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Categoría: Vida privada

Legiones de idiotas

La gente sigue demasiado viva, así que no uso Facebook, ni Twitter, yo tengo unos blogs: en ellos escribo, punto seguido. Un escritor es una persona que escribe. En mi caso, soy una persona que escribe y va intercalando víctimas dentro de un procesador. Mi primera víctima es el lenguaje, que, según Gracián, sirve tanto para expresar nuestros pensamientos como para disfrazarlos. Punto y aparte.

Mi segunda víctima suele ser toda una autoridad: el lector. Tengo presente que sus brazos y sus piernas son la primera mitad de unas comillas de pico, dos puntos, se mantiene a la espera. En esa posición le sientan muy mal los pretextos, pero no me preocupa, total, un lector no escribe, y si escribe, no va dejando víctimas por ahí.

Una vez tuve un CEO —un primer ejecutivo; es decir, un jefe—. Cada vez que le presentaba una idea, gruñía: «No tenemos un monopolio, tenemos cuota de mercado. Hay diferencia». Desde entonces guardo una sospecha interior: lo que se entiende por el máximo de una función quizá sea simplemente la careta de un cargo de mierda, puntos suspensivos.

Es la invasión de los necios, Umberto Eco ya lo avisó. Las redes sociales han generado una invasión de imbéciles que permiten hablar a legiones de idiotas que antes hablaban en el bar después de colocarse y ahora tienen el mismo derecho a opinar que su eminencia más próxima.

Ah, que ustedes no. ¡Milagro!

(Segunda mitad de unas comillas de pico. Mi mitad una mitad de viento metal, con su vibración y su flujo de aire.) (Punto final.)

Vascopress

El 15 de julio cerró la agencia Vascopress. Siempre imaginé que volvería a la redacción una mañana, que escribiría noticias y que mi segunda primera noticia sucedería así:

—Tú eres periodista, ¿no?
—Licenciado en Ciencias Sociales y de la Información. Luego ya, al yo salir, lo cambiaron a Ciencias Sociales y de la Comunicación.
—Periodista.
—Efectivamente.
—Periodista de los que son unos listos.
—Hombre…
—De los que se pasan la vida opinando, pero que no saben de nada.
—…
—De los que avanzan bien recto aunque toque una curva.
—…
—Pues no se hable más, eres mi hombre. Escribe: «Tenemos abajo a la Brigada Quinta de Estupefacientes».
—¿A la Quinta?
—Abajo. Uno en el R11 azul, el de los pies en el salpicadero, y aquel mostrenco que viene por allí se va a meter en el Supercinco verde. ¿Te lo puedes creer? ¡Verde!
—Hombre, respetables sí parecen, pero de la Quinta no creo.
—De la Quinta, el del R11 ha entrado antes en el SECUC a comprar embutidos y pan, con dos cojones.
—…
—Por un momento creí que lo que iban es a venir…
—…
—Al no venir, me quedé pensando, y lo mejor es una declaración.
—Una declaración… aquí.
—Aquí, antes de que nos reviente la Quinta.
—La Quinta no existe, oiga, transmutó. Ahora quien manda es la Unidad de Drogas y Crimen Organizado.
—…
—¿Tenemos droga?
—No, tenía un kilo y medio de speed, pero lo tiré en 1991.
—¿Lo tiró?
—Me estuve quitando y lo tiré.
—Lo tiró.
—Lo tiré.
—En 1991.
—Ayer mismo.
—…
—Por eso, como fue casi ayer, no se si hoy…
—…
—…
—Hombre, si la noticia es de ayer, no sé si yo…
—Claro, para una agencia no, pero, oye, tú también eres locutor.
—Ya, pero la mía es una radio comercial, y en 2015 las noticias se pagan, todo el mundo lo sabe.
—Uy, majo, pues espérate a la Quinta, nos van a joder.

Foto: Vicente Almazán

Fin

En realidad yo empecé como agente, y abrí este blog para recabar los comentarios de unos cuantos escritores que admiraba, hasta el 22 de abril, cuando Karina Ocampo comentó y culminé la operación. Francesc Bon, Alejandro (TheVilla), Germán Rodrigo, Talita Traveler, Selestar Selene, Horacio Aragona, Ronny Estrella y Karina Ocampo. ¡Los buenos!

Ahora que soy consignatario puedo cerrar el blog, terminar de escribir un libro de cuentos y publicar cuatro grandes novelas en Anagrama, tapa gris.

Aviso, en especial a Silvia Sesé.

