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Café Kubista

Sobre saltos mortales

Mi afición por los saltos mortales comienza con un Lib en el armario de arriba de un mueble puente. Mujeres desnudas y microrrelatos, casi siempre de terror. Un terror que da cierto gustito. Del Lib salto al Globos y del Globos a las Cartas privadas de Pen, una publicación con pocas fotografías y mucho texto. Los microrrelatos ya no son de terror, en su lugar cuentan historias cotidianas.

El salto mortal a la literatura empírica me lleva hasta Jerry West. La saga de Los Hollister no resulta una experiencia del todo agradable, así que decido volverme (o revolverme, según se mire), y en el salto de vuelta recaigo en las novelas «pulp» de los 70 y los 80. Novelas del espacio, casi siempre. Elliot Dooley y Joseph Berna, sobre todo.

Hasta 1987 no realizo nuevos saltos relevantes, un año en el que Seve Calleja daba clases de instituto y, casualmente, al fondo de una de sus clases aparecí yo. Durante el curso aprendo técnica y táctica sobre saltos mortales; tras algunas prácticas, ejecuto mi primer doble salto dentro de control: El último verano Miwok, de Jordi Sierra i Fabra, y La noche del viajero errante, de Joan Manuel Gisbert.

Por increíble que parezca, en los libros no hay siempre mujeres desnudas que te dan conversación mientras viajas muy despacio por Andrómeda, o por el Círculo exterior. Al contrario, la imaginación tiene un papel determinante, pero quien domina es el lenguaje, y dentro del lenguaje, la corrección, o mejor dicho, el equilibrio.

Por eso ahora salto muy serio. Busco la excelencia en la competición. Mis mejores marcas, si les interesa, tienen lugar con dos tríos de cuatro: Tabucchi, Ugarte, Barnes, DeLillo, en los días buenos, y Bolaño, Vila-Matas, Blastein, Monzó, si ando travieso. ¿Que no se lo creen? Bueno. Tampoco existen reglas inmutables para los saltos mortales porque siempre hay alguien que no quiere ver. Todo el mundo lo sabe.

© 2017

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