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Café Kubista

Una idea vaga

Mi primera aparición en el Café Kubista será de personaje secundario y discreto en un texto de Enrique Vila-Matas. Mientras Enrique va dejando lentamente la bebida, yo encuentro este lugar. Mostraremos ambos una actitud extraña: la mirada recta, la espalda un poco inclinada, las manos cruzadas, oscilando como rencos, de un lado a otro, a trompicones.

Mi segunda aparición en el Café Kubista será el paso indeliberado en unas declaraciones de Enrique Vila-Matas a La Vanguardia. Enrique andará más lúcido y reflexivo mientras en su cabeza chalanea con la idea de volver a beber. O no. Será cierto que siempre, cuando menos te lo esperas, en una entrevista, en un homenaje, durante un sueño, en ese preciso instante, aparece alguien con un llavín, o a una ganzúa, dispuesto a abrir el baúl y mostrar los muertos.

Y en mi tercera y última aparición en el Café Kubista: ya seré yo. Apareceré como la estrella invitada. O quizá el anfitrión. Emergerán recuerdos minuciosos del reloj conjetural mientras se pliegan los días sobre sí mismos, se pliegan y se encogen hasta un punto en el que todo merezca contarse, aunque no tenga sentido. Surgirá entonces una idea vaga: la certeza, tal vez, de que no hay nada más allá de lo invariable, de que uno sólo puede aspirar a encontrar un botón de pausa, un resquicio atemporal en el calmoso devenir del óbito.

Se tratará, no hay duda, de ser. O de estar. O, si acaso, de aparecer.

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