Conmoción esta mañana por mi ascenso a Segunda División. De repente soy capaz de escribir un texto con destreza. Es posible que hasta con cierto estilo. El ascenso literario llega por derecho impropio, tras un desmarque, y a los pocos minutos aparece un señor de negro en la puerta de mi casa preguntando muy alarmado si sé exactamente dónde me he metido. Sí, respondo. Y añado: Hubo un clic, subí a segunda. Ahora domino los argumentos.

La vida se parece al fútbol, uno entrena a puerta cerrada los controles orientados de su existencia durante semanas, incluso meses, para, llegado el momento, estar preparado. Gambetea con el lenguaje, ensaya las jugadas y estudia el juego del rival. Intenta, en realidad, establecer un incontestable concepto teórico sobre el que desplegar un buen número de variaciones tácticas, y así demostrar que existe un método basado en las convicciones y una estrategia ligada a lo práctico.

Desde el mismo instante en el que asomas la cabeza por el túnel de vestuarios, el objetivo es dominar. Se trata de salir airoso de un reto laboral o de triunfar en una reunión de amigos. Se trata de anticiparse a la encerrona, de evitar la tarascada y salir indemnes del campo de juego. Hay que evitar un exceso de vista, pedir pasos, dejar tu impronta. Hay que formar parte del once de gala y tomar ventaja, ese par de milímetros que marcan la diferencia en los momentos decisivos.

Así que la vida consiste en entrenar, resulta que hay que estar preparado. Porque a uno le agradan los partidos amistosos y le motivan las competiciones eliminatorias, pero, sobre todo, lo que prima es la liga regular, donde un mal día no tiene importancia, pero dos arruinan tu clasificación y te hunden muy al fondo en la tabla.

Luego llegan las malas noticias. Hay personas que no juegan bien al fútbol, al igual que hay tuercebotas en el patatal de la vida. Por eso existe una Segunda División literaria, al igual que una Primera División mediática o unos políticos aficionados. Por eso hay fontaneros de primera, sindicalistas que vienen con segundas, periodistas de tercera y escritores que escriben en Regional Preferente. Zagueros que por no quedarse a verlas venir salen a por uvas. Extremos que se lanzan al ataque de la vida como los buenos delanteros y después rematan con la uña. Hay, incluso, mediocampistas que pretenden llevar la manija y al sacar un gilicórner les sale una pedrada.

Mi ascenso de Tercera a Segunda División literaria llegó de improviso, tras un desmarque. Hubo un clic. Y ya. Estoy casi seguro. ¿Por qué? ¿Porque lo que uno piensa no es precisamente una ficción, porque soy muy optimista,  porque renuncié a cruzar el autobús delante de los textos o por alguna otra razón? Eso ya no sabría decirlo. Quizá por esas razones y otras más que no sé explicar. Quizá es que César Aira estaba equivocado y no todos estamos sujetos a la ley de los rendimientos. To be or not to be. Ser o no ser. Fútbol es fútbol. Cuando no se consigue algo a la primera, quizá haya que intentarlo en el descuento. Va a ser que nada se acaba hasta que se acaba.

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02/02/2013

Comments

Fabuloso post, muy futbolístico (mundo que ignoro por completo) y, desde luego, no hay que abandonar nunca la escritura. Cuanto más se escribe, más se aprende. El aprendizaje continuo que nunca termina. 
Un saludo y ¡a por la Champion!

Sí. Vuelvo a experimentar. Ando ocupado con la novela, pero muy pronto publicaré mi último relato en Falsaria. Os lo debo. Aunque el ascenso deriva en exigencias nuevas y uno no debe rifar el balón. Gracias por su visita, doña.

Gracias por su visita Alemesa. Interpreto su intervención —quizá sea aventurarme—, como un punto y seguido. En su próxima visita pida el especial de la casa, es un café sobrio pero muy divertido. Viene con sonrisa de espuma.

Que hay Alex: yo últimamente no hago más que goles en propia puerta. O sea, que como ningún equipo acaba de ficharme me confundo con las porterías. Los entrenadores no pueden ni verme. En cambio tu tesón te está encumbrando, te veo pronto negociando contratos publicitarios. Varias marcas de zapatillas llamarán a tu puerta. A ver si no te encuentran en el bar, chaval.

Ando poco listo, es fácil pillarme fuera de juego, y claro, se resiente mi visibilidad. Además, tengo un representante que no para de hablar por el móvil, así que cuando llegan los contratos el tio comunica. Pero si alguien paga mi cláusula yo encantado, el importe es asumible, salgo regalado,  y estoy dispuesto a negociar el cobro en especie. Confieso que echo de menos un buen bocadillo tras una dura jornada literaria. El café anima, y las visitas ilustres, pero ando falto de un sponsor oficial que me pague la manduca y me vista por los pies.

No permitiré que un ascenso estropee nuestra blogamistad, blogamiga, puedes seguir llamándome pipiolo o 'groupie-de-la-gorda-casciari'.

 Fantástico, no hay nada que me guste más en este mundo que llamar a las cosas -o gentes- por su nombre. Blogamigo! Groupie-Gorda!

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