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Café Kubista

Paren la broma

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Cuando Argentina se vació de argentinos y La Cámpora dispuso el conjunto vacío y la suspensión de la realidad, Diego Casciari, que llevaba varios días esquivando la noticia y aquella mañana tartamudeaba, asomó la cabeza por última vez desde lo alto de Rambla Catalunya y después echó a correr en línea recta con destino a su ciudad natal de Mercedes.

Yo al principio no lo vi. Diego era una señora gorda de espaldas y luego una señora gorda de espaldas que se da la vuelta sin avisar y se convierte en Diego Casciari. La cabeza inclinada, las gafas de pasta, la mano agarrada al mentón, sin hablar, a la espera, igual que en ‘La piel vendida’, la película de Vicente Pérez Herrero. Esa creo que nadie la vio. Yo sí.

Luego no dije nada, o sí lo dije, o no. Dije: Paren la broma. Dije patéticamente: Paren la broma, que es como no decir nada, aunque eso lo pienso ahora, ayer sólo dije: Paren la broma, una frase sencilla, un reproche suave a los rigores de la patria, a todas las desilusiones, desdichas,  desgracias, dudas, sospechas, desengaños, desprecios, temores, recelos y fracasos que implica brotar del aire en un país y sufrir inmediatamente una infección grave de nacionalidad.

Después puedo enseñar estas fotografías. Componen la secuencia gramática del día del suceso. Diego Casciari asoma la cabeza. Diego Casciari toma la salida. Diego Casciari trota hacia Mercedes. Unas fotos en el fondo alegres sobre la verdad en sí misma: si te asomas mirando a casa, lo mejor es volver.

Ahora que lo saben, no se asusten. Ante todo, mantengan la calma. Miren hacía adentro y ubiquen a su Cristina, a su Boudou o a su Galuccio. Vayan más allá e identifiquen a su Mauricio Macri. Luego reflexionen. En el fondo, la mínima y rara relación que existe entre política y realidad a ustedes les chupa un huevo. Llevan media vida pensando que la mejor forma de volver es no marcharse, así que, si se trata de salvar la realidad, ya van un paso por delante de Diego Casciari.

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