(1) Manuel Mistral frente a un abismo insondable: la puerta de su casa, tercer piso, escalera izquierda, letra A. Mientras espera al momento exacto de llamar, su cabeza está a cientos de kilómetros de distancia, en Bilbao, un domingo del 82 o quizá del 83, una tarde en la que todo es sencillo y vibrante y todo tiene un porqué, hasta la rutina, no digamos la calma, y la paz interior, como si al dominio de la complejidad se le sumara el exceso de confianza. Piensa en ese día porque sus recuerdos son estrechos e inmóviles y a veces tosen en la oscuridad. Piensa que puede resolver el problema de ir desde A hasta B, empleando un conjunto de acontecimientos y sin abrir los ojos ni respirar.

Empieza con un recuerdo de entonces. Manuel tiene siete años y pasea con su padre por la Gran Vía. Atraviesan muy despacio la avenida y se detienen junto a una verja metálica pintada de verde. Sobre la verja hay un cartel que no anuncia nada y al otro lado un parque, o la huella de un parque, pues ya no quedan árboles, ni verde, solo un sendero de grava y al fondo un arenal con dos columpios, un tiovivo y un bar. ¿Quieres conocer a tu abuelo?, pregunta su padre. ¿Al abuelo?, contesta Manuel, aunque no es lo que quiere decir. Al menos no es todo lo que quiere decir. Los abuelos son siempre dos, todo el mundo lo sabe. Por eso hace una pausa y piensa. La conversación no es uno de sus fuertes, hablar seguido es como recitar de memoria las ocho maravillas nacionales del mundo. Mejor seguir la corriente en un único sentido: el interrogativo. ¿Y la abuela? La abuela murió. ¿Murió? Se fue. ¿Se fue? Sí. ¿Adónde? Al cielo. ¿Al cielo? Manuel espera una nueva respuesta sucesiva pero su padre se queda callado. Sonríe, pero no contesta. Puede que sus ultimas palabras no admitan discusión. Puede que la suya sea una afirmación irrevocable: Al cielo. Lo único cierto es que ya no contesta. De alguna forma, hay cuestiones que tienden a perder su valor interrogante y los padres no responden siempre con respuestas a preguntas. A veces sólo se agachan, te acercan un dedo a los labios, niegan en silencio y después, su voz en un susurro tan sutil como la brisa de la tarde, repiten: ¿Quieres conocer a tu abuelo?

Así que, una vez Manuel Mistral conoció a su abuelo. Contestó que no y trató de girar rápidamente sobre sus talones para salir corriendo, pero su padre le dio un golpecito en la espalda, luego otro en la frente y, al final, quien quiera azul celeste que le cueste, de vuelta al mismo centro de la raíz del sí. Un sí de viento metal, con su vibración y su flujo de aire. Un sí y a la vez una soplo. Ninguna mueca, ningún movimiento de más: primero avanzaron despacio, porque desde la calle hasta el arenal el sendero de grava discurría ligeramente cuesta arriba, después caminaron hasta el bar y eligieron una mesa tranquila, donde no desbordara la claridad del parque, y sentado allí lo conoció, mejor dicho, casi lo conoció, porque al principio solo lo vio. Su padre dijo: Mira, ese es, y lo vio, dividido en fragmentos, asomando la cabeza por el umbral de la puerta pero sin entrar, los ojos de vidrio esmerilado, el cuello extendido, la mirada en el limbo, como si no fuera un abuelo real sino un abuelo inminente y el tiempo de espera lo retuviera en ese lugar exacto y en esa posición exacta: un abuelo perfectamente quieto.

Manuel sintió algo de miedo. Aquel no parecía un abuelo normal y dejó de mirar. Papá, susurró, ¿puedo hacer pis? Y por segunda vez, su padre saltó por encima del sentido interrogativo y no contestó. Sonrió, eso sí. Le dijo: Tranquilo, el abuelo es argentino de argentina, como tu madre, por eso hay que venir con un plan B. Pero no contestó. Solo se levantó, caminó muy despacio hasta la entrada y se plantó frente al abuelo, aunque a cierta distancia, sin acercarse lo suficiente, por precaución, o por deferencia, quizá por precaución, porque ya se conocían. La conversación duró un instante fugaz. Nunca se vio un plan B tan efectivo. Como si fuera lo más normal del mundo el abuelo se fue —nadie podría decir con exactitud cuando dejó de estar—, y su padre, al regresar, no contó nada. Solo dijo: Repeluzno. Después, permaneció en silencio. Desde el bar y durante todo el camino de vuelta. Nada. Solo: Repeluzno.

