Verá usted, yo escribía siempre, lo mío era la palabra escrita, caligrafiaba el mundo como si fuera un interminable texto literario y no dejaba nada al azar: naturalidad, técnica, estilo y visión del mundo, es decir, vivía condenado a fijarme en todo, era depositario y agente de todas las grandes misiones de las letras, la cara y el culo de la literatura.

Digamos que yo era un enfermo, que sufría una grave infección de conocimiento, podría decirse, aunque yo me veía más bien como un tipo con un instinto estilístico y una ideología estética, que son conceptos difíciles de definir, lo reconozco, pero muy convenientes en la lucha de un escritor con sus propias limitaciones. Al final, aquella actitud definía un viaje, un trayecto vital en una sola dirección: el centro. Estoy seguro de que no habría podido escribir ni una sola línea sin, previamente, tener claro ese objetivo, ese lugar preciso al que llegar, a fin de cuentas, todos aspiramos a ser el centro del mundo alguna vez.

Y siempre que uno viaja al centro, su cuerpo tiende a chocar con el de algún intermediario. Enseguida, sin nadie sospecharlo, aparece de la nada un editor y te confirma que sí, que vas rumbo al centro, desde luego, pero con una trayectoria que se escora peligrosamente. No debes preocuparte, en cualquier caso, él mismo si es preciso, en persona,  te conducirá bien recto al centro del centro, un lugar confortable, un centro centrísimo.

Luego, una mañana, una tarde, una noche inexacta, ese pequeño dios que es tu editor deja la mirada perdida por un instante, asciende por las sendas del dinero, remueve unos papeles, visualiza decenas de contratos, habla, con tono desvaído quizá, quizás enérgico, y, de repente, justo cuando crees haberlo escuchado todo, cuando esperas cierta complacencia, un contrato encuadernado, una loa en libro, justo en ese momento, ya ve usted, sobreviene un silencio, una pausa inequívoca, un reparo: tu viaje al centro centrísimo sufre una demora, debes hacerte a un lado en la cuneta y esperar.

Y verá usted, yo ahora espero siempre, lo mío es esperar, ya no escribo nada, ando ensimismado, como perdido. Ya ni me hago preguntas. Para qué. Lo mejor en estos casos es hacer un paquete con toda esa basura que es la literatura y aspirar a un último logro: darle una patada lo suficientemente fuerte como para verla orbitar. Quizá allá arriba se vea todo de una forma irremediablemente simple, lo suficiente para saber qué más hacer.