 

Simpleza

Charles Ingalls, cuando emprendía una labor social en su casa de la pradera (promocionar el punto y coma, por ejemplo) lo hacía con amor y solidaridad. No es mi caso. A mí un signo de puntuación que conste de una coma con un punto sobre ésta me produce escalofríos. No tanto el punto, o la coma, que representan una pausa mayor, o menor, y son de una limpieza y sentido irreprochables. Un punto y coma es un vacío; requiere de una pericia inalcanzable en la consecución de un texto; demanda el cómputo exacto de cada instante de mutismo; su uso no está claro, es sospechoso.

Yo soy más de los adverbios, adoro su invariabilidad. También me chiflan las formas pasivas. Allí donde el sujeto recibe la acción del verbo y el complemento agente la realiza, yo veo un buen trabajo. Digamos que me gusta jugar, pero no soy ingeniero. Conviene aclararlo. No vaya a ser que me despiste una mañana y me lleguen todos los crucigramas y autodefinidos que fue imposible resolver. Mi verdadera ilusión son los arroyos panditos. En ellos soy firme, como rulo de estatua.

Imposible llamarme Begoña

imposible

Una vez con 15 años gané el concurso literario de una organización de consumidores, pero me asoló una extraña desgracia y el premio recayó en otra persona. Cuando recibí la publicación de los textos premiados y vi mi cuento allí, fui a reclamar. Llegué corriendo y dije: «Este no soy yo». «Quién», preguntó una oficinista. «Este, el de la foto, como verá yo tengo pelusilla en el bigote, soy chico. Veo imposible llamarme Begoña».

Al principio la oficinista primera no quiso entender. Luego alguien habló de un error en las plicas. ¿Las plicas? Los sobres cerrados. Ah. Y se organizó una reunión entre las partes. ¿Las partes? Los implicados. Ah. Acudimos una Begoña, un padre, la oficinista primera con su segunda, y yo. Fue una reunión corta. Dijo el padre: «Qué quieres, ¿el dinero?» Dije yo: «Uy, el dinero, yo vengo a salvar mi nombre». Y entonces me dieron una escultura de Paco Labiano.

En el pasado existían cosas como el honor y la elegancia y la gente defendía su nombre y no iba en contra sino a favor.

Ahora igual agarro el dinero y no me ven más.

Carta del lehendakari

Ayer el lehendakari Urkullu me mandó un ertzaina con un sobre blanco de 30 x 39 cm y el membrete de la Lehendakaritza. Antes llamaba por teléfono, pero desde que vivo en Zaragoza nuestra única relación es la oficial. Por eso no he abierto hasta esta mañana. He abierto la puerta, he abrazado con fuerza al ertzaina, él me ha hecho entrega solemne del sobre, yo le he vuelto a abrazar y luego con mucha tristeza y rostro de resignación he vuelto a cerrar. Ser vasco tiene sus normas. Habito más allá del límite exterior y aquí Pipirigaña, la bruja mala y el tío Gurrumino son mis enemigos. Debo estar siempre alerta pero sin que se note. Vivir en plena alarma de normalidad.

Así que ahora, en la soledad de mi hogar exterior, aún con algo de emoción, procedo a abrir el sobre. Hay una carta. Traduzco.

«Lagun agurgarria». Cuando dice amigo se refiere a mí, estimado no sé, pero amigo… de siempre. «Se cumplen cuatro años de ausencias» (madre mía, esta frase en euskera es una preciosidad). «Por encima de las condiciones de vida de las personas, de favorecer su desarrollo humano y de garantizar unos servicios públicos de calidad, mantener el contacto contigo ha sido el amanecer y el anochecer de este Gobierno. Todas las instituciones vascas sin excepción nos hemos comprometido a garantizar unas condiciones de vida esenciales para ti en el exterior. Este compromiso institucional, junto a un entramado social y familiar sólido, con valores, ha sido la clave de bóveda para mantener a la sociedad cohesionada».

«Con todo, el año pasado Euskadi se sumió en la recesión y el Gobierno tuvo que gestionar unas cuentas prorrogadas muy ajustadas. Asumimos el reto, pero ahora disponemos de 600 millones de euros menos que hace dos años. Ante esta difícil situación, ¿qué podíamos hacer? Pues tres cosas: aplicar una gran disciplina en la gestión, garantizar los servicios esenciales y abrir un nuevo futuro económico en nuestra relación contigo. Por eso te escribo. No siempre no hay. Si dices que no tienes, este Gobierno hurga. Y al hurgar, a veces, encuentra pequeñas cosas no declaradas. Un txistu de lujo, un tamboríl a juego, acciones de la Sociedad Bilbaina, acciones del Jolaseta, el libro Winston del tenis, un laburu de plata, una pluma de oro, un kaiku oficial, varias reproducciones numeradas de Oteiza, la primera plancha del Gaur Express (firmada por Carlos Garaikoetxea, ojo) … »

