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Café Kubista

Los mismos

Me llamo Alejandro Azkona, mi trabajo consiste en inventar el agua tibia y soy el señor de 43 que solía molestar siempre a los mismos: Santi Pérez, Francesc Bon, Patricia Millán, The Villacresporker… Para colmo a veces leía por ahí y molestaba también a otros, gente de esa estupenda que escribe por escribir, sus artículos pétalos perfumados, maravillas de la técnica que cualquier persona con sentimientos se ve obligado a comentar.

Como sufría mareas enteras de palabras, y además resultaba milagroso el día en el que comentaba algo referido a lo que cada cual escribía en sus posts, yo creía que mi dolencia no era una dolencia recurrente. Aun así, dormía con los ojos bien abiertos. Si alguien tenía algo que argumentar, le rogaba que eludiera el lenguaje directo. Mejor una elucubración, referirse a lo que dé la gana referirse, pero pensando a la inversa. Mejor mejorar.

Sí, yo solía molestar siempre a los mismos, y algunas veces también a otros, pero, ojo, lo presente y lo subjetivo me eximen en caso de responsabilidad. Faltaría, la impunidad supone una infracción de las obligaciones, y yo no tenía obligación, mis faltas eran subjuntivas, el resultado es todo un indicativo. Puestos a echar la culpa a alguien, la culpa era de Windows. Un sistema cerrado no es un sistema, y yo allí estaba encerrado.

Ahora que tengo Ubuntu las cadenas de la esclavitud ya no me atan las manos, mis textos se sostienen solos en ángulos de noventa grados, podría llegar a ser el autor más literario del mundo… pero me faltan huevos. Los huevos son el «momento preciso» del lenguaje indirecto. Indirectamente, se sabe que el futuro tiende a llegar. Llegado el momento, en medio de un vahído preciso, más de uno se lamentará. Se lamentará entre lamentaciones y dirá: La madre que me parió, en Anagrama el Azkona este, con lo rarete que era, joder.

Si fuera chiquito, incluso, acabaría llorando.

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