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Categoría: Reseñas

La novela luminosa

Sin apenas esfuerzo (ávidos lectores), en la literatura uruguaya podemos encontrar una estirpe de autores que la crítica define, si no como admirables, al menos sí como raros. La típica broma sobre literatura latinoamericana que explica los aportes más significativos de algunas naciones lo deja bien claro: Chile ha parido poetas; Argentina, cuentistas; México, novelistas, y Uruguay, raros. Ercole Lissardi lo argumenta así: La razón por la que hay escritores raros en Uruguay es que la cultura uruguaya es profundamente chata. Que quiere decir: los verdaderos escritores, ante la ausencia de cualquier tipo de discurso o de mirada, se encuevan y se alimentan de su propia locura. En Uruguay hasta que no estás muerto, no estás vivo. Esta sensación de extrañeza se apoya, inevitablemente, en la obra de escritores como Lautréamont, Felisberto Hernández, Herrera y Reissig, Armonía Somers, Juan Carlos Onetti, Delmira Agustini o el propio Mario Levrero.

Levrero manejó su obra como el dueño de un colmado, colonial o ultramarino que ensaya con viejecitas y transeúntes, pero cuyo alto conocimiento de los vaivenes del mercado le permite minimizar errores y dar con resultados provechosos, puede que no esperados, pero siempre bienvenidos. Es el caso del libro que nos ocupa, La novela luminosa, donde el escritor uruguayo ansía recuperar un proyecto fracasado veinte años antes y solicita una beca a la John Simon Guggenheim Foundation. Cuando se la otorgan, libre de estrecheces económicas, escribe el «Diario de la beca» (el prólogo de 450 páginas de La novela luminosa), en el que cuenta cómo es que se gasta el dinero sin escribir ni una línea. Enganchado al recurso, Levrero lleva a cabo la imposibilidad novelada de la novela, un poco como en El libro vacío de Josefina Vicens, una novela sobre la inviabilidad de escribir, pero también sobre el impedimento para dejar de hacerlo. Nos encontramos ante el relato de lo inasible y del día a día de la no escritura. La crónica milimétrica del tiempo diluyéndose entre rutinas de Visual Basic hasta alcanzar por fin un final y descubrir la profunda raíz de la nada.

No voy a extenderme más, como en La novela luminosa, esta reseña tiene algo de prólogo. Este autor menor escribe sobre el libro del autor mayor con el fin de especular sobre su contenido. Cabe preguntarse, no obstante, si la novela de Mario Levrero merece una opinión destellante por parte del autor menor. Aclaremos que sí. Yo, como Patricio Pron, necesito tener siempre a la vista La novela luminosa. Con frecuencia la abro al azar, releo un párrafo o dos y vuelvo a cerrarla. Huyo de la angustia difusa que precede a la posibilidad del ocio. Imagino que puedo refugiarme en La novela luminosa, abrazar su promesa de contarlo todo. Porque Levrero vive todavía allí, supongo, y su sonrisa brilla muy seriamente sobre el papel ahuesado de color amarillento. Nadie ofrece tanto como el que no cumple.

Y, sin embargo.

Y sin embargo tampoco puedo olvidar ni rebatir las palabras de Pablo Ramos: Levrero parece a veces un viejo con pañales llenando de baba a una adolescente drogada o en coma farmacológico. Pero bueno, quién es Pablo Ramos. O, sobre todo, quién soy yo.

La familia Moskat

La familia Moskat es un libro enorme. Enorme por su extensión: quinientas-y-pico páginas del formato pequeño y letras chiquitas, chiquititas, tan pequeñitas, tantas; ochocientas-y-pico páginas del formato grande con letras medianas, mini medianas, medio intermedias, casi pequeñas. Enorme por su argumento: la historia de La familia Moskat se extiende desde principios del siglo XX hasta la entrada de los nazis en Varsovia en 1939. Enorme por la forma aplicada a su argumento: historias amorosas y líos de familia se entremezclan en el transcurso de la Historia y el autor demuestra su formidable autoridad a la hora de dar a cada cosa su lugar. Enorme por la cantidad de personajes: encontramos a toda clase de gente y a gente de todas las clases, en una especie de caos ordenado, principales y secundarios en perfecta armonía.

