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Categoría: Marcelo Solari

Volver a empezar

colgadorok

Ayer me dijo un amigo que si no tuiteas todo el mundo se olvida de ti. Que ya hay bajas por este agobio. Ojo, decía. Era un pensamiento que extendía al mundo blog: si no actualizas con insistente regularidad, la gente que vino ya se fue, estuvo, y sus visitas se cuentan en negativo; te conviertes en una víctima digital, no en un muerto virtual en el sentido estricto de la palabra, sino en un cuerpo en trance de expiración social, en un cadáver anticipado.

No quise darle importancia. Uno vuelve a empezar y ya está, pensé. Vivo convencido de que nada en Internet puede reducirse a ecuaciones, de que es imposible verificar las fórmulas numéricas que yacen bajo la mente interesada de los pavos del «puntocom», gente como Enrique Dans o David Bravo, activistas del clan de la alambrada, del «mírame y no me toques», del «tranquilo, si hay que tocar, ya toco yo». Un clan en el fondo alegre, una forma de vida exitosa.

Uno vuelve a comenzar y ya está. En Internet resulta fácil. Puedes empezar, amagar, recular y desaparecer, en cualquier momento, y convertirte en un crítico feroz del comienzo, el amago, el retroceso y la huida un minuto después. Puedes repetir un error detrás de otro y tener un éxito inmediato, o puedes ser original y creativo y comerte los mocos. El tiempo es una medida imprecisa en Internet, su espacio un lugar extraño, desproporcionado.

En la vida, la real, en la que no paras ni estando paro, en la que si hay brotes verdes te florecen en el culo, la cosa cambia. Sigue siendo fácil comenzar: irremediablemente llega un momento exacto en el que te pones en marcha y caminas. El problema radica en volver a empezar, y si hablamos de literatura, comenzar de nuevo es un misterio. No hay gente que explique de verdad cómo ponerse en marcha otra vez. Más allá de unas breves líneas en la versión disidente de «Historia abreviada de la literatura portátil», de Enrique Vila-Matas, o de algunos consejos de Sergio Chejfec, no hay tratados que analicen la materia. Un escritor termina por recurrir al mito: cambia de ciudad, se encierra, innova, transgrede, que es como mirar el colgador de una vecina, un mundo lleno de indirectas con las que pretendes parecer diferente siendo igual.

Tengo reunidos en mi archivo nuevos comienzos de todo tipo. Uno de ellos consiste en descubrir la secuencia del signo medio largo, que no es más que un guión un poco más largo, y cuyo secreto es uno de los mejor guardados de la literatura moderna. Partir de ahí es una opción. Lo normal, en otras circunstancias, sería saltarse la ley y violar el copyright de un ebook cualquiera, digamos que de «El pibe que arruinaba las fotos», de Hernán Casciari, y darle marcha al ratón, cortando uno de los guiones medios largos y pegándolo en nuestro texto. Eso sería lo normal, digo, una idea brillante aunque nada factible. Las editoriales prohíben la copia del todo, o la parte, y por mucho que luzca el signo de una gran obra en nuestros textos, resulta algo muy poco profesional, nos obligaría al reinicio del regreso, y eso ya sería un bucle.

También se puede dejar de comprar revistas. Yo ya no lo hago. Desde ayer. Llegué al kiosko y hablé con Quiosquito Solari. Dije: Marcelo, escucha, mi gasto en revistas me lo cambias por caramelos sin azúcar, que ya los hay, habla con tu distribuidor, innova, transgrede. Al comprar revistas uno se fija en las portadas, todas prometen, y luego zozobra en su interior, blasfema ante los desatinos, se aburre. Antes de escribir una sola línea demos la bienvenida a la tapa dura.  O a la tinta electrónica. Digamos adiós al papel cuché. Adiós al olor a tinta y pegamento. Adiós a los intermediarios. Adiós a cualquier revista excepto a Orsai, por ejemplo. Dejemos una excepción que confirme la acción. Seamos justos.

Puede que al principio nos domine el vértigo, que nos preocupen las empresas editoras, que surja el temor a una debacle, a que no puedan recuperarse de un contratiempo así. Puede. Pero volver a empezar es, al final, pensar en que nada existió, la revelación algo tardía de que todo se resume en conseguir el milagro de una mirada perpleja.

photo credit: Saio via photopin cc

El día de la verdad

Mi amigo Marcelo Solari es el doble de Juan Manuel Sánchez Gordillo. O, al menos, lo fue hasta el pasado domingo, día de la verdad.

