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Café Kubista

La broma infinita

Esto es una entrada automática. Si lo prefiere, puede llamarme post. El autor del blog está, pero no. Distraído, absorto frente a la pantalla, no muestra ninguna actividad. Nada indica que vaya a escribir. Me encuentro ante un humano perfectamente ausente, un autor embalsamado, quizás, quizá exánime; ver pasar el tiempo parece su única y rara aspiración.

Siga leyendo, la situación lo merece. Si desechamos la escena en su conjunto y nos centramos en observar cada detalle con atención, hay movimiento, vea. Es casi imperceptible. En la mano derecha del autor hay dos dedos, el índice y el pulgar, que cobran vida y se deslizan en vaivén. El índice traza círculos verticales sobre una rueda imaginaria y el pulgar le sirve de apoyo. En la pantalla, al mismo tiempo, corre un texto a velocidad constante. Así que, en medio de la fabulosa calma, tenemos un movimiento regular y una reacción consecutiva.

(Permanezca en silencio, por favor, el autor del blog se cree limpio de miradas extrañas.) (Usted aún no lo sabe, pero sobre la pantalla discurre un texto literario. Se trata de  ‘La broma infinita’, de David Foster Wallace, una lectura interminable que precisa valor y tiempo. No sabemos cuánto de cada cosa, supongamos que mucho.) (Leer ‘La broma infinita’ es una proeza por su extensión. Mil-doscientas-ocho páginas, de las cuales hay más de cien de notas al pie, recogidas al final del libro. David Foster Wallace sitúa la novela en torno a dos escenarios principales: la Academia Enfield de Tenis y la residencia Ennet House, un lugar donde las personas tratan de superar su adicción a las drogas y al alcohol. Contiene innumerables tramas paralelas, múltiples escenarios secundarios, elipsis interminables y una atmósfera extraña y magnética.)

Bien. Fíjese de nuevo en la pantalla. El autor del blog ha logrado superar con muchas dificultades la descripción del juego Escaton y por sus ojos han desfilado ya perturbados, yonquis, lunáticos, adictos en proceso de rehabilitación, niños prodigio, estrellas del tenis, familias disfuncionales, tipos con diversas discapacidades, tipos con diversas deformidades, enanos, depresivos, alcohólicos, suicidas, pederastas, incestuosos y madres que abandonan a sus bebés.

En la Academia Enfield de Tenis ha conocido, además, a los Incandenza, una familia de genios y frikis. Ya sabe que el padre se suicidó metiendo la cabeza en un microondas. Y que experimentaba a lo loco con películas y cortometrajes. Ya sabe que una de esas películas, ‘La broma infinita’, viene con fantasma. Cuando el espectador la ve, se engancha de tal manera a las imágenes que sólo quiere verla una y otra vez hasta que muere. La película es una especie de llave para conducir a los humanos al otro barrio: la eternidad es infinita y la muerte es la broma que nos espera al final de la vida.

Ahora, aléjese unos centímetros. El autor del blog permanece trabado en una de las escenas de Don Gately en el hospital, casi al final del libro, y es un buen momento para tratar de huir sin conseguirlo. ‘La broma infinita’ es un libro espeluznante, una gran broma en sí misma porque su concepto es un bucle perfecto y aterrador. La película de Incandenza funciona de enganche y convierte a los humanos en esclavos de la imagen, dependen de lo que ven,  y eso los sitúa a un paso de la extinción. Le hablo de las adicciones. Las Adicciones. A sustancias, a series televisivas, a programas de radio, a revistas guarras, al doble o nada, al qué dirán. A escribir. Y a leer.

(A leer.)

Esto es una entrada automática. Si aún lo prefiere, puede llamarme post. Usted está, pero no. Distraído, absorto frente a  la pantalla, ha dejado de moverse. Nada indica que vaya a marcharse. Me encuentro ante otro humano perfectamente ausente, un lector embalsamado, quizás, quizá exánime. Usted acaba de comprender que lo importante es la prosa, el estilo, el cómo y no los porqués.

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