Isaac Bashevis Singer, el autor de esta enorme novela, fue un escritor polaco de origen judío que emigró a Estados Unidos en 1935, cuando comenzó a vislumbrar la inclinación de Hitler hacia el voivodato de Pomerania, el territorio creado en el Tratado de Versalles para dotar a Polonia de un acceso al mar Báltico a través la desembocadura del río Vístula y a cuenta del extinto Imperio alemán. Hijo y nieto de rabinos, vivió en el barrio judio de Varsovia, donde contempló en primera persona el creciente antisemitismo en forma de pogromos (destrucción y expolio de sus bienes por parte de la población polaca).

Bashevis Singer, que en 1978 obtuvo el Premio Nobel de Literatura, escribió siempre en yiddish, y todas sus obras se enmarcan dentro de la narrativa realista. Como el propio Henry James definió: «El realismo es lo que de alguna forma o manera nos podríamos encontrar, mientras el romanticismo es algo que nunca encontraremos». En esta novela, Singer refleja muy bien las costumbres de la gente, la vida de la calle, el ruido de la ciudad y su movimiento perpetuo, la cultura tradicional, las escenas de familia, quizá porque tuvo el don de captar el secreto de la existencia, la variedad de las relaciones humanas y la discordancia de sus comportamientos. Los personajes pertenecen al escenario y este resulta esencial para ellos: los protege, les da un sentido, los explica, y eso produce una significación frente a todo lo que les rodea.

La novela puede parecer, en realidad, un incisivo documental sobre el mundo judío de Varsovia. Su enorme valor literario no eclipsa el valor de crónica de una sociedad demolida y arruinada como es la de los judíos de Polonia. Refleja también el eterno conflicto entre tradición y modernidad que subyace todavía hoy en el seno de la sociedad judía: los fieles chassidim, encerrados en sus practicas ancestrales, y los jóvenes defensores del Iluminismo, seguidores o simpatizantes del movimiento Haskalá, que es el movimiento de iniciación que intenta secularizar la vida judía y abrirse al exterior, germen del actual estado de Israel.

Así, quien se adentre en sus páginas, encontrará entre los personajes principales a Meshulam Moskat, el viejo patriarca, a Asa Bannet, un abatido y desorientado luchador en medio de sus dos esposas, al tío Abram, optimista trágico, o a Koppel, administrador de Meshulam, que crece y crece en su condición de secundario hasta casi protagonizar la novela. Todo está medido y cuidado, ningún detalle se muestra menor, Singer fue un artesano con vocación de artista, un prodigio de la recreación literaria que culmina en esta novela con la trupé de segundones: Abram Shapiro, marido de Hama, el yerno irreverente del patriarca Moskat; Adele, la hijastra de Meshulam; o Leah, la hija más joven, que vive enamorada de Koppel, casado y con hijos.

Nadie está contento con nadie pero, mientras tanto, o, a pesar de ello, todos celebran el Sabbath, el Purim, la Januká, las mujeres se peinan con trenzas retorcidas hasta que se casan y se cortan el pelo para ponerse la tradicional peluca de matrona, los hombres se visten de negro y lucen largas barbas… Da igual, al final son incapaces de comprenderse unos a otros. Ni una relación feliz del todo, permanente o calma en sus paginas. Más de una vez, da la impresión de que Singer plasma una desilusión: nadie puede ser feliz en el amor, todos envilecen a la mínima de cambio, un cambio cruel y desgarrador.

Llegados a este punto, me veo incapaz de escribir esta reseña. Tal es su complejidad y las implicaciones que conlleva. Tómese el lector las líneas que anteceden como una aproximación sutil a la novela. Una novela inolvidable, magistral e inmensa. Y también difícil. Quien la lea quedará admirado de su capacidad para cruzar millones (¿millones?) de historias y personajes sin que sobre ni falte nada. Cualquiera que acepte el reto chocará de frente con una manifiesta escasez de razonamientos y explicaciones, pero gozará de la potencia expresiva de la mirada, una mirada que recorre por dentro a los personajes hasta darles una dimensión personal e histórica; Singer pertenece a esa clase de escritores para los que lo importante es ver aquello que resulta invisible para los demás.