Solari es argentino, de Gualeguaychú, una pequeña ciudad turística en la costanera de Entre Ríos famosa por sus carnavales. Un mañana, con el cambio de siglo, se alejó media cuadra de su casa, cerró los ojos un momento y, al abrirlos, apareció por error en Zaragoza. Solari es un tipo movedizo, salta a la vista, así que no tardó en cometer un nuevo error al enamorarse y otro más al tener a Mirta, con lo que el destino le retiene, de momento, aquí.

Hace unos años, su mujer me enseñó, divertida, la foto de un alcalde andaluz llamado Juan Manuel Sánchez Gordillo, alguien que, en aquel entonces, resultaba un completo extraño a más de seis o siete metros de Marinaleda. Graciela y yo nos miramos, sonreímos, y decidimos ocultar a Marcelo el asombroso parecido que le unía con aquel extraño alcalde de la foto. La decisión, convertida después en pacto vinculante entre amigos y conocidos, fue pronto un secreto a voces, un tema difícil de ocultar, algo insostenible, pues la semejanza se tornaba milagrosa, una absoluta equivalencia, dos gotas de agua en una birlocha, de frente, de lado, en perspectiva, un único detalle los diferenciaba: Solari bizqueaba, torcía el ojo izquierdo hacia el Moncayo, hacia Gualeguaychú, aún mas allá.

A mediados de agosto, una tarde derretida en Zaragoza, Solari decidió tomarse unas vacaciones: su compadre Diego Arco, delegado de la asociación Casal Argentino, organizaba una gira de conciertos de los Pibes Chorros por Andalucía. Quizá fuera el momento adecuado de alejarse unos días de Zaragoza, cerrar los ojos y, al abrirlos, aparecer por error en la provincia de Jaén. Baeza, Úbeda, el Parque Natural de Cazorla, Segura y las Viñas… parecía un buen plan y, en el barrio, al principio, no le dimos importancia. Aquellos lugares quedaban lejos de Marinaleda, y lo más cercano a un periódico que Solari confesaba leer eran las pegatinas de los botes de champú.

Pero el pasado jueves, 6 de septiembre,  Solari me llamó.

—Pibe, tenés que quedarte unos días con la Mirta, bajá y te explico.

—Marcelo…, te hacía con los Pibes Chorros…

—Bajá.

La premura me extrañó; pero, sobre todo, aquel marcado acento. Marcelo Solari, por norma, habla en un perfecto español neutro, y solo hay dos circunstancias que logren alterar esa estricta neutralidad: la conversación con un compatriota y una mala noticia, un gran problema, sobre todo si éste le afecta personalmente. Así que bajé, raudo, y en el bar de la esquina, sobre la barra, derrumbado, encontré a Solari.

—Sentáte acá, en la terraza, tengo que contarte algo…

—Coño Marcelo, te pareces a tu mujer el día del parto, solo te faltan las lágrimas y una Mirta entre los brazos…

Solari me miró, muy serio, apuró un zumo de piña muy escaso y habló:

—El mundo me confunde.

—¿Todo el mundo? Demasiados me parecen.

—Sin bromas, pibe, estoy fuera de mí, no abrazo un bolo…

Enmudecí. Solari, la mayor parte del tiempo, es un tipo recatado, silencioso, los amigos, en ocasiones, cronometramos su mutismo, vive en un estricto silencio, muy dentro de sí. Aquella expresión, aquel fuera-de-sí, sonaba grave, alarmante.

—Contáme, ¿vos pensás que me parezco a alguien?

Seguí callado, pero por dentro imaginaba un no, un no muy largo, casi un sí, un claro.

—Míráme, soy, a toda luz, la viva estampa de un político, uno en concreto, uno rojo, uno que anda loco gastando flema, la diestra de lo exiguo, la siniestra del capital. Juan-Manuel-Sánchez-Gordillo, ¿te suena?

