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Autor: Álex Azkona (página 1 de 7)

La novela luminosa

Sin apenas esfuerzo (ávidos lectores), en la literatura uruguaya podemos encontrar una estirpe de autores que la crítica define, si no como admirables, al menos sí como raros. La típica broma sobre literatura latinoamericana que explica los aportes más significativos de algunas naciones lo deja bien claro: Chile ha parido poetas; Argentina, cuentistas; México, novelistas, y Uruguay, raros. Ercole Lissardi lo argumenta así: La razón por la que hay escritores raros en Uruguay es que la cultura uruguaya es profundamente chata. Que quiere decir: los verdaderos escritores, ante la ausencia de cualquier tipo de discurso o de mirada, se encuevan y se alimentan de su propia locura. En Uruguay hasta que no estás muerto, no estás vivo. Esta sensación de extrañeza se apoya, inevitablemente, en la obra de escritores como Lautréamont, Felisberto Hernández, Herrera y Reissig, Armonía Somers, Juan Carlos Onetti, Delmira Agustini o el propio Mario Levrero.

Levrero manejó su obra como el dueño de un colmado, colonial o ultramarino que ensaya con viejecitas y transeúntes, pero cuyo alto conocimiento de los vaivenes del mercado le permite minimizar errores y dar con resultados provechosos, puede que no esperados, pero siempre bienvenidos. Es el caso del libro que nos ocupa, La novela luminosa, donde el escritor uruguayo ansía recuperar un proyecto fracasado veinte años antes y solicita una beca a la John Simon Guggenheim Foundation. Cuando se la otorgan, libre de estrecheces económicas, escribe el «Diario de la beca» (el prólogo de 450 páginas de La novela luminosa), en el que cuenta cómo es que se gasta el dinero sin escribir ni una línea. Enganchado al recurso, Levrero lleva a cabo la imposibilidad novelada de la novela, un poco como en El libro vacío de Josefina Vicens, una novela sobre la inviabilidad de escribir, pero también sobre el impedimento para dejar de hacerlo. Nos encontramos ante el relato de lo inasible y del día a día de la no escritura. La crónica milimétrica del tiempo diluyéndose entre rutinas de Visual Basic hasta alcanzar por fin un final y descubrir la profunda raíz de la nada.

No voy a extenderme más, como en La novela luminosa, esta reseña tiene algo de prólogo. Este autor menor escribe sobre el libro del autor mayor con el fin de especular sobre su contenido. Cabe preguntarse, no obstante, si la novela de Mario Levrero merece una opinión destellante por parte del autor menor. Aclaremos que sí. Yo, como Patricio Pron, necesito tener siempre a la vista La novela luminosa. Con frecuencia la abro al azar, releo un párrafo o dos y vuelvo a cerrarla. Huyo de la angustia difusa que precede a la posibilidad del ocio. Imagino que puedo refugiarme en La novela luminosa, abrazar su promesa de contarlo todo. Porque Levrero vive todavía allí, supongo, y su sonrisa brilla muy seriamente sobre el papel ahuesado de color amarillento. Nadie ofrece tanto como el que no cumple.

Y, sin embargo.

Y sin embargo tampoco puedo olvidar ni rebatir las palabras de Pablo Ramos: Levrero parece a veces un viejo con pañales llenando de baba a una adolescente drogada o en coma farmacológico. Pero bueno, quién es Pablo Ramos. O, sobre todo, quién soy yo.

Martirimonio (5)

Martirimonio 5: Mediación

—Marciana Maraver, le habla Beltrán Bable, subinspector de Policía. Salga.

—No tengo ninguna intención de abandonar esta santa habitación, señor comisario, y rara vez hay finalidad cuando se hace algo sin intención.

—Le está hablando la autoridad, que salga le digo.

—¡No! Cualquier acto de autoridad de hombre a mujer que no derive de una urgente necesidad… ¡es tiránico!

—Marcelino, coño, diga usted algo.

—Yo en estos casos ni mu, mi sargento. Prefiero ir al Derecho a través de la policía. Cuando un hombre del Derecho se ubica en el Derecho sin la intervención de la guardia, no duerme tranquilo.

—Joder, Marcelino, una buena conciencia es la mejor de las almohadas… ¿Lo escucha usted también, Marciana?

—¡Cómo! ¿Que mi marido está con usted? ¡No me lo puedo creer! Deténgalo, señor comisario.

—¿Detenerlo? ¿Y a santo de qué?

—Mi marido ya no es mi marido, ¡es un monstruo! Oígame bien: ¡un monstruo! Que la sopa está salada… Y a él solo se le ocurre imponer la perturbación y el sobresalto. Sin una patata cruda y sin un nuevo hervor. Acabáramos.

—Hombre, si en esta negociación hay presente un monstruo, la cosa cambia, Marciana. Salga y acompáñeme a presentar la denuncia.

—¿Denuncia?

—Por supuesto, la libertad es un funcionario ciego, pongámosle gafas.

—Ah, entonces no, a mi marido hoy no se lo llevan de casa. Imposible dejarme sola.

Martirimonio: La serie

Marugán

Manuel Marugán, técnico en inspección de componentes, subido a una silla con estricta actitud juiciosa: los brazos extendidos, las manos en aplicada labor de encaje, mirome de reojo por encima de las gafas y al momento trocome una bombilla. Consumada la reparación y ya en el salto de bajada, previo a la inminente argumentación, deslumbrose a la luz de mi linterna. Roto el equilibro, asumida la caída, confirmada la pérdida, comprole el suelo. Vendido, con una pierna estirada y otra atrapada debajo de la silla rota, quejose.