Para terminar, una advertencia: la conciencia judía impregna el libro, pero no estamos ante un libro de carácter judío. Al menos, no solo. El poder de esta novela radica en su universalidad. Como en las grandes obras de los Grandes, es la esencia de la condición humana, no el lugar, la raza o la creencia, lo que la engrandece, idea que ya he intentado pincelar en líneas precedentes. Estoy seguro de que ustedes, ávidos lectores, serán capaces de apreciar su capacidad para llegar al corazón, como uno de esos relatos imprescindibles que nos atrapan desde la primera página.

Articulo publicado en Un libro al día, 24/04/2016

Pasajero K

Empezar diciendo algo: los editores aseguran que sobra y se tira papel. Tener en cuenta que hay un mostrenco al otro lado, el lector. Afinar. Los editores aseguran que sobra y se tira papel, pero que no están preocupados, la buena literatura abunda. Valorar la superposición de un «oiga». La buena literatura abunda, oiga. Sí, sí, mucho mejor.

Un editor de libros es una especie de persona. Su lenguaje es la sinopsis y su adjetivo el calificativo. Dentro de sus complicados mecanismos, Pasajero K, el libro de Adolfo García Ortega, forma parte de un rotor en la sección de Novela intelectual. Que qué pereza, dirá usted. Bueno, tampoco. Pasajero K es una novela intelectual pero no hay rastro de ningún pérfido existencialista, cuestión más que trascendente, se mire por donde se mire. Porque la vida puede ser una mierda, efectivamente, pero es una porquería que se pega a la ropa o a otra cosa, no suele pararse a reflexionar.

Por eso me gusta que Adolfo se mueva. Se mueve tanto que nos tiene todo el día de viaje, pero en tren, Europa es su territorio, y mientras avanza va ganando en emoción, hasta que estalla, entonces la novela se convierte en una suerte de liberación: el origen, la razón, el dolor, la violencia, la miseria humana, todo está relacionado, aunque sea duro reconocerlo, aunque sea más fácil mirar hacia otro lado. Adolfo García Ortega ha construido una frenética novela de trenes y acontecimientos —los grandes expresos de antaño frente a los trenes de alta velocidad que ajustan el movimiento a los tiempos de ganancia—, agarrándola del mismo modo con que otros aprietan el mango de un puñal en sentido descendente, pero sin empujar, todo muy digno, Europa sigue siendo un lugar desolado en el que los horrores de la guerra balcánica de finales del siglo XX permanecen a flor de piel.

Uno puede asomarse al mundo muy enfadado y rebelarse contundentemente contra el Sistema a golpe de clic, o puede dedicarle tiempo al asunto y escribir un libro, como Adolfo, que además de traductor crítico articulista es un escritor con talento y buen gusto y seguramente las retinas desgastadas y las muñecas rotas. El resultado es excepcional, aunque a mí no me guste el título, lo siento. Tampoco me ilusionan los nombres de los personajes, voy a decirlo: Fernando K. Balmori, un viejo director de cine; Sidonie, la joven periodista. Pero la novela es cojonuda. En serio, está para comerse a besos al autor. Puede incluso que usted le encuentre un sentido emocional al título, conecte con el nombre de los personajes, no sea un raro ni tenga algún pariente reseñista, o peor, filólogo procesal, para quien todo es demasiado obvio o difícil de entrever, y entonces, el abanico es grande, Pasajero K sea uno de sus libros del año. Avisado queda.

Terminar con una cita: En resumen, leer es buscar. Rubricar: Leer a los mismos siempre, sobre todo si vienen de fuera, es muy pesado. Lea también a otros. Gente de dentro, sí. Adolfo García Ortega da en el clavo con Pasajero K, pero resulta que tiene más libros: Café Hugo, Lobo, El comprador de aniversarios, Autómata. Luego, si se autoexige más nombres, haga como yo, averigüe, los buenos abundan: Joaquín Berges, Pedro Ugarte, Luisa Etxenike, Alejandro Gándara, Patricio Pron, Eduardo Halfón, Xavi Ayén, Sergi Pàmies, Clara Usón… ¡Podría estar todo el día!

Podría, pero no lo voy a hacer, oiga, espabile también usted.

Artículo publicado en Un libro al día el 03/10/2015

Teatro (1)

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El 16 de abril ofendí a Montuenga; fui un presunto bajo adversario; difundí un defecto de ficción disfrazado de contrarreseña; cometí teatro.

