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(Sobre La marca del meridiano, de Lorenzo Silva.)

No era el momento ni el lugar, pero vio la ocasión y eso es algo que una mujer no desaprovecha nunca. Tan pronto como el guardia Arnau enfiló hacia los aseos de la gasolinera, la sargento Chamorro se dio la vuelta y, mirándome como si quisiera fulminarme, me espetó:

—Vuelva sobre sus pasos, aquí no hay nada que ver.

—Hombre, yo veo un muerto.

—Esto no es un muerto, es un cuñado.

—¿Mi cuñado?

—No, su cuñado no, mi cuñado.

—¡Ah! Pues su cuñado está muerto, sargento.

—Está muerto, está muerto… ¿Cómo lo sabe?

—Hombre, usted está ahí.

—¿Que yo estoy aquí?

—Claro, mi cuñado no es.

Ilustración: Florenci Clave