—¿Tú estás tonto?

Tonto es una palabra muy superficial, pensé. Lo mío era algo más profundo. La ventaja de ser inteligente consiste en que resulta más fácil pasar por tonto, lo contrario es mucho más difícil. A mí lo que me atravesaba era un temblor constante, nada vaciaba la angustia que contenía en el pecho. De mí asomaba la satisfacción que se toma del agravio y su hilo conductor era el extremo de una aguja. Pero mantuve la calma.

—Tranquilo, Marugán, antes de lamentar la compra, recuerda: yo no soy el suelo.

—Qué compra ni compra, joder. Tú eres bobo.

—Uy, entonces alabada sea la práctica. Para un técnico debe ser terrible estar a punto de perder el conocimiento.

Era una broma fácil y dicha sin pensar, pero al final salí con eso. La vida moderna produce más que ceguera, confusión, y una aparente capacidad de atender tanto a los deseos como a las necesidades de las personas. Yo buscaba el desconcierto. Ese que con cierto masoquismo hace que alguien te considere como único responsable de lo acontecido, cuando la realidad señala que siempre hay que compartir la culpa. Así que adopté una posición defensiva frente a su admirable recuperación.

—¿Estás bien?—pregunté.

—¿Estás bien? ¿Estás bien? Estoy entero, que ya es algo. Dios me libre de tu próxima ocurrencia. Porque seguro que algo nuevo se te ocurre, ¿no? Pues eso. ¿Y ahora?

¿Y ahora? Durante un buen rato lo estuve considerando. Primero pensé en mi mujer. Ya no se mostraba especialmente atenta. Su rostro expresaba frialdad y por encima de la frialdad asomaba el resarcimiento. La imaginé en este apartamento o en otro apartamento con las ventanas cerradas y las cortinas echadas, tumbada en la cama con las piernas abiertas, comiendo carne a trocitos y bebiendo leche condensada. Luego vi, con los ojos cerrados, como Kolakowski, el filósofo polaco, tenía visiones muy duras sobre el bien el mal mientras se acercaba a Marugán y a mí. El mal es el mal, no está basado en una circunstancia personal, es una fuerza humana completamente independiente. Y supe en ese mismo momento que no era precisamente el bien lo que nos iba a caer a todos encima.

—Ahora una última cosa, Manuel. ¿Ves la toma de corriente? A tu derecha, junto al televisor. Necesito confirmar el cable que llega hasta la terraza e ilumina la bombilla de mi noche exterior.

—¿Tú siempre hablas así? Por eso tu mujer no aguanta más el teatro, ¿no? La bombilla de mi noche exterior… pero ¿te estás escuchando?

Cambiar una bombilla puede parecer una tarea sencilla, y a veces lo es. No obstante, deben tenerse en cuenta algunas medidas de seguridad importantes, ya que a veces toca cambiar bombillas más complicadas. Por ejemplo, la bombilla podría estar en un techo falso o como luz de exterior en un balcón peligroso. Esto es algo que debes tener presente cada vez que manipules algo con cierta altura de miras. Debes garantizar tu seguridad.

—Anda, tráeme otra silla. Y no te acerques a la linterna, ¿me oyes? Lo malo no es vivir en las nubes, lo malo es bajar. Evitemos males mayores.

Marugán, subido de nuevo a una silla, y yo, de pie con las manos en el respaldo, dejamos por un rato de hablar. Nada resulta más convincente que una fuerza determinante sobre un andamiaje frágil. Al menos para una persona práctica que se sustenta sobre conceptos técnicos. No era mi caso, yo soy más de conceptos teóricos. Y si dejaba de sujetar la silla. Y si le daba a Marugán un empujoncito. Y sí, de paso, acababa con el sustento íntimo de mi mujer. ¿Terminaría la escena con una imagen trágica? Tenía que comprobarlo, el mal no es lo que entra en la cabeza de un hombre, sino lo que sale de ella. Así que empujé, y luego pateé la silla, y mientras Marugán caía de nuevo en perdida lo miré directamente a los ojos, como si pudiera arrojarlo a la calle con la mirada si la gravedad no tuviera solidez suficiente. Antes de perderle de vista, dije:

—Pues eso. Deja de anidar en mi mujer, cabrón.

Segundos después, mientras los huesos de Marugán se separaban de la carne sobre la acera, pensé: pues sí, qué imagen más trágica. Luego salí del balcón, cerré la persiana con lasitud y me acosté un rato. Ningún hombre conoce lo bueno que es hasta que no trata de esforzarse por ser malo. Recostado sobre el sofá, la muerte de Marugán una muerte de liberación, las luces encendidas, los fuegos apagados, quedeme dormido.

Foto: Arturo Rodríguez

Gravedad informativa

Según se nos dice, Twitter es un sistema gratuito de microblogging con funcionalidades de red social: sus herramientas están a nuestra disposición para que las utilicemos con cabeza. Ya. Por eso yo, cesante en el empeño de intentar comprender y a pesar de mis progresos increíbles, cada vez que entro al pajarito los rubores me suben al rostro. Por eso a mí, que domino el tuit, la etiqueta y el erreté, que dispongo del suficiente valor para seguir el rastro de los hilos y las conversaciones, que me siento suficientemente preparado para cualquier tipo de burla electrónica, al final, siempre me alcanza alguna frase seria. Un «me duelen los ovarios», por ejemplo. La máxima mínima, la mínima parte y la parte alienante convertidas en un triste mojón. Y que viva la realidad aumentada.

