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Café Kubista

Sucedáneo de Kafka

En España existe la costumbre de dejarlo todo atado y bien atado. Nos sentimos en la obligación de amarrarlo todo con premura —en ese temor constante al qué dirán cuando ya no estemos— y lo hacemos en silencio, a escondidas, no sea que al final alguien nos vea. Si hay un legado importante que dejar atrás, sabemos que resulta indispensable, además, cierto sensacionalismo en la transmisión del mismo. Imitar a Kafka y dejar olvidada una maleta, por ejemplo. Tratamos de encontrar la forma definitiva de asegurar las cosas, hasta el punto de prever con astucia que las promesas de los demás se quiebran en el mismo instante en que te esfumas, algo que uno no comprende del todo hasta que la espicha. La muerte es morar una tumba fría condenado a resolver eternamente tus contratos con los vivos, así que lo mejor es darle a cada uno lo suyo. Cualquiera, al recordarnos pasar, debe acordarse muy bien de nosotros.

Yo, desde hace años, preparo en la soledad de mi cuarto, no una, sino tres maletas feudatarias. La pequeña contiene mis relatos de ficción, además de una revisión completa de mis comentarios en Twitter. La mediana un manuscrito inédito, una novela sobre los escritores vascos nacidos en la segunda mitad de los años 50 y la primera mitad de los 60 y que usan el castellano como una elección expresiva (Ezkerra, Fernández de la Sota, Bas, González San Martín, Murua o Pedro Ugarte, todos). Y la grande —la inmensa— encierra el resto de mis textos, dedicados todos ellos a Eduardo Mendoza. Don Eduardo abrirá un día la puerta de casa y el cartero —con un lenguaje trabajoso y pueril— le endosará mi tercera maleta. El funcionario hablará «largamente y a gritos, con acompañamiento de ademanes y muecas horribles y una capacidad de expresión  limitadísima»* , y don Eduardo, sorprendido, forzará la maleta sobre una pileta y descubrirá el grueso de mi obra, donde todos y cada uno de los textos comienzan por el final. Desde la primera línea tendrá muy claro lo que va a pasar. Don Eduardo sufrirá entonces un déjà vu y sentirá el deseo irrefrenable de quemarlo todo con bencina,  pero no lo hará, solo parecerá que te fulmina con la mirada sin dejar de hablar con voz calmosa, mientras se sujeta una mano con la otra haciendo fuerza y cortándose las venas, de modo que no le llegará la sangre a los nudillos.

Y si el destino me lleva a sobrevivir y acudo a esa otra fiesta que es la muerte un paso por detrás de don Eduardo, no pasa nada, devendrá con rapidez cierto sensacionalismo en la transmisión y serán sus legatarios quienes se despellejen vivos por mis textos, pues de otra forma el inframundo amenaza ser un lugar aburrido, una tumba invariable y solitaria en la que resulta muy difícil divertirse.

*Sin noticias de Gurb, pag. 29
Foto: michelle|cc

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