Por el mismo precio, molesté a Molina.

Mal parí.

Pido disculpas a S.

(O, en un registro más formal, solicito).

El loro de Flaubert

Barnes, Julian

 

El hilo de este texto es una aguja. Comienza así: Una reseña es, al parecer, un espectáculo. Una masa menor u obrilla en cuyo centro se coloca algún tipo de opinión literaria o combinación de ellas y que comienza con un  «vale» entre paréntesis, aunque casi siempre se omita.

(Vale.)

Hace más o menos un año, un dos de abril, al mediodía, mientras los periódicos colombianos enviaban papel a la prensa venezolana, Montuenga (nuestra Montuenga) publicó en ULAD la reseña de un libro legendario: El Loro de Flaubert, de Julian Barnes. La novela le gustó, pero poco. Descubrió que el autor no se sometía a más criterios que los propios y eso pareció desorientarla. El loro de Flaubert resultaba una obra meritoria como experimento en su época, pero quizá fallida en parte, o al menos no tan excelente como proclaman muchas de las críticas. Segundos después, sus seguidores (los de Montuenga) dejamos por unos minutos de respirar. Acto seguido los fans de Julian Barnes lanzaron transparentes indirectas acerca de la existencia de un plan cósmico. Aquella reseña parecía de Montuenga y no lo parecía. Su falta de alegría era alarmante. ¡Rozaba lo triste! No podía ser en sí misma. Pero sí que lo era.

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Kassel no invita a la lógica

La llamada más tonta del mundo interrumpe la tonta rutina de un escritor. Una tonta al otro lado de la línea le dice que los McGuffin quieren invitarlo a cenar para desvelarle una tonteria. Al rato descubrirá que se trata de una convocatoria para participar en la Documenta de Kassel, la feria de arte contemporáneo, donde su cometido será sentarse a hacer el tonto en un restaurante chino de las afueras.

En Kassel, el escritor comprueba atontado que su estado de ánimo no decae al atardecer y que, además, la tontería lo invade también mientras pasea impulsado por una energía sospechosa que late en el corazón de la feria. (Yo sospecho que es la respuesta anodina e insultante del arte que se levanta contra la confusión, pero no tengo las pruebas aquí, luego las traigo.)

Sin recursos, hondura ni lucidez, Enrique Vila-Matas cuenta la historia de una tonta expedición: la del tonto solitario que, rodeado de tonterias, se atreve a traducir un idioma que no conoce, participa en bailes imposibles, duerme por partes y, al final, encuentra una excusa en el camino: comprar una terraza. Porque lo que compra es una terraza. Y desde su terraza de Kassel, este tonto nos invita a ver el mundo desde otro ángulo y a la vez se olvida de la esencia misma de la literatura: la razón, la verdadera razón, para no escribir.

Artículo publicado en Unlibroaldía el 14/10/2014

Aclaración de principios

KASSELf2

Este post no se presenta como el principio de una secuencia lógica de palabras que avanzan desde un punto A hasta un punto B. Más bien ofrece una aclaración, y esta aclaración que ofrece consta de tres frases sencillas.

Soy fan de Vila-Matas.

Alguien iba a hacerlo.

Mejor yo.

Al finalizar, muestra una directriz.

K:\>send aclaracion.txt by mail to M:\>ManuelMistral_ <press enter>

Articuentos completos

Esta reseña la escribo desde el otro lado, aquí la verdad es relativa, todo el mundo tiene la razón hasta que no la tiene: mesura, lo llaman. En el mundo real la cosa se complica, entra en juego el Capital. De pronto, la verdad no es más que una mentira emocionante. Como el Indicador Público de Renta con Efectos Múltiples o la Formación Bruta de Capital Fijo. Aquí no hay, aquí uno puede tener una cosa con la tranquilidad de poder aspirar a otra. Sin más.

Llegué ayer. Me mantuve un rato en Babia y con cierto asombro traspasé el umbral. Descubrí que somos todos idénticos. La misma persona. Yo soy yo, mi suegra y Manuel Mistral, el músico. Entre todos. Así que ando aún bastante perdido, no acabo de comprender del todo el procedimiento, si miro fijamente a los ojos de mi suegra: me derrumbo. Quizá porque ya me libré una vez de mi suegra. Quizá porque el nuestro es un nosotros muy difícil de asumir.