En Twitter, la continua gravedad informativa no puede entenderse como un efecto geométrico de la funcionalidad sobre el arnés del microblogging. Más bien se parece al adanismo, la senectud y la comunicación a base de frases breves y contundentes. Cabe preguntarse: ¿Tal gravedad es el resultado de los cambios físicos y neurológicos que producen las redes sociales con el rápido devenir del tiempo? Ni idea. Yo mismo soy dos personas distintas, una la de los últimos cuarenta años y otra la que busca en el presente la comprensión de mi mujer. Cabe preguntarse: ¿Sirven para algo las redes sociales? No lo sé. Para unos su funcionalidad se resume en escupir muy alto y para otros en resolver sus gravísimos problemas con las marcas, en plan consumidor digital y supereficiente. Cabe preguntarse: ¿Cuándo fue la última vez que alguien pisó suelo no electrónico? A saber. Hace unos años me vi forzado a acudir a una oficina presencial para resolver una gestión en persona y no me hizo ninguna gracia. Acostumbrado a Internet y a su aguda inmediatez, desplazarme físicamente en un mundo en el que no sobra el tiempo también me parece un auténtico atraso.

¿Entonces?

Entonces me sorprende que lo más representativo de la vida moderna no sea su virulencia ni su vacilante seguridad, sino sencillamente su vaciedad, su absoluta falta de contenido. Que ni siquiera pueda definirla con una frase original y tenga que recurrir a la indagación de los clásicos. George Orwell fue soldado del POUM en la Guerra Civil española y vino a matar fascistas porque alguien debía hacerlo. A Henry Miller aquello le pareció una idiotez, tanto en el sentido de la obligación de matar a otras personas como en el de salvar al género humano de muertes peores y más injustas. Si ya estaban así entonces, qué más te puedo decir, la energía y el entusiasmo fueron vencidos por el desánimo que inevitablemente nos aplastó. Ahora tenemos otras cosas de las que preocuparnos, amigo. Por ejemplo: esta mujer que se refleja con peligrosa cercanía en los brillos de tu cristal. Pelo negro, cejas negras, expresión de hastío y conmiseración… Da miedo darse la vuelta. Yo voy a cerrar los ojos y esperar a que dispare algo. Yo voy a subir los hombros, hundir la cabeza y esperar. No sé tú.

—¿Ya estás hablando solo, Amadeo?

—Hombre, estoy hablando con el móvil. Unos hablan «por», yo hablo «con».

—…

—Qué. No me mires así. Aquí lo que hay, en todo caso, es un problema de preposición.

—Definitivamente tú no estás bien, y el bien debe estar siempre de moda. ¡Levanta!

—Claro, yo no estoy bien. Bonito resumen.

Lee más sobre Amadeo: Golpe de calor
Ilustración: Steve Cutts

Clases

En un caluroso y soleado día del mes de septiembre de 2016, un Zampullín chico de color pardo oscuro, la cara y el cuello castaños, la base del pico una mancha clara, vuela de un lado a otro en una calle del casco antiguo de la ciudad de Zaragoza, entre afiches y ventanas, plantas y arbolillos, subiendo y bajando en pequeños trechos, trazando ángulos romos, unas veces muy alto y con palomas a ambos lados, como en utópica formación, y otras a ras de suelo, oteando el río. Es el más pequeño de la familia de los Somormujos, y, como todos los de su especie, resulta difícil verlo fuera de un medio acuático, en el que se desplaza deslizándose por su superficie como una bola esponjosa de plumas. Vacilante, remonta desde los escollos de un fontanar, desciende luego en vuelo vertical y se detiene en la segunda planta de un bloque de apartamentos, dos pisos por encima de mi ventana. Abajo se abre una puerta y una familia sale a la calle. El padre, un hombre alto y delgado con camiseta Soviet Flag y pantalón de pinzas, lleva una mochila. La madre, con pantalón largo de rayas, chaqueta corta y ajustada y zapatos de cordones, empuja una sillita de bebé con una mano mientras sujeta un muñeco de peluche entre los dedos de la otra. El Zampullín chico y yo nos quedamos mirando.

En el alféizar del último piso una paloma asoma el pico, da media vuelta con altivez, muestra la cola elevando sus plumas —remeras primarias, timoneras—, evacúa, y, por un instante, una bola de excremento queda suspendida en el aire, inmóvil, desafiando todas las leyes de la gravitación. Puede ser cosa de la naturaleza, pero cuando se trata de tramas reales también son reales sus consecuencias, la gravedad es una fuerza instantánea que actúa a distancia y a cada empujón le corresponde un tirón. Nunca una mierda, ni siquiera en un efecto óptico de deposición, permanece suspendida en el aire más de un instante. Presurosa, enfrenta siempre una caída libre y vertical con velocidad creciente, al menos hasta que topa con un impedimento u obstáculo. En nuestro caso, la familia que, abajo, comienza a discutir sobre algún tema interior: los sesgos del calor, la dirección pertinente, el reparto equitativo del tiempo… Consumado el desastre y siendo ya víctima de la defecación, el hombre levanta la cabeza con displicencia y repara en mí. Yo compruebo con horror que se trata del vecino progresista del tercero, el peor enemigo de la revolución, el burgués que muchos revolucionarios llevan adentro. Levanto las manos y doy un paso hacia atrás. Algo tengo que decir.