Negué por segunda vez, mentí, para qué engañarnos. Y Marcelo, abrumado, perdido, fuera de sí, comenzó el relato de su breve ascenso a la realidad. De su viaje a Úbeda. Con Mirta. Y con su mujer. Del primer día, que ya resultó extraño. De su visita al Mercadona, una mañana. De la carrera tras los guardias de seguridad, que le seguían por delante, recelosos, muy atentos al carro de la compra. Y de su encuentro con el encargado del establecimiento frente a la sección de congelados.

—Va usted a abonar la compra, ¿no?

—Yo lo que voy es a pagar, espero, el único abono que tengo, a falta de que el Patronato de Entre Ríos irrumpa en la liga española, es el del Real Zaragoza.

—¿En efectivo o con tarjeta?

—En Visa, si le va bien, pero la tengo en pesos, una lástima, espero sepan traducir la conversión…

De allí Solari se fue pensando, aún dentro de sí. Le resultó extraña la situación pero trato de ir olvidando hasta que, esa misma tarde, en un Zara de Jaén, mientras elegía entre un pullover para Mirta o una chanclas para él, volvió a ocurrir.

—Perdone señor, ¿viene usted solo?

—No. Aquí tengo a mi señora, buenas tardes; este tapón es la Mirta, hola; y ya. Tres. En total. Si les parece me vengo con los Pibes Chorros y reventamos la caja.

La respuesta resultó incorrecta. Al menos los guardias de seguridad lo creyeron así. Para ellos se gestaba una invasión.

—Lo siento señor, tiene usted que abandonar la tienda.

A Solari, si hay algo que le calienta, es la mera posibilidad de abandonar. Si se lo proponen, se irrita, pasa a la acción; sin el menor rastro de duda reacciona, se empeña en mostrar una absoluta indignación.

—¿Abandonar? De ninguna manera. Eso jamás. Ustedes me traen una hojita, yo describo mi queja, luego me invitan a marchar y, si se cumplen las condiciones, acepto cruzar la meta.

Marcelo comenzó a sospechar, se inquietó, y convertido en un sospechoso de sí mismo, lo evidente,  la revelación final, surgió al día siguiente, en la fiesta que Diego Arco organizó para los Pibes Chorros en una finca de Hornachuelos, un palacio con piscina reconvertido en alojamiento rural. Allí se fue. Sin Mirta. Y sin su mujer. Y disfrutó del asado, de la música y de la conversación, casi hasta el final, momento en el que, junto a su compadre, desde un balcón, presenció in situ la noticia que al día siguiente difundirían todos los medios de comunicación: El sindicato “ultra” SAT invade un palacio en Hornachuelos. Apenas un minuto después, Solari y Diego Arco hablaron por última vez antes de marcharse, y tuvieron el dialogo más absurdo que nadie escuchó nunca entre dos argentinos.

—Che Marcelo, mirá. Ese de ahí, el que da manija a los tricornios, ¿no sos vos?

—Disculpáme la joda, Diego, pero… si ese soy yo, vos… ¿con quién hablás?

Solari pensaba que aquel problema tenía difícil solución y que, antes de nada, necesitaba un par de días para mentalizar a su mujer.

—Entonces, te quedás con Mirta, ¿no?

Yo creía en un nuevo corte el pelo, en desterrar la barba, algo simple, una cirugía sencilla. Pero no dije nada. Pasé el fin de semana con Mirta en casa, tres días, algo agradable, supongo. Y el domingo, Solari volvió mucho más tranquilo, casi dentro de sí.

—¿Marcelo?

—Decí.

—Date la vuelta, veamos lo que hay.

Y lo que vi me impresionó. No era él. Ni tampoco Juan Manuel Sánchez Gordillo. Las gotas de agua habían caído de la birlocha, se había roto la equivalencia, una nueva cara era evidente. Y aun así,  busqué el contraste, el contraste antes que nada, pensé. Y del contraste surgió la paridad, una nueva conexión.

—No digas nada. Me viste en alguna parte. Este corte de pelo, esta cara redonda, despejada, punzante al final. Y el ojo, retorcido… me conocés.

—Sí, pero… de qué.

—Pibe, entendé, simplificá, a veces los vivos se escorchan.

—Ya caigo Marcelo…

—Sí. Se acabaron las jodas. Ya no habrá retorno. Se materializó el día de la verdad. Soy Néstor Kirchner, soy Lupín. La viva estampa de un presidente muerto. El capital, la plata. Soy la K.

© 2017

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