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Café Kubista

Clases

En un caluroso y soleado día del mes de septiembre de 2016, un Zampullín chico de color pardo oscuro, la cara y el cuello castaños, la base del pico una mancha clara, vuela de un lado a otro en una calle del casco antiguo de la ciudad de Zaragoza, entre afiches y ventanas, plantas y arbolillos, subiendo y bajando en pequeños trechos, trazando ángulos romos, unas veces muy alto y con palomas a ambos lados, como en utópica formación, y otras a ras de suelo, oteando el río. Es el más pequeño de la familia de los Somormujos, y, como todos los de su especie, resulta difícil verlo fuera de un medio acuático, en el que se desplaza deslizándose por su superficie como una bola esponjosa de plumas. Vacilante, remonta desde los escollos de un fontanar, desciende luego en vuelo vertical y se detiene en la segunda planta de un bloque de apartamentos, dos pisos por encima de mi ventana. Abajo se abre una puerta y una familia sale a la calle. El padre, un hombre alto y delgado con camiseta Soviet Flag y pantalón de pinzas, lleva una mochila. La madre, con pantalón largo de rayas, chaqueta corta y ajustada y zapatos de cordones, empuja una sillita de bebé con una mano mientras sujeta un muñeco de peluche entre los dedos de la otra. El Zampullín chico y yo nos quedamos mirando.

En el alféizar del último piso una paloma asoma el pico, da media vuelta con altivez, muestra la cola elevando sus plumas —remeras primarias, timoneras—, evacúa, y, por un instante, una bola de excremento queda suspendida en el aire, inmóvil, desafiando todas las leyes de la gravitación. Puede ser cosa de la naturaleza, pero cuando se trata de tramas reales también son reales sus consecuencias, la gravedad es una fuerza instantánea que actúa a distancia y a cada empujón le corresponde un tirón. Nunca una mierda, ni siquiera en un efecto óptico de deposición, permanece suspendida en el aire más de un instante. Presurosa, enfrenta siempre una caída libre y vertical con velocidad creciente, al menos hasta que topa con un impedimento u obstáculo. En nuestro caso, la familia que, abajo, comienza a discutir sobre algún tema interior: los sesgos del calor, la dirección pertinente, el reparto equitativo del tiempo… Consumado el desastre y siendo ya víctima de la defecación, el hombre levanta la cabeza con displicencia y repara en mí. Yo compruebo con horror que se trata del vecino progresista del tercero, el peor enemigo de la revolución, el burgués que muchos revolucionarios llevan adentro. Levanto las manos y doy un paso hacia atrás. Algo tengo que decir.

—No vayamos a equivocarnos, vecino. Ya sé que no soy comunista, ni socialista, ni anarquista. No represento a esa «hermosísima» ideología que hace creer que esta infamia de mundo puede cambiar de alguna manera. Aun así le informo de que yo en este asunto no tengo nada que ver. Acabáramos.

—¡Cómo! ¿Que no has sido tú?

—No, tampoco el Zampullín chico del tercero. Mi tercero, no su tercero. Qué maravilla, oiga, tendría que haberlo visto llegar hasta aquí, tan mal volador, entre tanta gente de pie. Es posible volar sin motores, pero no sin conocimiento y habilidad.

El hombre baja la vista. Comenta con su mujer. «Tampoco el Zampullín chico, el del tercero, dice el oligarca».

—Para mí que ha sido la paloma —explico—, está en el alféizar del cuarto, ¿la ve?

La ve. El presente, obviamente, tiene una realidad propia.

—Malditas-palomas-de-los-cojones.

—Hombre, por lo menos hable usted bien, compañero. Ya no digo que trate a la gente con respeto, faltaría, pero a los animales… ¿No eran todos ustedes animalistas? ¿No? Pues trabaje por la defensa de los animales, el medio ambiente y la justicia social.

—A mi no me da lecciones ni mi padre, ¿lo entiendes? El perfecto comunista no debe vacilar ni un instante en emplear para el triunfo de la causa proletaria todos los crímenes que condena la moral capitalista. ¿Lo entiendes ahora?

Lo entiendo, me intenta tocar la moral, y la moral es la ciencia por excelencia, el arte de vivir bien y de ser dichoso, pero si se lo digo así, revienta. Mejor seguir la corriente de enunciados subversivos, encontrar por alguna parte la diversión.

—Oiga, las palomas tienen más necesidad de respeto que de pan.

—No me digas… Bienvenido entonces cualquier juicio inspirado en una base científica. Tú lo que te inventas es un enemigo comunista para aplastarme a mí, que soy el enemigo real.

—Ya. ¿Y vamos a seguir así toda la tarde? Lo digo porque llevamos así toda la vida. ¿Seguimos? ¿No? Claro que no. La plasta de paloma desagua enseguida y la inhalación de la misma en forma de polvo microscópico representa un riesgo a considerar. Fiebre, escalofríos, sudoración, mialgias, vómitos, infecciones agudas. Imposible en tal estado politizar las reuniones de la comunidad de vecinos. Piénselo.

Desde el cuarto piso, la paloma de color Isabela, con reflejos verde violáceos en el cuello y en el pecho, emite ahora un sonido raro, una especie de rumor, mientras espera a que los rayos del sol empiecen a perder fuerza y dar un vuelo muy cortito antes de acostarse, algo así como un vuelo de reconocimiento de los alrededores para cerciorarse de que no hay nuevos peligros a la vista y de que va a dormir tranquila. En la calle, el vecino, mi vecino, murmura frases indescifrables bajo la atenta mirada de su esposa, que primero le ofrece un pañuelo, pero no sirve de nada, y luego una toallita de bebé, pero tampoco sirve de nada, y al final lo devuelve a casa, en medio de una situación muy hermosa de derrota e insatisfacción. El Zampullín chico, en todos los sentidos un pájaro normal y corriente, con su silueta rechoncha, la parte posterior recta y el cuello pequeñito, observa con atención, pues no se encuentra en peligro, pero cualquier alteración de sus hábitats artificiales puede perjudicarlo. Las personas no seremos nunca un buen alimento. Mejor los invertebrados, los caracoles y los peces pequeños. Y completar la dieta con fragmentos de vegetación.

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