—No vayamos a equivocarnos, vecino. Ya sé que no soy comunista, ni socialista, ni anarquista. No represento a esa «hermosísima» ideología que hace creer que esta infamia de mundo puede cambiar de alguna manera. Aun así le informo de que yo en este asunto no tengo nada que ver. Acabáramos.

—¡Cómo! ¿Que no has sido tú?

—No, tampoco el Zampullín chico del tercero. Mi tercero, no su tercero. Qué maravilla, oiga, tendría que haberlo visto llegar hasta aquí, tan mal volador, entre tanta gente de pie. Es posible volar sin motores, pero no sin conocimiento y habilidad.

El hombre baja la vista. Comenta con su mujer. «Tampoco el Zampullín chico, el del tercero, dice el oligarca».

—Para mí que ha sido la paloma —explico—, está en el alféizar del cuarto, ¿la ve?

La ve. El presente, obviamente, tiene una realidad propia.

—Malditas-palomas-de-los-cojones.

—Hombre, por lo menos hable usted bien, compañero. Ya no digo que trate a la gente con respeto, faltaría, pero a los animales… ¿No eran todos ustedes animalistas? ¿No? Pues trabaje por la defensa de los animales, el medio ambiente y la justicia social.

—A mi no me da lecciones ni mi padre, ¿lo entiendes? El perfecto comunista no debe vacilar ni un instante en emplear para el triunfo de la causa proletaria todos los crímenes que condena la moral capitalista. ¿Lo entiendes ahora?

Lo entiendo, me intenta tocar la moral, y la moral es la ciencia por excelencia, el arte de vivir bien y de ser dichoso, pero si se lo digo así, revienta. Mejor seguir la corriente de enunciados subversivos, encontrar por alguna parte la diversión.

—Oiga, las palomas tienen más necesidad de respeto que de pan.

—No me digas… Bienvenido entonces cualquier juicio inspirado en una base científica. Tú lo que te inventas es un enemigo comunista para aplastarme a mí, que soy el enemigo real.

—Ya. ¿Y vamos a seguir así toda la tarde? Lo digo porque llevamos así toda la vida. ¿Seguimos? ¿No? Claro que no. La plasta de paloma desagua enseguida y la inhalación de la misma en forma de polvo microscópico representa un riesgo a considerar. Fiebre, escalofríos, sudoración, mialgias, vómitos, infecciones agudas. Imposible en tal estado politizar las reuniones de la comunidad de vecinos. Piénselo.

Desde el cuarto piso, la paloma de color Isabela, con reflejos verde violáceos en el cuello y en el pecho, emite ahora un sonido raro, una especie de rumor, mientras espera a que los rayos del sol empiecen a perder fuerza y dar un vuelo muy cortito antes de acostarse, algo así como un vuelo de reconocimiento de los alrededores para cerciorarse de que no hay nuevos peligros a la vista y de que va a dormir tranquila. En la calle, el vecino, mi vecino, murmura frases indescifrables bajo la atenta mirada de su esposa, que primero le ofrece un pañuelo, pero no sirve de nada, y luego una toallita de bebé, pero tampoco sirve de nada, y al final lo devuelve a casa, en medio de una situación muy hermosa de derrota e insatisfacción. El Zampullín chico, en todos los sentidos un pájaro normal y corriente, con su silueta rechoncha, la parte posterior recta y el cuello pequeñito, observa con atención, pues no se encuentra en peligro, pero cualquier alteración de sus hábitats artificiales puede perjudicarlo. Las personas no seremos nunca un buen alimento. Mejor los invertebrados, los caracoles y los peces pequeños. Y completar la dieta con fragmentos de vegetación.

Martirimonio (4)

Martirimonio 4: Terapia

—A mí lo que me da miedo es salir a la calle. No sé a usted, doctor.

—Yo estoy aquí para escuchar, Marciana. Siga.

—Imagine que, por ejemplo, me cae un tiesto en la cabeza. Un tiesto puede ser lo peor. Y siendo así, difícil no salir perjudicada. Ni siquiera hace falta una maceta muy grande, oiga: un mal tiesto y ¡caput!

—Las actitudes negativas nunca resultan en una vida positiva, ¿lo sabía usted?

—Ya, eso seguro que funciona con otros pacientes, doctor, pero imagine: una planta inestable, un descuido, se juntan todas las fuerzas de la gravedad… y resultamos dos muertos.

—¿Dos?

—Dos, mi Marcelino y yo. Imposible dejarme sola.

—Marciana, no podemos cambiar nada sin antes comprender. La condena no libera, oprime. Si dos personas están siempre juntas en todo, puedo asegurar que uno de los dos piensa por ambos. ¿Qué dice usted, Marcelino?

—Digo que mejor tener cuidado, doctor.

—¿Cuidado?

—Cuidado. Ahí donde la ve, mi mujer no es una mujer, es una esponja.

