar la noticia con sus propios ojos. Al fin y al cabo, Alejandro Azkona había sido su alumno, un alumno iluminado, pero un alumno.

De visita en el frenopático, seguía cansado. Caminar no era un ejercicio, era una tortura. Mejor no demorar nunca las cosas, mejor viajar de pasajero en un automóvil, como siempre. Y mientras esperaba frente al departamento de formulismos, pensó que la palabra iluminado tampoco era la palabra más adecuada para definir a un alumno, al contrario, Azkona siempre había seguido sus consejos al pie de la letra, de forma tan estricta que, quizás, el error de no advertirle del temblor de los límites fuera solo suyo. Gracián decía que la costumbre disminuye la admiración, y una mediana novedad suele vencer a la mayor eminencia envejecida. Eso, en Azkona, no se cumplió.

Firmó el libro de registro, aceptó las normas burocráticas del centro y una enfermera lo condujo hasta una pequeña habitación de paredes acolchadas y escaso mobiliario (una mesa, una silla, un diván) situado en la parte de atrás de la clínica, junto a los jardines, o junto al jardín, pues la ventana era pequeñita y las rejas apenas dejaban entrever unos árboles, o unos arbustos, y al fondo otro pequeño pabellón, esta vez sin ventanas. Manuel se sentó en la silla con la vista fija en la entrada. Al rato la puerta se abrió y apareció Azkona. Detrás, una enfermera, la misma que le hizo firmar en el registro, que le explicó las condiciones y que lo condujo hasta allí, les dijo buenas tardes, pidió perdón por el retraso y se sentó junto a la puerta con un libro entre las manos, preparada y lista ante cualquier eventualidad.

Manuel fue el primero en hablar, Azkona no tuvo tiempo ni de recostarse en el diván. Preguntó:

—¿Qué haces aquí?

—¿Qué haces aquí?

—Venir a verte, una visita siempre es de agradecer, supongo.

—Venir a verme, una visita siempre es de aborrecer, supongo.

Azkona no controlaba el sentido de la vista. Miraba en todas direcciones menos en una, la de Manuel, que a su vez subía y bajaba la cabeza, como queriendo atrapar un trozo de mirada o un golpe de vista o un mínimo de atención, pero en vano, el alumno de la mente brillante era ahora un cuerpo en trance de inconexión. Manuel insistió:

—Que qué haces aquí, coño.

—El frenopático es un lugar donde vivir. A la gente como tú puede parecerle un lugar difícil, pero para los que venimos de la luna de Valencia es el lugar idóneo donde encontrar la paz de la estratosfera. Mi estratosfera una esfera interior y una esfera de mierda.

—Definitivamente te has vuelto loco. Y no digas que no te avisé.

—Sí que me avisaste. Me avisaste. No escribas infamias, no redactes sucesos, no defiendas lo indefendible, no siembres cadáveres, no mates gallinas.

—Porque siempre lo sospeché. Cuando una persona tiende a operar con una grandiosa conducta, con una actitud pretenciosa, con un apetito insaciable y una tendencia al sadismo literario, solo hay que sumar. Dos y dos son cuatro, Azkona. Tu falta de temor era probablemente tu mayor temor. Resultaba difícil pensar en ti como si fueras un vehículo de alta velocidad con los frenos inmaculados.

—Yo no soy ningún demente, Manuel, yo soy el iluminado que va a escribir una novela para estampártela en la cara, una narración en prosa que cuente una grandiosa historia de ficción con un desarrollo inverosímil en cuanto al argumento y los personajes, o no, fíjate, mucho mejor, atento, yo voy a escribir un libro de cuentos, eso es, un libro de cuentos, yo voy a rizar el rizo de los libros de cuentos, con el dedo índice trazaré una graciosa espiral sobre mi coronilla, logrando en el acto un rizo espectacular y con posterioridad un enredo o nudo, que no es más que un libro de cuentos, varias historias de ficción con un reducido número de personajes, unas intrigas poco desarrolladas, unos clímax, unos desenlaces finales, unos comentarios o cosas que se dicen y que no se ajustan a la realidad, algo que se inventa con el propósito de causar admiración o envidia, una puta mierda de las letras, cierto, pero un libro de cuentos, un libro flaco, somero y fácil de arrojar en un cubo lleno.

