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Café Kubista

Si están, estás

Hay un señor medio fabuloso, del tipo de persona que desliza sus dedos por un teclado qwerty, escribe, y al momento te ves dando vueltas de campana frente a la pantalla del ordenador. Ya puede hablarte de un libro, de la música ambiental o del papel de váter, F reúne los despojos de la actualidad cultural, mira, remira, vuelve a mirar, y cuando crees que no hay nada más que pueda hacer, que no cuadra ningún borde, cierras los ojos, los vuelves a abrir, apenas un pestañeo, y ya, te ha pintado la cara.

Sé que no hay que hablar bien de la gente, hay que hablar mal, cuanto peor mejor, en ese aluvión constante de tópicos acartonados que nos llena la boca. Piensa mal y acertarás, hablar sin ton ni son, lo adecuado es lo correcto, a tontas y a locas, pocos y mal avenidos, es sintomático, puede, osea, al grano, sin tonterías, lo peor está por llegar, o lo mejor, ya sabes, nació de pie, seguro que sí, bluff, burbuja, reformas estructurales, lo de menos suele ser lo demás, los comienzos siempre son duros, los finales acaban mal, hay que forzar la máquina, tengo que desconectar. Un inventario infinito, un revoltijo interminable de frases comodín, donde ninguna se repite y todas concurren en su contexto adecuado.

Disponemos de una caja sin fondo, la caja perfecta que da siempre de sí. Son el alma del habla, la criba del lenguaje, si están estás, si no te excluyes, no formas parte, te esfumas, fuiste.

Yo de F hablo bien, prefiero ir por ahí. Es bueno hablar bien de la gente, otros hablan mal, el resultado se equilibra. Hablo bien de F, hablo bien de G, hablo bien de JB, de LN, de P y hasta de A. Hablo bien, aunque, si lo piensan, puede ser la forma más inteligente de hablar mal. Uno habla bien y al principio los demás lo agradecen, punto positivo; luego tienden a pensar, discurren, crece en ellos la duda, no puede ser, tienes algo raro. Al final, un día, asomados a la ventana, frente al ordenador, o mientras hacen la compra, recuerdan los dedos rollizos de la pescadera, se ubican en el mundo, delimitan el abismo, sonríen, y en ese momento, justo es ese momento, brota en ellos la necesidad de hablar mal, aparece el principio de equilibrio, reviven su sarcasmo y entran a matar.

Y es entonces cuando se enciende esa luz que casi nadie ve, pero que está, una luz roja y firme que te alarma. En lo alto del pedestal, muy arriba de la condición humana, viven al día, y si antes hablaban bien, ahora hay que mostrar nuevos caminos, señalar la debilidad, ser juez y parte en ese páramo incierto que es la ruina diaria.

F tiene una debilidad. Las letras de su apellido no son ni Pon, ni Pont, ni Pons, ni Bom. Es algo que nunca termina de aclarar, que siempre lo acompaña. Ataquen por ahí, sean duros, discretos,  geométricos y elegantes. O no. Vayan por el lado más bestia de la vida, ricen las hebras del detalle y caigan a plomo. No se preocupen si hay personas como yo que lo defiendan, así el resultado se equilibra, el mundo gira, la cuestión es pasar el rato.

Total, las palabras se la lleva el viento.

© 2017

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