—Las diferencias no están destinadas a dividir, sino a enriquecer. El respeto por otros guía nuestras maneras, Marcelino

—Mi Marciana es una esponja, doctor. Resulta incapaz de desplazarse por sí misma; carece de simetría corporal y por tanto no tiene una forma definida; habla y absorbe, habla y absorbe, sin descanso, o hasta que topa con otra amiga esponja y entonces muestra diferentes apariencias según las condiciones del encuentro, como la calidez del espacio, la familiaridad o la corriente de simpatía.

—Tomar la iniciativa no significa ser insistente, molesto o agresivo. Significa reconocer nuestra responsabilidad de hacer que las cosas sucedan.

—A estas alturas de la vida uno debe conformarse con lo que queda, doctor.

Martirimonio: La serie

Golpe de calor

No entiendo la muerte natural. Entiendo que uno se muere siempre de algo. Supongo que es más bien una descripción legal, una etiqueta, un hashtag. Escribes: #muertenatural, y te has muerto de viejo. Los humanos somos tan variados en nuestras apreciaciones que se ve que tenemos que poner etiquetas a todo para entendernos. Existe una concepción popular de lo que es la buena muerte y la mala muerte. La buena muerte sería la muerte sin dolor, la que se conoce vulgarmente por muerte natural, el acabose. La mala muerte implica morir sufriendo, pero no tiene una etiqueta general, malas muertes hay mil. Al final (al final), la muerte es un castigo para algunos, para otros un regalo, y para muchos un favor. No sé quién lo dijo, pero me parece un pensamiento muy acertado.

Morirse de algo debe ser como salir a la calle en verano, cosa que me cuesta cada día un sofoco, pero con la firme esperanza de caer rendido en una tumba fría y morar bien adentro para siempre. Por eso no me imagino vivo una temporada más de días sin sombra, todas estas tardes de sucio calor llenas de flores blancas y flores amarillas y flores rosas, yo, que enseguida me caliento y no soporto las malditas flores, venero inagotable de gusarapos de exterior y alimañas voladoras. Con las altas temperaturas y la época estival mejor marcharse invariablemente, cerrar la cuenta del bien material y fundirse en negro, que la mala muerte me lleve, oiga usted, pero con un refresco y algo de comer, si puede ser.

Anoche soñé con un muerto. Parece que el inconsciente se resiste a interpretar la realidad de cualquier manera y yo seguía sudando. Soñaba con la diáspora vacacional, que permanecía bien fresquita en sus casas, y en dejar mi cuerpo expuesto al acelerador constante de la interacción gravitacional, justo en lo alto de un promontorio, bien lejos de las odiosas flores. Pensaba también en la Ley de la probabilidad: morirse allí resultaría igual al número de formas en que un evento fatal pudiera ocurrir, dividido por el número total de posibles eventos. Qué cosas. Y entonces apareció, Mariano Medina, los sueños resultan impredecibles, el primer hombre del tiempo de la historia de la televisión y, sin duda alguna, el más popular, El Rey, a través del más allá de los sueños, como si desde 1994 hasta hoy aún le quedaran cosas por decir y a mí me reservara lo obvio. Dijo: Quien no se entrega no es consciente de su falta de previsión. Y luego: En julio y en agosto hará un sol de justicia, pero por San Ambrosio, amigo mío, hará un calor de espanto.

No, dije yo. ¡No!, grité yo. Y ahí me desperté. Y, muy a mi pesar, aquí estoy ahora, sentado en la cama, sudando. Al parecer todo el discurso precedente no es un discurso sino una rara reflexión, un bisbiseo entre dientes. No tengo idea del tiempo que llevo con esta rara reflexión pero sí de que mi mujer, al otro lado de la cama, me observa largamente. Es curioso que aún mantenga la calma, con este calor. Saco fuerzas de flaqueza y la miro a los ojos. Está claro que algo me va a decir. Voy buscando una respuesta.

—Tú no estás bien, Amadeo.

—Claro, yo no estoy bien, qué fácil.

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Fon

Francesc Fon se ha dislocado un hombro; sentado en el sofá, siente dolor; la marea le sube desde los dedos de los pies (cuña, escafoides, astrágalo, tibia, peroné), se entretiene gustosa en ambas rodillas y luego salta desde el costado izquierdo (fémur, pubis, vertebras, costillas, esternón, omóplato) hasta flambear el hombro derecho. No entiende nada, uno no se disloca el hombro sentado en un sofá, pero quiere llegar a la raíz del asunto, se resiste a abandonar su precaria posición de calma. Solo rememora. Domingo, no tiene agenda, su mujer y sus hijos no tienen agenda, lleva tres horas sentado sin hacer nada. Pensando. Uh. A primera vista, no hay motivo del que sospechar. La luxación o lujación de la articulación acromioclavicular es una lesión traumática en la que hay daño en los medios de unión-cápsula de la articulación y en los ligamentos coracoclaviculares. Descartado, sabe algo de unión, pero no tiene ni idea de cápsula ni de ligamento. Tampoco importa, tiene más pistas. La separación del hombro no es lo mismo que la dislocación del hombro, que implica desplazamiento de la articulación glenohumeral. Una separación del hombro suele ocurrir en personas que participan en deportes como fútbol, baloncesto, hockey, ciclismo, remo, rugby o esquí. El mecanismo más frecuente de lesión es una caída en la punta del hombro, o también una caída sobre una mano extendida.