—Madre mía, estás fatal.

—Yo no estoy fatal, solo soy un redactor absorbido en sí mismo, sin conciencia ni sentimiento alguno hacia los demás y para quien las reglas sociales no tienen ningún significado. No estoy fatal, todo el mundo conoce o está rodeado de personas absurdas sin siquiera saberlo. De ahí que existan los malos y en su defecto los buenos, como tú, o como yo.

—Pues a mí tus palabras me traen a la mente imágenes de individuos sádicamente violentos como Ted Bundy, Charles Manson, Robledo Puch, Albert Fish o la señorita Erzsébet Báthory, obsesionada por la belleza y por mantener la juventud. Creo que los rasgos característicos que te definen están muy claros y que los dementes cubren en realidad un segmento mucho más amplio de personas de lo que la mayoría de nosotros podría llegar a imaginar.

Azkona se quedó callado. Manuel nunca supo si por rabia o por deferencia o simplemente (simplemente) por casualidad. Si alguna vez dejó de ser un maestro estricto, resultaba inútil volver sobre lo que había sido y no era ya.

—Y qué, ¿también vas a escribir aquí?

—Ya te he dicho que sí, voy a rizar el rizo ricísimo.

—Ya. ¿Y seguirás con el blog? Los blogs están muertos, luego no digas que tampoco te avisé.

—Resulta difícil convencer a los charlies de que escribir en un blog es hacer algo, así que miento y digo que estoy todo el tiempo escribiendo una novela, que al menos se parece a algo. Pero a escondidas tú y yo ya sabemos que voy a escribir un puto libro de cuentos, un libro cuentísimo, o no, joder, espera, lo que voy a retomar es el plan principal y volverme a la novela, que la gente rara sea mi gente: Salinger, Gaddis, Pynchon, McCarthy.  Y ver pasar el tiempo, y sumar unos textos de interior, y reinventar los microtextos macro.

—Eso ya lo escribiste, no sé si te habrás dado cuenta…

—¿Insistes en el antefuturo, Mistral? ¿Otra vez?

La situación le resultaba incómoda. Manuel ya había comprobado la noticia con sus propios ojos y tenía suficiente material como para escribir de seguido una crónica periodística. Si tuviera que escribir una crónica periodística, que tampoco era el caso. No lograba acertar con la formulación del problema, y formular correctamente el problema era más importante que llegar a su resolución. Tenía que marcharse, pensar de lejos, meditar bajo los tiestos del pasamanos supondría la suficiente distancia. Se incorporó, movimiento que llamó la atención de la enfermera, y puso cara de despedida: los ojos entrecerrados, los hombros entretallados, las manos en los bolsillos. Pero justo en ese momento, Azkona lo agarró del brazo.

—Por cierto, dime quién te avisó. Alguien se fue de la lengua, joder.

—Nadie

—¿Quién te avisó?

—Nadie

—¿Quién te avisó?

—Nadie.

Manuel tiró con todo el cuerpo y se alejó unos pasos hacía atrás. Cuatro pasos y un bucle nuevo. Mentir no era su cualidad principal.

—¿Quién te avisó?

—Germán.

—¿Germán…?

Germán. Soltó la noticia y al instante notó cómo el arrepentimiento le subía desde los pies y ya le cubría por la cintura. Entonces trató de pensar en Charles Finney. Charles Finney. Charles Finney. Charles Finney. Cuando el arrepentimiento es genuino, la disposición para volver a pecar desaparece. Azkona, por supuesto, seguía en su mundo.

—¿Germán Rodrigo…? Madre mía… Germán. Me olvidé.

—¿Te olvidaste?

—Me olvidé, llevo meses para llamarle, a ver si mañana tampoco, sin falta, la intención es un alimento que está riquísimo, como el jamón.

—Ese leísmo también lo escribiste…

—¿Y? Tú dile que mañana lo llamo, Mistral. Porque aquí te dejan llamar, ¿no? Y tener Internet, y disparar con temas absurdos sobre los blogs, las bitácoras, los weblogs, y pescar en las redes sociales, y subir fotos de desgracias, y alimentar el amarillismo, y hacer el cabra, porque, hacer el cabra, está bien, ¿no? Cabrearse y publicar textos roñosos… está bien, ¿no?