(2) En la oscuridad serena de un patio, frente a una puerta de hierro forjado, como en medio de un problema indefinido, de nuevo, la voz de su padre. Dice: Por si no tenías suficiente con el abuelo, ahora, de regalo, tu madre. Y luego: Previsible aumento de las sudoraciones y vuelta a los escalofríos. El recuerdo le llega a Manuel como una voz de otro planeta, como si su padre estuviera agachado allí, junto a él, esperando también al momento exacto de llamar. Es un recuerdo preciso, una versión portátil del ayer con forma de secuencia gramática: la imagen de un abuelo visto de lejos, el sonido interno de un plan B, la imagen de un niño que vuelve a casa, el sonido lejano de un timbre reciente o de una puerta en suspenso. Cesan las imágenes y surge la voz del abuelo. Clara, profunda, como un barniz. Dice: A ver, Manuel, ¿estás o no estás? Manuel no abre los ojos, tampoco respira, pero sí, está. También está su madre. Se avecina con dos besos pero él sin inmutarse. Permanece quieto. Espera. Entonces su abuelo le agarra una oreja, la retuerce, mira a su madre, ella asiente, caminan hasta la terraza, sale su oreja, sale él, sale el abuelo, se sientan, y allí mismo tienen su primera y última conversación. Manuel nunca olvidó sus palabras, que al principio fueron pocas pero muy significativas.

Sentate acá y escuchá, dijo, de ahora en adelante, tu mayor preocupación en la vida será mantener la calma. Manuel permaneció quieto un momento. Aquel ahora en el adelante no sonaba nada bien y mantener la calma era como andar sobre palillos. Mejor una sonrisa, pensó. Y sonrió, sin llegar a imaginar que, a veces, lo que para un niño es una salida perfecta para un abuelo es un avance insuficiente. No te rías, protestó el suyo, la vida se ordena con bolsa de basura en mano, y de a dos, y de una sola vez, si no, solo se cambia el desorden de lugar.

A partir de ahí, el abuelo demostró su firme voluntad de librarse de cualquier abuelo anterior, podría decirse. También podría decirse que estableció la realización metódica de un procedimiento infalible, sería correcto. Atención y contención, o soplamocos. Mantener un buen control de las situaciones no es un asunto que deba tomarse a broma, no sea que un mal control te afecte en serio. Aunque eso Manuel no lo ha comprendido hasta hace unos minutos. Basta decir que en aquel momento no entendió nada. La charla pasó, y con ella, el rastro divertido de aquella tarde de domingo.  Al terminar, el abuelo se incorporó, bajó un momento de las nebulosas y antes de marcharse hasta su entierro, dijo: A ver, Manuel, la vida tiene unas cosas que para qué te cuento, ya las irás conociendo. Parece que el altísimo está en todas partes y por eso mismo atiende poco. No importa. Acordate que cuando sos adulto tenés muy desarrollada la visión periférica. Mirás las cosas y te cagás de risa. Entendés que es posible sembrar las ideas en un lugar y al rato sembrarlas en otro, que no hay ninguna magia en conservar ciertos plantíos. Al revés, las ideas se trasplantan.

