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Café Kubista

Marugán

Manuel Marugán, técnico en inspección de componentes, subido a una silla con estricta actitud juiciosa: los brazos extendidos, las manos en aplicada labor de encaje, mirome de reojo por encima de las gafas y al momento trocome una bombilla. Consumada la reparación y ya en el salto de bajada, previo a la inminente argumentación, deslumbrose a la luz de mi linterna. Roto el equilibro, asumida la caída, confirmada la pérdida, comprole el suelo. Vendido, con una pierna estirada y otra atrapada debajo de la silla rota, quejose.

—¿Tú estás tonto?

Tonto es una palabra muy superficial, pensé. Lo mío era algo más profundo. La ventaja de ser inteligente consiste en que resulta más fácil pasar por tonto, lo contrario es mucho más difícil. A mí lo que me atravesaba era un temblor constante, nada vaciaba la angustia que contenía en el pecho. De mí asomaba la satisfacción que se toma del agravio y su hilo conductor era el extremo de una aguja. Pero mantuve la calma.

—Tranquilo, Marugán, antes de lamentar la compra, recuerda: yo no soy el suelo.

—Qué compra ni compra, joder. Tú eres bobo.

—Uy, entonces alabada sea la práctica. Para un técnico debe ser terrible estar a punto de perder el conocimiento.

Era una broma fácil y dicha sin pensar, pero al final salí con eso. La vida moderna produce más que ceguera, confusión, y una aparente capacidad de atender tanto a los deseos como a las necesidades de las personas. Yo buscaba el desconcierto. Ese que con cierto masoquismo hace que alguien te considere como único responsable de lo acontecido, cuando la realidad señala que siempre hay que compartir la culpa. Así que adopté una posición defensiva frente a su admirable recuperación.

—¿Estás bien?—pregunté.

—¿Estás bien? ¿Estás bien? Estoy entero, que ya es algo. Dios me libre de tu próxima ocurrencia. Porque seguro que algo nuevo se te ocurre, ¿no? Pues eso. ¿Y ahora?

¿Y ahora? Durante un buen rato lo estuve considerando. Primero pensé en mi mujer. Ya no se mostraba especialmente atenta. Su rostro expresaba frialdad y por encima de la frialdad asomaba el resarcimiento. La imaginé en este apartamento o en otro apartamento con las ventanas cerradas y las cortinas echadas, tumbada en la cama con las piernas abiertas, comiendo carne a trocitos y bebiendo leche condensada. Luego vi, con los ojos cerrados, como Kolakowski, el filósofo polaco, tenía visiones muy duras sobre el bien el mal mientras se acercaba a Marugán y a mí. El mal es el mal, no está basado en una circunstancia personal, es una fuerza humana completamente independiente. Y supe en ese mismo momento que no era precisamente el bien lo que nos iba a caer a todos encima.

—Ahora una última cosa, Manuel. ¿Ves la toma de corriente? A tu derecha, junto al televisor. Necesito confirmar el cable que llega hasta la terraza e ilumina la bombilla de mi noche exterior.

—¿Tú siempre hablas así? Por eso tu mujer no aguanta más el teatro, ¿no? La bombilla de mi noche exterior… pero ¿te estás escuchando?

Cambiar una bombilla puede parecer una tarea sencilla, y a veces lo es. No obstante, deben tenerse en cuenta algunas medidas de seguridad importantes, ya que a veces toca cambiar bombillas más complicadas. Por ejemplo, la bombilla podría estar en un techo falso o como luz de exterior en un balcón peligroso. Esto es algo que debes tener presente cada vez que manipules algo con cierta altura de miras. Debes garantizar tu seguridad.

—Anda, tráeme otra silla. Y no te acerques a la linterna, ¿me oyes? Lo malo no es vivir en las nubes, lo malo es bajar. Evitemos males mayores.

Marugán, subido de nuevo a una silla, y yo, de pie con las manos en el respaldo, dejamos por un rato de hablar. Nada resulta más convincente que una fuerza determinante sobre un andamiaje frágil. Al menos para una persona práctica que se sustenta sobre conceptos técnicos. No era mi caso, yo soy más de conceptos teóricos. Y si dejaba de sujetar la silla. Y si le daba a Marugán un empujoncito. Y sí, de paso, acababa con el sustento íntimo de mi mujer. ¿Terminaría la escena con una imagen trágica? Tenía que comprobarlo, el mal no es lo que entra en la cabeza de un hombre, sino lo que sale de ella. Así que empujé, y luego pateé la silla, y mientras Marugán caía de nuevo en perdida lo miré directamente a los ojos, como si pudiera arrojarlo a la calle con la mirada si la gravedad no tuviera solidez suficiente. Antes de perderle de vista, dije:

—Pues eso. Deja de anidar en mi mujer, cabrón.

Segundos después, mientras los huesos de Marugán se separaban de la carne sobre la acera, pensé: pues sí, qué imagen más trágica. Luego salí del balcón, cerré la persiana con lasitud y me acosté un rato. Ningún hombre conoce lo bueno que es hasta que no trata de esforzarse por ser malo. Recostado sobre el sofá, la muerte de Marugán una muerte de liberación, las luces encendidas, los fuegos apagados, quedeme dormido.

Foto: Arturo Rodríguez

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