El silencio anunció la retirada de Manuel y amargó su precipitada marcha. Ni siquiera la enfermera, que le seguía por el pasillo a trompicones, se atrevió a decir nada. Azkona, en cambió, sonrió.

—Otro tonto. Ya somos tres.

Legiones de idiotas

La gente sigue demasiado viva, así que no uso Facebook, ni Twitter, yo tengo unos blogs: en ellos escribo, punto seguido. Un escritor es una persona que escribe. En mi caso, soy una persona que escribe y va intercalando víctimas dentro de un procesador. Mi primera víctima es el lenguaje, que, según Gracián, sirve tanto para expresar nuestros pensamientos como para disfrazarlos. Punto y aparte.

Mi segunda víctima suele ser toda una autoridad: el lector. Tengo presente que sus brazos y sus piernas son la primera mitad de unas comillas de pico, dos puntos, se mantiene a la espera. En esa posición le sientan muy mal los pretextos, pero no me preocupa, total, un lector no escribe, y si escribe, no va dejando víctimas por ahí.

Una vez tuve un CEO —un primer ejecutivo; es decir, un jefe—. Cada vez que le presentaba una idea, gruñía: «No tenemos un monopolio, tenemos cuota de mercado. Hay diferencia». Desde entonces guardo una sospecha interior: lo que se entiende por el máximo de una función quizá sea simplemente la careta de un cargo de mierda, puntos suspensivos.

Es la invasión de los necios, Umberto Eco ya lo avisó. Las redes sociales han generado una invasión de imbéciles que permiten hablar a legiones de idiotas que antes hablaban en el bar después de colocarse y ahora tienen el mismo derecho a opinar que su eminencia más próxima.

Ah, que ustedes no. ¡Milagro!

(Segunda mitad de unas comillas de pico. Mi mitad una mitad de viento metal, con su vibración y su flujo de aire.) (Punto final.)

Partir

Va pasando el tiempo, voy lanzando frases significantes, la cadencia calmosa: escribir es partir, mejor no saber, aficiones hay mil, submarinismo no, sirenismo. Las letras son pliegos de cordel y yo el muerto que se agarra a vivir, un vivo de médico forense, como los libros de expurgo o el escritor en minúsculas.

Quiero combatir, pero no encuentro argumentos. F. tratando de evitar las lecturas agradables pero ligeritas, esas historietas con bichitos que toman vida y aspectos fantasiosos que no aportan nada. Hay que alejarse de todo aquello que no aporte nada. F. revelando que ha leído el exuberante párrafo inicial en el homenaje a Orsai y ha renunciado a enviar un texto suyo, pues resultan confusos, asimétricos, estridentes, desordenados. Qué quiere decir, no explica esta parte. ¿Leer es ahora una secuencia lineal? ¿Se suceden las pandemias entre pausas de minutos? G. asegurando que en Corea del Norte un misil le ha sacado la lengua al Tío Sam, que los iraníes traman algo, que el Frente Polisario avanza hacia el Sáhara Occidental, que un informe muestra gente vomitando en Haití. Rara vez me sentí tan informado. H. dimitiendo de su condición de escritor: a veces escribe, eso es todo. No es escritor quien escribe, sino quien no puede dejar de escribir. Tampoco es su caso; puede, perfectamente.

La vida real presenta una realidad muy triste. Mejor caer en un ejercicio de imaginación, recurrir al silencio editorial y a la vida furtiva, permanecer invisible. Que la gente rara sea mi gente: Salinger, Gaddis, Pynchon, McCarthy. Ver pasar el tiempo, lanzar cuatro o cinco libros significantes, sumar unos textos de interior, reinventar los microtextos macro.

Y, mientras tanto, ni mu.

Pasajero K

Empezar diciendo algo: los editores aseguran que sobra y se tira papel. Tener en cuenta que hay un mostrenco al otro lado, el lector. Afinar. Los editores aseguran que sobra y se tira papel, pero que no están preocupados, la buena literatura abunda. Valorar la superposición de un «oiga». La buena literatura abunda, oiga. Sí, sí, mucho mejor.

