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Café Kubista

Crónica del primer texto plano interactivo

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Me preocupa la gente. No todo el mundo, claro, eso implicaría una dispersión de esfuerzos difícil de asumir, lo mío es el desvelo individual continuado: hoy me preocupo de fulano, unas horas, por la mañana, quizá por la tarde también; mañana de mengano, un rato, hasta que se encuentra mejor y sopeso la renuncia, así voy. Rara vez la preocupación dura más de un día. Es una angustia que vive a salto de mata. Aunque en ocasiones mi desasosiego deriva en insomnio, dando rodeos sobre el mismo individuo durante semanas, incluso meses. Me pasa con Arturo, por ejemplo. Anoche no pude dormir y hoy marcho por el mundo siendo un vano fantasma de mí mismo, un espectro con bola, una visión.

Arturo es presidente en Catalonia, bloque C, muy cerca de Sant Fruitós de Bages. Además de Arturo, en Catalonia conviven dieciséis familias, repartidas en cuatro edificios de seis alturas: el bloque 1, el 2, el C y el 4. Cuentan, además, con ninguna piscina, un amplio aparcamiento y nueve mil metros cuadrados de jardines. Todo muy tranquilo, excepto en verano. Los promotores de Catalonia no pensaron en la temporada de baño, está claro, pero sí insistieron mucho en la necesidad de identificar el bloque 3 de una forma diferente y lo registraron como C, y no 3, una idea no correlativa, una falta de costumbres.

Durante años, la comunidad funcionó. Los vecinos de C vivieron su singularidad tomando las decisiones importantes, mientras los vecinos de 1, 2 y 4 asumían un estatus adyacente. Hasta el mes pasado, que todo cambió. Sin avisar, los vecinos de 1, 2 y 4 denunciaron en portería la poca inversión y la desidia vecinal de C, mientras en C culpaban del desastre a la situación económica comarcal y, sobre todo, a la insolidaridad de 1, 2 y 4. Tal fue el desastre que Arturo, como presidente, se vió obligado a intervenir. Dijo: «Señores, la singularidad de C, avalada por su carácter histórico, nos otorga el derecho a decidir».

Y aquí me tienen: preocupado por la C de Catalonia, en Sant Fruitós. Preocupado sobre todo por Arturo, que intervino para hablar, aunque parezca increíble. Desde entonces no duerme. Cada noche, Arturo levita, flota en el mar de los insomnes. Muy en el fondo, a lo que aspira —cuentan— es a reconducir la situación, a que pase el tiempo y vuelvan las lluvias, a encontrar ese momento exacto en el que revertir la singularidad sea cuestión de silencios, no de palabras.

Y si Arturo no duerme, ya me ven, yo soy un vano fantasma de mí mismo, un espectro con bola, la viva imagen de la tumba fría. Pueden tocarme y comprobarlo, si les place. Trato de escribir hasta quedarme dormido, pero escribiendo sólo consigo estar más despierto, en una espiral de creatividad que me obliga a inventarlo todo, a crear aquello que nunca se contó en un nuevo soporte que jamás se vio.

Esta es la Crónica del primer texto plano interactivo. Una crónica que nace de la angustia, de la preocupación, de la necesidad de contar una cosa e inventar el soporte exacto que muestre los mensajes entre líneas. Porque quizá haya alguien, en algún lugar, que comprenda. Que diga: «Oiga, pero es que esto no es exactamente un texto plano».

Y, al final, funcione la interactividad.

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