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Café Kubista

Mis problemas con Juan Manuel de Prada

Siempre supe que tener un blog me traería problemas. Para empezar, con Juan Manuel de Prada. Así se lo dije, una tarde, mientras paseábamos por Barakaldo con levedad. Estás muy gordo, le dije, un día vas a explotar. Juan Manuel no volvió la cabeza, pero escuchó. Sin darle importancia. Al principio.

Luego, una mañana, tumbado en una playa del mediterráneo catalán, pensé, tal vez exagerando, que ya había hecho el ridículo en todos los lugares expuestos del planeta. Abrumado, pensé también que quizá fuera el momento de tener un blog. No un momento ideal, pero sí uno adecuado. Así que compré un portátil, lo acaricié, lo encendí con mimo, respiré unos minutos, y al final, la literatura en vilo, amartillé sus teclas, pero solo las precisas, las estrictamente necesarias.

Revelé que Juan Manuel de Prada estaba gordo y que un día iba a explotar. Revelé también que no se cuidaba, y después, aferrado a lo evidente, deducí una enfermedad. Inventé que Juan Manuel sufría de absceso y además de síndrome. Que su cuerpo era carne de accidentes narrativos y trastornos generalizados. Que Prada era Pradilla y enfilaba ya, intuía yo, el descendimiento, la recta final y el acabose.

Mostré entonces mi indignación y opiné sobre su actividad e interés por aquellas áreas que se supusieran de acceso restringido y naturaleza pretérita. Critiqué su ridícula oposición al nihilismo moderno, a cualquier conjetura en los abismos de la nada. Revelé, incluso, cierto retraso en su desarrollo del lenguaje, la existencia de una perturbación literaria significativa desde el momento de su adquisición. Juan Manuel no presentaba demora en la utilización talentosa de palabras y frases, pero sí desproporción en el uso de artificios literarios. Su fascinación por los referentes «primitivos» representaba una barrera insalvable en el desarrollo de su marca de estilo.

Juan Manuel de Prada padecía de abceso y además de síndrome, efectivamente, y los síntomas eran gravísimos: una sucesión dramática de frases ampulosas, perpetradas, además, con estricta impostura moral. Al terminar, aquellas revelaciones iniciaron su camino. Se fueron las letras (solo las precisas, las necesarias), remontando la playa e inundando el paseo hasta deslizarse por el hueco de una arqueta y quebrar el asfalto, momento de consiguiente alarma y caras de consternación, pues, como todo el mundo sabe, el romper de una ola no puede explicar todo el mar.

Yo ya tenía un blog que me traería problemas, pero no quise darle importancia. Al principio.

 

Foto original: G. López|cc

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