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Café Kubista

Dos tríos de cuatro

Un despertar. Uno. Martín Martínez abre los ojos y se aviva en negro. De improviso, hay otro en él. Lo que fue, si hubo, se esfumó. Alguien diferente se levanta, se mira en el espejo y reacciona. Una mueca, apenas un leve parpadeo, ojos en blanco y una mano incierta que aparece en el umbral del reflejo. Martín Martínez permanece un rato al acecho y, convertido en un sospechoso de sí mismo, vuelve sobre sus pasos, se acoda en la ventana y contempla el amanecer, una sombra de tinta encendida que rueda, aún lejana, y que luego crece, y se acelera, aunque no es él quien la ve, resurge antes el peso aún pendiente de hechos, el otro, y ambos abandonan la ventana, y se sientan, y deciden pensar, ubicarse, aclarar de una vez el maldito temblor de los límites.

Comprenden que la realidad ha viajado hasta allí para reencontrar los orígenes de la ficción de Raymond Roussel y de paso recobrar un espíritu en el que la imaginación y el lenguaje desempeñan un papel determinante. Piensan que no conviene ignorar ninguna señal y que recuperar el recuerdo de Roussel debe ir acompañado del oportuno gesto de dar por iniciado un movimiento, el surrealismo fatal o el «subrealismo» o incluso el infrarrealismo, donde se aúnan diamantes gigantescos en cuyo interior nadan bailarinas; cadáveres incorruptos, merced a las encantos de la ‘resurrectina’; o aguas milagrosas en las que un gato electrizado pone voz a la calavera de Dantón.

Lo que sucede a continuación simula un carrusel de leves discordancias con la vida, pero resulta a la vez una realidad maravillosa. Martín y Martínez, pues ya no hay desajuste en la dualidad, establecen simbólicamente un punto de partida. Deciden alejarse del surrealismo clásico, ampliar las dimensiones del espacio e implantar en él una realidad disminuida, una fantasía automática. Planean un abordaje suave a  la ilógica esencia de las cosas. Y es ahí donde entra en juego Manuel Mistral. Ninguna geometría es anamórfica sin el blog de Mistral. Fundar un movimiento y manifestarse ante el mundo no muestra sentido sin la impresión de vivir en plena tempestad digital.

Manuel Mistral, según los oye entrar, ya sabe lo va a pasar. Sin alegría pero con decisión, se inclina hasta una maleta, la abre, desaparece, pasan unos segundos, dos, o tres, y de repente vuelve a aparecer. En la mano, un abanico de posibilidades. Puede que especule, tal vez solo represente un papel, quizá sea un ilusionista, pero si las visitas de Martín y de Martínez ya se amontonan sin orden alguno desde primera hora de la mañana, quizá sea el momento de publicar una entrada que no anuncie nada y, a la vez, dejarse llevar por el surrealismo fatal, impedir que su blog siga pareciendo una tasca, o un garito, ese espacio ruinoso donde la vida diaria se aleja sigilosamente, en el que las puertas encajan mal, las losetas del suelo están rotas, las paredes desconchadas, las traviesas podridas, y una especie de realidad azul verdosa flota en cada rincón.

Así que Martín pega un tajo y Martínez acaba con todo.  Martín aprieta las líneas de código y Martínez retuerce las sangrías. Mistral fulmina su nombre y escribe: André Breton. Breton reduce la memoria histórica, purga el archivo y reescribe cada post. Resurge Raymond Roussel, aparecen los maestros: Petrus Borel, Apollinaire, y juntos, ya dos tríos de cuatro, fundan el surrealismo fatal o el «subrealismo» o incluso el infrarrealismo, donde el temblor de los límites es un mapa de los abismos interiores, abrir los ojos y avivarse en negro, un despertar.

Mientras, hay una sombra de tinta que se aleja, y decrece, y se detiene frente al umbral de un reflejo. Parece que la realidad es a menudo fantástica. Solo así se pueden mostrar las constantes vitales de una mañana sin sol, o de un lunes de invierno.

Foto original: jesuscm | cc

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