No puedo seguir. Junto a la carta viene otro sobre blanco con el distintivo negro de la Hacienda Foral. Estoy indignado. Mañana mismo me planto en la autopista, eh, pido el ticket, conduzco hasta la Lehendakaritza, entrego el ticket, me lo abonan en efectivo, eh, pregunto por el lehendakari, camino hasta su despacho, entro y le digo en euskera: Basta de muestras de cariño, Iñigo. La Mari, el cuento de la lechera y las cuentas de la vieja forman un binomio (?) que queda muuuuuy mal. Te aviso.

Últimas noticias

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Cuenta Ignacio Echevarría en Bolaño extraterritorial: «Durante los años de aislamiento de Bolaño en Blanes hay que suponer que acumularía la energía formidable que despliega a partir de 1994». Y por si fuera poco, Enrique Vila-Matas, en Archivo Bolaño 1977-2003, explica: «A la energía que iba acumulando habría que añadir probablemente la felicidad de no ser nadie y al mismo tiempo ser alguien que escribía. A veces, el tiempo de silencio es el paraíso de los escritores».

 

Sobre saltos mortales

Mi afición por los saltos mortales comienza con un Lib en el armario de arriba de un mueble puente. Mujeres desnudas y microrrelatos, casi siempre de terror. Un terror que da cierto gustito. Del Lib salto al Globos y del Globos a las Cartas privadas de Pen, una publicación con pocas fotografías y mucho texto. Los microrrelatos ya no son de terror, en su lugar cuentan historias cotidianas.

El salto mortal a la literatura empírica me lleva hasta Jerry West. La saga de Los Hollister no resulta una experiencia del todo agradable, así que decido volverme (o revolverme, según se mire), y en el salto de vuelta recaigo en las novelas «pulp» de los 70 y los 80. Novelas del espacio, casi siempre. Elliot Dooley y Joseph Berna, sobre todo.

Hasta 1987 no realizo nuevos saltos relevantes, un año en el que Seve Calleja daba clases de instituto y, casualmente, al fondo de una de sus clases aparecí yo. Durante el curso aprendo técnica y táctica sobre saltos mortales; tras algunas prácticas, ejecuto mi primer doble salto dentro de control: El último verano Miwok, de Jordi Sierra i Fabra, y La noche del viajero errante, de Joan Manuel Gisbert.

Por increíble que parezca, en los libros no hay siempre mujeres desnudas que te dan conversación mientras viajas muy despacio por Andrómeda, o por el Círculo exterior. Al contrario, la imaginación tiene un papel determinante, pero quien domina es el lenguaje, y dentro del lenguaje, la corrección, o mejor dicho, el equilibrio.

Por eso ahora salto muy serio. Busco la excelencia en la competición. Mis mejores marcas, si les interesa, tienen lugar con dos tríos de cuatro: Tabucchi, Ugarte, Barnes, DeLillo, en los días buenos, y Bolaño, Vila-Matas, Blastein, Monzó, si ando travieso. ¿Que no se lo creen? Bueno. Tampoco existen reglas inmutables para los saltos mortales porque siempre hay alguien que no quiere ver. Todo el mundo lo sabe.

Crónica del primer texto plano interactivo

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Me preocupa la gente. No todo el mundo, claro, eso implicaría una dispersión de esfuerzos difícil de asumir, lo mío es el desvelo individual continuado: hoy me preocupo de fulano, unas horas, por la mañana, quizá por la tarde también; mañana de mengano, un rato, hasta que se encuentra mejor y sopeso la renuncia, así voy. Rara vez la preocupación dura más de un día. Es una angustia que vive a salto de mata. Aunque en ocasiones mi desasosiego deriva en insomnio, dando rodeos sobre el mismo individuo durante semanas, incluso meses. Me pasa con Arturo, por ejemplo. Anoche no pude dormir y hoy marcho por el mundo siendo un vano fantasma de mí mismo, un espectro con bola, una visión.

Arturo es presidente en Catalonia, bloque C, muy cerca de Sant Fruitós de Bages. Además de Arturo, en Catalonia conviven dieciséis familias, repartidas en cuatro edificios de seis alturas: el bloque 1, el 2, el C y el 4. Cuentan, además, con ninguna piscina, un amplio aparcamiento y nueve mil metros cuadrados de jardines. Todo muy tranquilo, excepto en verano. Los promotores de Catalonia no pensaron en la temporada de baño, está claro, pero sí insistieron mucho en la necesidad de identificar el bloque 3 de una forma diferente y lo registraron como C, y no 3, una idea no correlativa, una falta de costumbres.