Entendido: acepta fútbol. Mejor empezar por ahí. Todo cuanto sabe con mayor certeza sobre la moral y las obligaciones de las personas, se lo debe al fútbol. No es el primero que lo piensa, ojo, por de pronto Albert Camus pensó algo parecido alguna vez, pero es un buen principio. Recuerda que esta mañana, leyendo el periódico, sintió que se le empezaban a dormir los pies, pero no le dio importancia. Al borde de la página tres, la dirección del Fútbol Club Barcelona aceptaba pagar una multa de 5,5 millones de euros por fraude fiscal en el fichaje de un jugador. Resulta que era mejor aceptar este pacto que seguir con la incertidumbre que arrastran Josep Maria Bartomeu y Sandro Rosell desde principios de la Edad Media por el caso Neymar. Al final todo era un error de planificación fiscal en el fichaje del jugador. A cambio, tanto presidente como predecesor, que estaban acusados y se enfrentaban a penas de prisión, serían absueltos. También se archivaría el presunto delito fiscal del club en el ejercicio 2014: acabáramos, cuando hay un matiz positivo, por pequeño que sea, informas al final. Y si acaso te ríes.

No hay duda, lo que sufre es una infección de noticias frescas, ahora lo entiende todo, a él lo que le duele es el corazón, y después las tragaderas, pero ambos a través del hombro. Su hombro necesita una explicación. Quiere que Bartomeu y Rosell expliquen su secreto. Y luego que expliquen cómo coño el fichaje de un jugador, cuya negociación dura unos meses, parece que dura dieciséis siglos. Eso es lo que quiere. Y luego que expliquen también de una vez por todas el sentido del tiempo. Y luego cómo se puede desdoblar el tiempo. Y luego cómo pueden utilizarlo a su voluntad. Eso es lo que quiere que expliquen. Y luego quiere que haya hombros que se ahorquen allí mismo, en directo, de puto aburrimiento. Y luego que haya aficionados que se corten las venas con un cúter mientras contemplan el espectáculo, que a lo mejor se abre un vórtice y presidente y predecesor desaparecen de la mano y no vuelven más.

Claro que tampoco se olvida de Joan Laporta y de su afición a comerse a la gente, pero eso ya, si la salud se lo permite al hombro, por favor, otro día, en medio de otra dislocación, corazón y tragaderas en sufrida armonía.

Lee más sobre Francesc Fon: Aneu a pastar fan

La noticia no es otra cosa que la conveniencia del más fuerte

Patricio Pron es el enemigo, escupe, dijo Florencio Floríndez. ¿Yo?, pensé yo. ¿Yo?, dije yo. Sí, tú, cuando pase a tu lado le llamas, dices: Patricio, y escupes, la noticia no es otra cosa que la conveniencia del más fuerte. ¿Tú eres fuerte? ¿Tú eres fuerte? Pues tienes tres o cuatro o cinco segundos para conseguirme un maldito titular. ¿Yo?, dije yo. Pero si a mí en el fondo me parece un escritor agradable, dije yo. Azkona, para encontrar una noticia, cualquiera que sea, se necesita una acción, dijo Florencio Floríndez. La disertación es la hermana de la conferencia, carne de su carne, fracaso, pérdidas e inanición. Ahora, ahora, Patricio Pron es el enemigo, escupe, escupe. Y añadió: Al ave de paso, cañazo. Por las plantas de exterior, que también tienen vida; por las personas que afean y arruinan, que también son personas; por los sonámbulos, que buscan un sueño normal; por todos los ascendientes del mundo, coño, qué significa eso de mojarlos.

¿Del mundo?, pensé yo. ¿Mojarlos?, pensé yo. Del mundo y mojarlos en apenas un intervalo. Pero en esos tres o cuatro o cinco segundos Patricio repartió sonrisas y junto con sus sonrisas yo perdí mi oportunidad. Florencio Floríndez me miró con fiereza y cara de consternación. ¿Escupiste? ¿Escupiste? No, dije yo. No, claro que no, dijo Florencio Floríndez. Dudas siempre de ti mismo, dijo Florencio Floríndez. Hasta que los datos ocupan el lugar de tus dudas, dudas. ¿Yo?, dije yo. Hombre, dije yo. El ímpetu es un concepto complejo que admite diversas matizaciones dependiendo del punto de vista desde el que se considere. Su aplicación depende en ocasiones de apreciaciones subjetivas. Por ejemplo, mi seguridad. La seguridad es una de las siete necesidades básicas a satisfacer por el ser humano. Yo me duermo con el pensamiento de la seguridad y me levanto con el pensamiento de que la vida es larga.

Íncubos y súcubos, gritó Florencio Floríndez. No consiguen grandes cosas los vacilantes que creen en la seguridad, gritó Florencio Floríndez. La noticia es el hito periodístico que transmite un hecho novedoso y solo el dramatismo del suceso noticiable hace que merezca su divulgación. ¿Lo entiendes? Soy tu redactor jefe y la disertación de un trance literario no es ni mi suceso ni tu noticia, así que cuando vuelva otra vez por aquí Patricio Pron tú le llamas, dices: Patricio, y escupes. Igual no he sido lo suficientemente claro, Azkona. ¿Yo?, pensé yo. ¿Yo?, pensé yo. Usted, Florencio, dije yo. ¿Yo?, dijo Florencio Floríndez. Sí, usted, la responsabilidad reside en la conciencia de las personas a las que se les permite reflexionar y aquí yo solo soy un humilde redactor. Ya vuelve, ahora, ahora, Patricio Pron es el enemigo, escupa, escupa. Y añadí: Por los miembros del consejo editorial, que tienen muchos hijos; por el nuevo director, que no tiene abuela; por los periodistas, que también son personas; por la pervivencia de la especie, Florencio, el titular, el titular.

