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Café Kubista

Golpe de calor

No entiendo la muerte natural. Entiendo que uno se muere siempre de algo. Supongo que es más bien una descripción legal, una etiqueta, un hashtag. Escribes: #muertenatural, y te has muerto de viejo. Los humanos somos tan variados en nuestras apreciaciones que se ve que tenemos que poner etiquetas a todo para entendernos. Existe una concepción popular de lo que es la buena muerte y la mala muerte. La buena muerte sería la muerte sin dolor, la que se conoce vulgarmente por muerte natural, el acabose. La mala muerte implica morir sufriendo, pero no tiene una etiqueta general, malas muertes hay mil. Al final (al final), la muerte es un castigo para algunos, para otros un regalo, y para muchos un favor. No sé quién lo dijo, pero me parece un pensamiento muy acertado.

Morirse de algo debe ser como salir a la calle en verano, cosa que me cuesta cada día un sofoco, pero con la firme esperanza de caer rendido en una tumba fría y morar bien adentro para siempre. Por eso no me imagino vivo una temporada más de días sin sombra, todas estas tardes de sucio calor llenas de flores blancas y flores amarillas y flores rosas, yo, que enseguida me caliento y no soporto las malditas flores, venero inagotable de gusarapos de exterior y alimañas voladoras. Con las altas temperaturas y la época estival mejor marcharse invariablemente, cerrar la cuenta del bien material y fundirse en negro, que la mala muerte me lleve, oiga usted, pero con un refresco y algo de comer, si puede ser.

Anoche soñé con un muerto. Parece que el inconsciente se resiste a interpretar la realidad de cualquier manera y yo seguía sudando. Soñaba con la diáspora vacacional, que permanecía bien fresquita en sus casas, y en dejar mi cuerpo expuesto al acelerador constante de la interacción gravitacional, justo en lo alto de un promontorio, bien lejos de las odiosas flores. Pensaba también en la Ley de la probabilidad: morirse allí resultaría igual al número de formas en que un evento fatal pudiera ocurrir, dividido por el número total de posibles eventos. Qué cosas. Y entonces apareció, Mariano Medina, los sueños resultan impredecibles, el primer hombre del tiempo de la historia de la televisión y, sin duda alguna, el más popular, El Rey, a través del más allá de los sueños, como si desde 1994 hasta hoy aún le quedaran cosas por decir y a mí me reservara lo obvio. Dijo: Quien no se entrega no es consciente de su falta de previsión. Y luego: En julio y en agosto hará un sol de justicia, pero por San Ambrosio, amigo mío, hará un calor de espanto.

No, dije yo. ¡No!, grité yo. Y ahí me desperté. Y, muy a mi pesar, aquí estoy ahora, sentado en la cama, sudando. Al parecer todo el discurso precedente no es un discurso sino una rara reflexión, un bisbiseo entre dientes. No tengo idea del tiempo que llevo con esta rara reflexión pero sí de que mi mujer, al otro lado de la cama, me observa largamente. Es curioso que aún mantenga la calma, con este calor. Saco fuerzas de flaqueza y la miro a los ojos. Está claro que algo me va a decir. Voy buscando una respuesta.

—Tú no estás bien, Amadeo.

—Claro, yo no estoy bien, qué fácil.

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