Durante años, la comunidad funcionó. Los vecinos de C vivieron su singularidad tomando las decisiones importantes, mientras los vecinos de 1, 2 y 4 asumían un estatus adyacente. Hasta el mes pasado, que todo cambió. Sin avisar, los vecinos de 1, 2 y 4 denunciaron en portería la poca inversión y la desidia vecinal de C, mientras en C culpaban del desastre a la situación económica comarcal y, sobre todo, a la insolidaridad de 1, 2 y 4. Tal fue el desastre que Arturo, como presidente, se vió obligado a intervenir. Dijo: «Señores, la singularidad de C, avalada por su carácter histórico, nos otorga el derecho a decidir».

Y aquí me tienen: preocupado por la C de Catalonia, en Sant Fruitós. Preocupado sobre todo por Arturo, que intervino para hablar, aunque parezca increíble. Desde entonces no duerme. Cada noche, Arturo levita, flota en el mar de los insomnes. Muy en el fondo, a lo que aspira —cuentan— es a reconducir la situación, a que pase el tiempo y vuelvan las lluvias, a encontrar ese momento exacto en el que revertir la singularidad sea cuestión de silencios, no de palabras.

Y si Arturo no duerme, ya me ven, yo soy un vano fantasma de mí mismo, un espectro con bola, la viva imagen de la tumba fría. Pueden tocarme y comprobarlo, si les place. Trato de escribir hasta quedarme dormido, pero escribiendo sólo consigo estar más despierto, en una espiral de creatividad que me obliga a inventarlo todo, a crear aquello que nunca se contó en un nuevo soporte que jamás se vio.

Esta es la Crónica del primer texto plano interactivo. Una crónica que nace de la angustia, de la preocupación, de la necesidad de contar una cosa e inventar el soporte exacto que muestre los mensajes entre líneas. Porque quizá haya alguien, en algún lugar, que comprenda. Que diga: «Oiga, pero es que esto no es exactamente un texto plano».

Y, al final, funcione la interactividad.

Viaje al centro centrísimo

Verá usted, yo escribía siempre, lo mío era la palabra escrita, caligrafiaba el mundo como si fuera un interminable texto literario y no dejaba nada al azar: naturalidad, técnica, estilo y visión del mundo, es decir, vivía condenado a fijarme en todo, era depositario y agente de todas las grandes misiones de las letras, la cara y el culo de la literatura.

Digamos que yo era un enfermo, que sufría una grave infección de conocimiento, podría decirse, aunque yo me veía más bien como un tipo con un instinto estilístico y una ideología estética, que son conceptos difíciles de definir, lo reconozco, pero muy convenientes en la lucha de un escritor con sus propias limitaciones. Al final, aquella actitud definía un viaje, un trayecto vital en una sola dirección: el centro. Estoy seguro de que no habría podido escribir ni una sola línea sin, previamente, tener claro ese objetivo, ese lugar preciso al que llegar, a fin de cuentas, todos aspiramos a ser el centro del mundo alguna vez.

Y siempre que uno viaja al centro, su cuerpo tiende a chocar con el de algún intermediario. Enseguida, sin nadie sospecharlo, aparece de la nada un editor y te confirma que sí, que vas rumbo al centro, desde luego, pero con una trayectoria que se escora peligrosamente. No debes preocuparte, en cualquier caso, él mismo si es preciso, en persona,  te conducirá bien recto al centro del centro, un lugar confortable, un centro centrísimo.

Luego, una mañana, una tarde, una noche inexacta, ese pequeño dios que es tu editor deja la mirada perdida por un instante, asciende por las sendas del dinero, remueve unos papeles, visualiza decenas de contratos, habla, con tono desvaído quizá, quizás enérgico, y, de repente, justo cuando crees haberlo escuchado todo, cuando esperas cierta complacencia, un contrato encuadernado, una loa en libro, justo en ese momento, ya ve usted, sobreviene un silencio, una pausa inequívoca, un reparo: tu viaje al centro centrísimo sufre una demora, debes hacerte a un lado en la cuneta y esperar.

Y verá usted, yo ahora espero siempre, lo mío es esperar, ya no escribo nada, ando ensimismado, como perdido. Ya ni me hago preguntas. Para qué. Lo mejor en estos casos es hacer un paquete con toda esa basura que es la literatura y aspirar a un último logro: darle una patada lo suficientemente fuerte como para verla orbitar. Quizá allá arriba se vea todo de una forma irremediablemente simple, lo suficiente para saber qué más hacer.

© 2017

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