Lee más sobre Florencio Floríndez: Dolores
Foto: Javier de Agustín

Mejor mejorar

En respuesta (tardía) a Manuel Mistral.

—¿Te lo puedes creer?

Manuel no se lo podía creer. Colgó el teléfono y se quedó pensando. El asunto parecía grave. Su fuente había sido muy clara en la información, la noticia no tenía vuelta de hoja, pero a estas alturas resultaba difícil de asimilar. ¡Azkona en el frenopático! Madre mía. Azkona, su Azkona, el de mejor mejorar, el escritor en minúsculas, el periodista de acción, la cara y el culo de la literatura.

Sentado bajo los tiestos del pasamanos dejó pasar la mañana. Un café, otro café, una copa, Marina tráeme las gafas, el periódico. Después de comer se vistió con el traje a rayas de los domingos y se apuró en salir a la calle y caminar sin rumbo: a corta distancia, a media distancia, a larga distancia. ¿Cuánto hacía que no caminaba? Mucho. Muchísimo. Tanto que, bajo la nueva perspectiva, el mundo parecía cambiado, un lugar absurdo y desolador. Lentamente dejó atrás el Ministerio del Tiento; la Oficina de Intereses; el Servicio de Revelaciones; la Delegación de Parcialidad; el Negociado de Equilibrios; las agencias de Desinformación (la grande, la mediana, la pequeña), dejó atrás el fulgor vespertino de los empleados y las bolsas de plástico con logotipo de supermercado de los liberados sindicales. Y cuando no pudo más, se paró. Tenía que comprobar la noticia con sus propios ojos. Al fin y al cabo, Alejandro Azkona había sido su alumno, un alumno iluminado, pero un alumno.

De visita en el frenopático, seguía cansado. Caminar no era un ejercicio, era una tortura. Mejor no demorar nunca las cosas, mejor viajar de pasajero en un automóvil, como siempre. Y mientras esperaba frente al departamento de formulismos, pensó que la palabra iluminado tampoco era la palabra más adecuada para definir a un alumno, al contrario, Azkona siempre había seguido sus consejos al pie de la letra, de forma tan estricta que, quizás, el error de no advertirle del temblor de los límites fuera solo suyo. Gracián decía que la costumbre disminuye la admiración, y una mediana novedad suele vencer a la mayor eminencia envejecida. Eso, en Azkona, no se cumplió.

Firmó el libro de registro, aceptó las normas burocráticas del centro y una enfermera lo condujo hasta una pequeña habitación de paredes acolchadas y escaso mobiliario (una mesa, una silla, un diván) situado en la parte de atrás de la clínica, junto a los jardines, o junto al jardín, pues la ventana era pequeñita y las rejas apenas dejaban entrever unos árboles, o unos arbustos, y al fondo otro pequeño pabellón, esta vez sin ventanas. Manuel se sentó en la silla con la vista fija en la entrada. Al rato la puerta se abrió y apareció Azkona. Detrás, una enfermera, la misma que le hizo firmar en el registro, que le explicó las condiciones y que lo condujo hasta allí, les dijo buenas tardes, pidió perdón por el retraso y se sentó junto a la puerta con un libro entre las manos, preparada y lista ante cualquier eventualidad.

Manuel fue el primero en hablar, Azkona no tuvo tiempo ni de recostarse en el diván. Preguntó:

—¿Qué haces aquí?

—¿Qué haces aquí?

—Venir a verte, una visita siempre es de agradecer, supongo.

—Venir a verme, una visita siempre es de aborrecer, supongo.

Azkona no controlaba el sentido de la vista. Miraba en todas direcciones menos en una, la de Manuel, que a su vez subía y bajaba la cabeza, como queriendo atrapar un trozo de mirada o un golpe de vista o un mínimo de atención, pero en vano, el alumno de la mente brillante era ahora un cuerpo en trance de inconexión. Manuel insistió:

—Que qué haces aquí, coño.

—El frenopático es un lugar donde vivir. A la gente como tú puede parecerle un lugar difícil, pero para los que venimos de la luna de Valencia es el lugar idóneo donde encontrar la paz de la estratosfera. Mi estratosfera una esfera interior y una esfera de mierda.

—Definitivamente te has vuelto loco. Y no digas que no te avisé.

—Sí que me avisaste. Me avisaste. No escribas infamias, no redactes sucesos, no defiendas lo indefendible, no siembres cadáveres, no mates gallinas.

—Porque siempre lo sospeché. Cuando una persona tiende a operar con una grandiosa conducta, con una actitud pretenciosa, con un apetito insaciable y una tendencia al sadismo literario, solo hay que sumar. Dos y dos son cuatro, Azkona. Tu falta de temor era probablemente tu mayor temor. Resultaba difícil pensar en ti como si fueras un vehículo de alta velocidad con los frenos inmaculados.