Por lo demás, el otro lado es un lugar agradable. A nadie le da por publicar un libro de novecientas cuarenta páginas y mil doscientos veintinueve gramos en un catálogo de biblioteca breve. Por ejemplo. En la mundo real, sí. Allí se levanta un día un mandamás de Seix Barral con ganas de marcha y te perpetra los Articuentos completos de Juan José Millás en una mañana. Lo planta ahí, en tu vida, como un pino. Los Articuentos son breves, piensa, gustarán.

Y así, desde 2011, se han documentado todo tipo de lesiones musculoesqueléticas relacionadas con el libro. Son lesiones recurrentes, que afectan a músculos, tendones, huesos, ligamentos, discos intervertebrales y nervios de espalda, cuello, hombros y extremidades superiores. Porque los Articuentos son breves pero muchos, muchísimos, nunca nadie se atrevió a contarlos, tal vez por miedo, o por paralización, juntos son demasiados, no hay persona humana que los pueda soportar.

Luego queda lo de dentro, la miga, los culos más amables de la prensa matinal. La biblia de Millás, con prólogo de Juan José Millás. Algunos de los textos de ficción periodística más destacados de la narrativa española en un soporte fallido. F-a-l-l-i-d-o. Que levante la mano el mandamás. Usted: Hasta Millás pide disculpas en el prólogo. Por favor.

Claro que también puedo estar exagerando. Quizá no haya nada más allá de los sucesos lánguidos de lo cotidiano. Quizá un libro así sea normal y la línea recta que traza el capital continua tras cada torcedura. Si es así, les pido disculpas. En mi nombre, en el de mi suegra y en el de Manuel Mistral, el músico. Entre todos.

(Artículo publicado en #unlibroaldía el 30/09/2013)
Fotografía: Guadalupe de la Vallina / Jot Down

La broma infinita

Esto es una entrada automática. Si lo prefiere, puede llamarme post. El autor del blog está, pero no. Distraído, absorto frente a la pantalla, no muestra ninguna actividad. Nada indica que vaya a escribir. Me encuentro ante un humano perfectamente ausente, un autor embalsamado, quizás, quizá exánime; ver pasar el tiempo parece su única y rara aspiración.

Siga leyendo, la situación lo merece. Si desechamos la escena en su conjunto y nos centramos en observar cada detalle con atención, hay movimiento, vea. Es casi imperceptible. En la mano derecha del autor hay dos dedos, el índice y el pulgar, que cobran vida y se deslizan en vaivén. El índice traza círculos verticales sobre una rueda imaginaria y el pulgar le sirve de apoyo. En la pantalla, al mismo tiempo, corre un texto a velocidad constante. Así que, en medio de la fabulosa calma, tenemos un movimiento regular y una reacción consecutiva.

(Permanezca en silencio, por favor, el autor del blog se cree limpio de miradas extrañas.) (Usted aún no lo sabe, pero sobre la pantalla discurre un texto literario. Se trata de  ‘La broma infinita’, de David Foster Wallace, una lectura interminable que precisa valor y tiempo. No sabemos cuánto de cada cosa, supongamos que mucho.) (Leer ‘La broma infinita’ es una proeza por su extensión. Mil-doscientas-ocho páginas, de las cuales hay más de cien de notas al pie, recogidas al final del libro. David Foster Wallace sitúa la novela en torno a dos escenarios principales: la Academia Enfield de Tenis y la residencia Ennet House, un lugar donde las personas tratan de superar su adicción a las drogas y al alcohol. Contiene innumerables tramas paralelas, múltiples escenarios secundarios, elipsis interminables y una atmósfera extraña y magnética.)

Bien. Fíjese de nuevo en la pantalla. El autor del blog ha logrado superar con muchas dificultades la descripción del juego Escaton y por sus ojos han desfilado ya perturbados, yonquis, lunáticos, adictos en proceso de rehabilitación, niños prodigio, estrellas del tenis, familias disfuncionales, tipos con diversas discapacidades, tipos con diversas deformidades, enanos, depresivos, alcohólicos, suicidas, pederastas, incestuosos y madres que abandonan a sus bebés.

