Barnes, Julian

 

El hilo de este texto es una aguja. Comienza así: Una reseña es, al parecer, un espectáculo. Una masa menor u obrilla en cuyo centro se coloca algún tipo de opinión literaria o combinación de ellas y que comienza con un  «vale» entre paréntesis, aunque casi siempre se omita.

(Vale.)

Hace más o menos un año, un dos de abril, al mediodía, mientras los periódicos colombianos enviaban papel a la prensa venezolana, Montuenga (nuestra Montuenga) publicó en ULAD la reseña de un libro legendario: El Loro de Flaubert, de Julian Barnes. La novela le gustó, pero poco. Descubrió que el autor no se sometía a más criterios que los propios y eso pareció desorientarla. El loro de Flaubert resultaba una obra meritoria como experimento en su época, pero quizá fallida en parte, o al menos no tan excelente como proclaman muchas de las críticas. Segundos después, sus seguidores (los de Montuenga) dejamos por unos minutos de respirar. Acto seguido los fans de Julian Barnes lanzaron transparentes indirectas acerca de la existencia de un plan cósmico. Aquella reseña parecía de Montuenga y no lo parecía. Su falta de alegría era alarmante. ¡Rozaba lo triste! No podía ser en sí misma. Pero sí que lo era.

Por eso sus más fervientes seguidores (los de Montuenga) le debemos desde entonces un apéndice, campaña de imagen o contrarreseña. Si Montuenga tiene un día triste y se olvida de insuflar alegría a una reseña, esta se queda a vivir ya para siempre dentro del limbo de las reseñas. No estaría bien. Porque en El loro de Flaubert el autor está en su libro como Dios en su universo, presente en todas partes pero siempre invisible, y porque es la precisión la que hace su fuerza, una precisión intensiva y sonora que es musicalidad verbal, tanto en estilo como en música.

Imagínese el lector la dificultad técnica que supone escribir un cuento en el que un pájaro mal disecado y con un nombre ridículo, termina representando una tercera parte de la Trinidad, y cuya intención no es satírica, sentimental o blasfema .

Imagínese, pero con alegría. En El loro de Flaubert los críticos quieren matar a los escritores, son negligentes, parciales y prejuiciosos. Tampoco es eso. Alegría. La tristeza es un vicio.

Artículo publicado en UnLibroAlDía el 16/04/2015
Descargo de culpa: Teatro (1)