—Yo no soy ningún demente, Manuel, yo soy el iluminado que va a escribir una novela para estampártela en la cara, una narración en prosa que cuente una grandiosa historia de ficción con un desarrollo inverosímil en cuanto al argumento y los personajes, o no, fíjate, mucho mejor, atento, yo voy a escribir un libro de cuentos, eso es, un libro de cuentos, yo voy a rizar el rizo de los libros de cuentos, con el dedo índice trazaré una graciosa espiral sobre mi coronilla, logrando en el acto un rizo espectacular y con posterioridad un enredo o nudo, que no es más que un libro de cuentos, varias historias de ficción con un reducido número de personajes, unas intrigas poco desarrolladas, unos clímax, unos desenlaces finales, unos comentarios o cosas que se dicen y que no se ajustan a la realidad, algo que se inventa con el propósito de causar admiración o envidia, una puta mierda de las letras, cierto, pero un libro de cuentos, un libro flaco, somero y fácil de arrojar en un cubo lleno.

—Madre mía, estás fatal.

—Yo no estoy fatal, solo soy un redactor absorbido en sí mismo, sin conciencia ni sentimiento alguno hacia los demás y para quien las reglas sociales no tienen ningún significado. No estoy fatal, todo el mundo conoce o está rodeado de personas absurdas sin siquiera saberlo. De ahí que existan los malos y en su defecto los buenos, como tú, o como yo.

—Pues a mí tus palabras me traen a la mente imágenes de individuos sádicamente violentos como Ted Bundy, Charles Manson, Robledo Puch, Albert Fish o la señorita Erzsébet Báthory, obsesionada por la belleza y por mantener la juventud. Creo que los rasgos característicos que te definen están muy claros y que los dementes cubren en realidad un segmento mucho más amplio de personas de lo que la mayoría de nosotros podría llegar a imaginar.

Azkona se quedó callado. Manuel nunca supo si por rabia o por deferencia o simplemente (simplemente) por casualidad. Si alguna vez dejó de ser un maestro estricto, resultaba inútil volver sobre lo que había sido y no era ya.

—Y qué, ¿también vas a escribir aquí?

—Ya te he dicho que sí, voy a rizar el rizo ricísimo.

—Ya. ¿Y seguirás con el blog? Los blogs están muertos, luego no digas que tampoco te avisé.

—Resulta difícil convencer a los charlies de que escribir en un blog es hacer algo, así que miento y digo que estoy todo el tiempo escribiendo una novela, que al menos se parece a algo. Pero a escondidas tú y yo ya sabemos que voy a escribir un puto libro de cuentos, un libro cuentísimo, o no, joder, espera, lo que voy a retomar es el plan principal y volverme a la novela, que la gente rara sea mi gente: Salinger, Gaddis, Pynchon, McCarthy.  Y ver pasar el tiempo, y sumar unos textos de interior, y reinventar los microtextos macro.

—Eso ya lo escribiste, no sé si te habrás dado cuenta…

—¿Insistes en el antefuturo, Mistral? ¿Otra vez?

La situación le resultaba incómoda. Manuel ya había comprobado la noticia con sus propios ojos y tenía suficiente material como para escribir de seguido una crónica periodística. Si tuviera que escribir una crónica periodística, que tampoco era el caso. No lograba acertar con la formulación del problema, y formular correctamente el problema era más importante que llegar a su resolución. Tenía que marcharse, pensar de lejos, meditar bajo los tiestos del pasamanos supondría la suficiente distancia. Se incorporó, movimiento que llamó la atención de la enfermera, y puso cara de despedida: los ojos entrecerrados, los hombros entretallados, las manos en los bolsillos. Pero justo en ese momento, Azkona lo agarró del brazo.

—Por cierto, dime quién te avisó. Alguien se fue de la lengua, joder.

—Nadie

—¿Quién te avisó?

—Nadie

—¿Quién te avisó?

—Nadie.

Manuel tiró con todo el cuerpo y se alejó unos pasos hacía atrás. Cuatro pasos y un bucle nuevo. Mentir no era su cualidad principal.

—¿Quién te avisó?

—Germán.

—¿Germán…?

Germán. Soltó la noticia y al instante notó cómo el arrepentimiento le subía desde los pies y ya le cubría por la cintura. Entonces trató de pensar en Charles Finney. Charles Finney. Charles Finney. Charles Finney. Cuando el arrepentimiento es genuino, la disposición para volver a pecar desaparece. Azkona, por supuesto, seguía en su mundo.

—¿Germán Rodrigo…? Madre mía… Germán. Me olvidé.

—¿Te olvidaste?

—Me olvidé, llevo meses para llamarle, a ver si mañana tampoco, sin falta, la intención es un alimento que está riquísimo, como el jamón.

—Ese leísmo también lo escribiste…

—¿Y? Tú dile que mañana lo llamo, Mistral. Porque aquí te dejan llamar, ¿no? Y tener Internet, y disparar con temas absurdos sobre los blogs, las bitácoras, los weblogs, y pescar en las redes sociales, y subir fotos de desgracias, y alimentar el amarillismo, y hacer el cabra, porque, hacer el cabra, está bien, ¿no? Cabrearse y publicar textos roñosos… está bien, ¿no?

El silencio anunció la retirada de Manuel y amargó su precipitada marcha. Ni siquiera la enfermera, que le seguía por el pasillo a trompicones, se atrevió a decir nada. Azkona, en cambió, sonrió.

—Otro tonto. Ya somos tres.

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