Un editor de libros es una especie de persona. Su lenguaje es la sinopsis y su adjetivo el calificativo. Dentro de sus complicados mecanismos, Pasajero K, el libro de Adolfo García Ortega, forma parte de un rotor en la sección de Novela intelectual. Que qué pereza, dirá usted. Bueno, tampoco. Pasajero K es una novela intelectual pero no hay rastro de ningún pérfido existencialista, cuestión más que trascendente, se mire por donde se mire. Porque la vida puede ser una mierda, efectivamente, pero es una porquería que se pega a la ropa o a otra cosa, no suele pararse a reflexionar.

Por eso me gusta que Adolfo se mueva. Se mueve tanto que nos tiene todo el día de viaje, pero en tren, Europa es su territorio, y mientras avanza va ganando en emoción, hasta que estalla, entonces la novela se convierte en una suerte de liberación: el origen, la razón, el dolor, la violencia, la miseria humana, todo está relacionado, aunque sea duro reconocerlo, aunque sea más fácil mirar hacia otro lado. Adolfo García Ortega ha construido una frenética novela de trenes y acontecimientos —los grandes expresos de antaño frente a los trenes de alta velocidad que ajustan el movimiento a los tiempos de ganancia—, agarrándola del mismo modo con que otros aprietan el mango de un puñal en sentido descendente, pero sin empujar, todo muy digno, Europa sigue siendo un lugar desolado en el que los horrores de la guerra balcánica de finales del siglo XX permanecen a flor de piel.

Uno puede asomarse al mundo muy enfadado y rebelarse contundentemente contra el Sistema a golpe de clic, o puede dedicarle tiempo al asunto y escribir un libro, como Adolfo, que además de traductor crítico articulista es un escritor con talento y buen gusto y seguramente las retinas desgastadas y las muñecas rotas. El resultado es excepcional, aunque a mí no me guste el título, lo siento. Tampoco me ilusionan los nombres de los personajes, voy a decirlo: Fernando K. Balmori, un viejo director de cine; Sidonie, la joven periodista. Pero la novela es cojonuda. En serio, está para comerse a besos al autor. Puede incluso que usted le encuentre un sentido emocional al título, conecte con el nombre de los personajes, no sea un raro ni tenga algún pariente reseñista, o peor, filólogo procesal, para quien todo es demasiado obvio o difícil de entrever, y entonces, el abanico es grande, Pasajero K sea uno de sus libros del año. Avisado queda.

Terminar con una cita: En resumen, leer es buscar. Rubricar: Leer a los mismos siempre, sobre todo si vienen de fuera, es muy pesado. Lea también a otros. Gente de dentro, sí. Adolfo García Ortega da en el clavo con Pasajero K, pero resulta que tiene más libros: Café Hugo, Lobo, El comprador de aniversarios, Autómata. Luego, si se autoexige más nombres, haga como yo, averigüe, los buenos abundan: Joaquín Berges, Pedro Ugarte, Luisa Etxenike, Alejandro Gándara, Patricio Pron, Eduardo Halfón, Xavi Ayén, Sergi Pàmies, Clara Usón… ¡Podría estar todo el día!

Podría, pero no lo voy a hacer, oiga, espabile también usted.

Artículo publicado en Un libro al día el 03/10/2015

RAE polizei

—Buenas tardes, caballero.
—Buenas tardes, cabo.
—Sargento literario, si no le importa.
—Claro, cabo, lo que diga su sargento.
—Documentación.
—Lo siento, no tengo redes sociales. Sé que siguen ahí, pero no contribuyo. Cuando quiero saber algo de alguien (Francesc Bon, Patricia Millán, Mónica Basterrechea, Santiago Pérez, incluso de Mortuenga), verá usted: yo practico la visita digital.
—No me cuente milongas, caballero, escuche con atención: el permiso de conducción de letras, el permiso de circulación de frases, la tarjeta de características narrativas, el informe favorable de la Inspección literaria…
—¡Ah! Pues menos mal porque no tengo seguro reseñista…
—¿Que usted escribe sin seguro?
—Precisamente es lo que trato de evitar, los seguros, la gente se asegura enseguida, oiga, o peor, previenen las consecuencias desfavorables de un riesgo y luego se quedan pensando.
—Claro, y usted escribe sin pensar
—No, no, mi grandeza también es de pensar. Los días que me viene.