En la Academia Enfield de Tenis ha conocido, además, a los Incandenza, una familia de genios y frikis. Ya sabe que el padre se suicidó metiendo la cabeza en un microondas. Y que experimentaba a lo loco con películas y cortometrajes. Ya sabe que una de esas películas, ‘La broma infinita’, viene con fantasma. Cuando el espectador la ve, se engancha de tal manera a las imágenes que sólo quiere verla una y otra vez hasta que muere. La película es una especie de llave para conducir a los humanos al otro barrio: la eternidad es infinita y la muerte es la broma que nos espera al final de la vida.

Ahora, aléjese unos centímetros. El autor del blog permanece trabado en una de las escenas de Don Gately en el hospital, casi al final del libro, y es un buen momento para tratar de huir sin conseguirlo. ‘La broma infinita’ es un libro espeluznante, una gran broma en sí misma porque su concepto es un bucle perfecto y aterrador. La película de Incandenza funciona de enganche y convierte a los humanos en esclavos de la imagen, dependen de lo que ven,  y eso los sitúa a un paso de la extinción. Le hablo de las adicciones. Las Adicciones. A sustancias, a series televisivas, a programas de radio, a revistas guarras, al doble o nada, al qué dirán. A escribir. Y a leer.

(A leer.)

Esto es una entrada automática. Si aún lo prefiere, puede llamarme post. Usted está, pero no. Distraído, absorto frente a  la pantalla, ha dejado de moverse. Nada indica que vaya a marcharse. Me encuentro ante otro humano perfectamente ausente, un lector embalsamado, quizás, quizá exánime. Usted acaba de comprender que lo importante es la prosa, el estilo, el cómo y no los porqués.

El país del dinero

Apunten: según Martina Mistral, de cinco años, la última novela de Pedro Ugarte, El país del dinero, es un libro de peluqueras. Cada día Martina reúne a sus muñecas frente a la bañera, prepara con mimo el secador, sitúa los peines, las gomas, los rulos, y cuando tiene todo preparado, ojea el libro estampado con el hombre del maletín y se inspira. El truco está en mirar por el libro y hacer un peinado. Un peinado rápido, sobre todo.

Una niña con un libro, pienso, es más peligrosa que una niña sin un libro, así que cada vez que Martina nos visita y me roba mi Pedro, yo intento distraer su atención y recuperarlo. Luego cruzo el pasillo, me encierro en mi despacho y respiro con levedad. Ya está, me digo. Abro el libro, examino sus páginas y vuelvo a respirar. Pervive. Entonces, invariablemente, la novela casi a salvo, Martina llama a la puerta. Tienes mi libro de peluqueras, dice. De peluqueras, digo. De peluqueras, dice.

Las bibliotecas domésticas tienen algo de exhibicionistas, de farsantes. Reflejan una imagen de nosotros, pero es una imagen incompleta, de mentira, por lo que no resultan útiles a ojos extraños la mayoría de las veces. Las bibliotecas domésticas son, en secreto, diez o doce libros importantes, diez o doce libros camuflados de casualidad entre cientos de señuelos. Una docena de libros huevo en el ponedero de los libros trampa.

«El país del dinero» es uno de mis libros huevo. Hay algo de maravilloso en él. No son los hechos reales los que lo construyen, sino las palabras, y es la mano de Pedro Ugarte la que empuja las palabras, la que construye y luego rompe las frases para volver a componerlas. En ocasiones, al escribir, uno inventa periplos complicados en el orden de los hechos, pero a Pedro el ruido del dinero le trae los recuerdos de un país exacto en el que las grandes tragedias, en realidad, no lo parecen. Son discretas, silenciosas, tremendas de tan bien educadas. Ni siquiera descubren su naturaleza. Ni siquiera revelan lo que son.

Ahora llaman a la puerta. Es Martina Mistral. Necesita su libro de peluqueras. La juventud, en contra de lo que se piensa, es la edad más seria de la vida, así que toca despedirse. Dieciséis por veinticuatro centímetros, trescientas veinte páginas, tapa dura. Supongo que a estas bajuras Pedro no se enfadará

De peluqueras, digo. De peluqueras, dice.

© 2017

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