(3) De entre todos los conocimientos revelados, Manuel Mistral creció dando rodeos al extraño asunto de la permuta. Las ideas se trasplantan. Siempre se preguntó por qué el abuelo dijo aquello y nunca supo explicárselo bien. ¿Porque uno aspira a toda la tierra que tiene a su alcance, porque lo más cómodo es remitirse a los hechos, porque el aporte de estiércol tiene sus límites o por alguna otra razón? Eso Manuel no sabría decirlo. La frase es tan simple que aún hoy le inquieta. Siempre pensó que nunca la descifraría del todo hasta que, hace un rato, discutió con su mujer. Manuel se levantó de la siesta por el flanco del ataque, fue recorriendo el pasillo de casa con levedad, determinó una cantidad inexcusable de bombillas encendidas, computó la parte de matrimonio dilapidada en luz, reprobó ciertas conductas de consumo, desechó decenas de explicaciones cotidianas, mentó a un ministro, un poco alterado quizá, quizás histérico, y al terminar, cuando le bastaba una mera complacencia, un encomio demorado, una disculpa en vena, no recibió nada. Su mujer se sumió en un mutismo tan contemplativo que le obligó a marcharse de casa. Primero él y la puerta. Al final solo él.

Manuel cree que ante una discusión familiar lo ideal es partir de A y llegar hasta B sin moverse casi del sitio. Cree que cuando uno parte hacia casi el mismo lugar lo normal es circundar los problemas y suavizar las formas, en un intento de parecer diferente siendo igual. Ignora que su mujer no aguanta un minuto más el teatro, lleno hasta entonces de encanto, y que su silencio es, en realidad, una solicitud de apremio. Ya no basta con limpiar, quitar manchas e iluminar. La paciente precisa de abono interior o, en su defecto, un giro dramático de los acontecimientos. Manuel dentro no está. Fuera tiene otros planes.

En este momento, frente al abismo insondable, mientras observa la puerta de casa y espera al momento exacto de llamar, su cabeza sigue a cientos de kilómetros de distancia, en Bilbao, un domingo del 82 o quizá del 83. Vuelve la imagen del abuelo, asomando entre los escombros de la memoria, él, tan gris y tan raro, convencido de no ser el más adecuado para dar lecciones después de una vida sin hablar pero decidido a plantar unas ideas, o a trasplantarlas, pues conoce la naturaleza del suelo y el estado del subsuelo y, sobre todo, las exigencias familiares del propio cultivo; y aflorando también de entre las telarañas del tiempo ve al sí mismo de entonces, un niño, la sonrisa todavía intacta, no escucha, y además, por qué todo es tan importante, no le gusta, y además, por qué el abuelo habla tan raro, no entiende nada, y además, la suya no parece la familia Ingalls, precisamente.

Charles Ingalls, cuando emprendía una explicación familiar en su casa de la pradera, lo hacía con amor y solidaridad. Nunca fue el caso, los Mistral no explicaban ningún tema, era la marea del tiempo la que colocaba cada concepto en su lugar y el cielo un lugar recurrente al que achacar los sucesos cotidianos, el último sitio al que la gente va cuando se va. Verlo de nuevo y verlo completo, con un después, un antes, y verlo, sobre todo, ahora, se parece mucho a demostrar que la solución a su problema de decisión y el problema original se diferencian a lo sumo por un factor lineal. Casi al final del hilo de aire, Manuel Mistral termina de ver: un abuelo perfectamente inmóvil, la voz de su padre en un susurro de otro planeta, el sonido interno de un plan B, la firme voluntad de librarse de cualquier idea anterior. Sin duda parece una hermosa visión periférica. Y en ese momento, adivina que, como su abuelo, siempre ha llegado tarde a todo. Lo piensa porque no ha sido hasta ese mismo momento que ha aprendido por fin a valorar en su justa —inesperada— medida los momentos vividos; la ventaja que representa mantener unos pocos, estrechos e inmóviles recuerdos; conservar invariable la memoria de sus padres y de su abuelo; descubrir que de una u otra forma siguen todavía allí, con él, aunque ahora todo sea confuso y vulnerable y nada tenga un porqué, ni la rutina, ni la calma, ni mucho menos la paz interior, como si al exceso de complejidad se le sumara una muy poco placentera falta de confianza.

Así que Manuel Mistral desciende por el lado más sencillo de la vida, realiza un control orientado de su existencia, abre los ojos, respira y comprueba que, esta vez, vuelve en busca de algo nuevo.

Por eso acaba de sonar un timbre. Tercer piso, escalera izquierda, letra A.

(Zaragoza, diciembre de 2015).

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27/12/2017