Sobre la existencia de Hernán Casciari

Un gordo antes era un gordo y una persona normal, pero ahora un gordo termina siempre en Hernán Casciari. Hernán Casciari es un término y además un actor. Cuando Hernán sale al porche, piensa que está en La Pampa. Muchos empiezan a  sospechar que allí lo que planta son plantas, la mayoría procedentes del sur de Asia y del subcontinente Indio: Afganistán, Pakistán, India, Tíbet, Nepal, entre otros países. Estas plantas son compactas y fuertes, con cogollos densos, pesados y fragantes que tienden a crecer en racimos.

Por esta y otras razones existen dudas sobre la existencia formal de Hernán Casciari. Muchos lo sitúan al este del oeste, entre dos aguas, presto y repuesto, que si está que si no. El hecho es que a veces está. Como prueba, Jorgito, textista infrarrealista, aporta al texto un cojón. Craso, error literario, aporta la parte contratante de la primera parte y el otro cojón.

En este punto, avivados por la rapidez del texto corto, la última renta por cobrar es la de la revista Orsai. Orsai es un merlot extinto y además un contenedor. En su interior contiene una morsa. La morsa es una especie de mamífero pinnípedo semiacuático de gran tamaño que habita en los mares árticos. Existen tres subespecies: la morsa del Atlántico, la del Pacífico y la del mar de Láptev.

Hernán Casciari puede ser un gordo, pero está claro que no es una morsa. Si lo fuera sería una morsa antártica, una especie de raroespecie de piel muy gruesa y colmillos que alcanzan el metro de longitud. Yo, en el supuesto caso, estaría bien muerto. Les informo casi al final por si luego termino y nadie me encuentra. No es bueno confiar. Resulta que esta vida no es vida, es más bien venta.

Foto: Esteban Chinchilla 

Fin

En realidad yo empecé como agente, y abrí este blog para recabar los comentarios de unos cuantos escritores que admiraba, hasta el 22 de abril, cuando Karina Ocampo comentó y culminé la operación. Francesc Bon, Alejandro (TheVilla), Germán Rodrigo, Talita Traveler, Selestar Selene, Horacio Aragona, Ronny Estrella y Karina Ocampo. ¡Los buenos!

Ahora que soy consignatario puedo cerrar el blog, terminar de escribir un libro de cuentos y publicar cuatro grandes novelas en Anagrama, tapa gris.

Aviso, en especial a Silvia Sesé.

 

Simpleza

Charles Ingalls, cuando emprendía una labor social en su casa de la pradera (promocionar el punto y coma, por ejemplo) lo hacía con amor y solidaridad. No es mi caso. A mí un signo de puntuación que conste de una coma con un punto sobre ésta me produce escalofríos. No tanto el punto, o la coma, que representan una pausa mayor, o menor, y son de una limpieza y sentido irreprochables. Un punto y coma es un vacío; requiere de una pericia inalcanzable en la consecución de un texto; demanda el cómputo exacto de cada instante de mutismo; su uso no está claro, es sospechoso.

Yo soy más de los adverbios, adoro su invariabilidad. También me chiflan las formas pasivas. Allí donde el sujeto recibe la acción del verbo y el complemento agente la realiza, yo veo un buen trabajo. Digamos que me gusta jugar, pero no soy ingeniero. Conviene aclararlo. No vaya a ser que me despiste una mañana y me lleguen todos los crucigramas y autodefinidos que fue imposible resolver. Mi verdadera ilusión son los arroyos panditos. En ellos soy firme, como rulo de estatua.

Ocurrencias

salgoSuelo entrar mal en los posts y encima a la larga soy un cargante, así que voy a opinar sobre las ocurrencias y luego voy a salir corriendo como un cobarde, aunque no lo soy.

Qué aburrido ir siempre al grano. Qué aburrido estar siempre con la precisión. Parece que molesta que un libro sea un libro. Debería llamarse informe y desgranar en orden las últimas noticias del interior. Qué, cómo, cuándo, dónde, porqué y mucho ojito con el porqué, no vayamos a tener una ocurrencia y rompamos el delgado hilillo de la atención del lector.

El lector. Esa persona ávida.

Así que el problema aquí es de concepto. Y en penúltimo término de preferencias. Y al final de tirar de tópicos, que no son más que ocurrencias.

Mi madre, un círculo.

Me preparo y… ¡salgo!

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